Videoarte, los jóvenes toman la posta La Paz Marka trajo un aluvión de imágenes que señalan el actual nivel del trabajo nacional.
DEL CIELO BAJA • Varias novias suicidas en la video instalación de la realizadora y actriz Denisse Arancibia. Las imágenes se pasaron en una televisión rosa.
La presencia de una instalación de Gastón Ugalde, el papá del videoarte boliviano, fue el gran empujón para este primer festival paceño dedicado a las artes audiovisuales. La concepción del espacio —más lejos de los muros de una galería y más cerca de una feria— se unió a las nuevas expresiones urbanas para tomar el pulso a la actual producción boliviana.
Nombres de creadores ya recurrentes en muestras de arte o audiovisuales, como el de Narda Alvarado, Rodrigo Bellot, Rodrigo Rada, Martín Boulocq, Alejandra Alarcón, Roberto Unterladstaetter, José Ballivián y otros, compartieron cartel con realizadores que, aunque parecieran nuevos en estas lides, llevan bastante trabajo en el afán.
Es el caso de S. Bastani, Denisse Arancibia, John Fitzgerald, Yara Gutiérrez, Gabriela Paz, Hanny Knaudt, Emiliano Longo, Juan Fabri y Mariel Arroyo, quienes también destacaron entre los más de 60 artistas del I Festival de Videoarte La Paz Marka.
Antes de sumergirse en las obras en sí, es importante realizar una precisión. Si bien el nombre del evento llevaba la palabra “videoarte”, se albergó también a documentales, cortos de ficción, video danza, video instalaciones, registros de performances y videoclips. De todo. Y esto no es malo. Al contrario, permite mostrar el abanico de posibilidades en el campo audiovisual. De todos modos, mucho de lo allí exhibido no era videoarte. Quizá para una próxima oportunidad y para una mejor comprensión del público —y hasta para la de los artistas—, la utilización del término “videoarte” como descripción genérica no sea la más adecuada. Esto para el debate.
La sorpresa del evento estuvo en uno de los rincones ocultos del campo ferial de Següencoma. “Lento pero seguro”, el colectivo que presentó las obras del “nuevo cine chapaco”, tenía una verdadera joya en su tímido televisor en el suelo: “The yard of the blondes girls”, una pieza dirigida por S. Bastani, tarijeño que estudia cine en Nueva York y que presentó a un granjero ocupado de un sembradío de rubias a las que les espantan los niños, las riega y las poda (corta cabellos y uñas). Con una ingeniosa propuesta narrativa e imágenes de dorada belleza, el corto fue la delicatessen del festival.
Dos piezas de estreno trajo Rodrigo Bellot, cineasta cruceño. La primera, ESE TE PES (eS Ti Pis en inglés), presenta en tres pantallas a igual número de personajes que emergen de la roca para decir, cada uno en su turno, palabras que comienzan con s, t y p, respectivamente. Los primeros capítulos invitan a la reflexión sobre el impacto de la palabra por sí misma para ir después, apelando a la asociación libre de cada término, a la pluralidad de significados. Así, el video empieza a alterar su ritmo y a modificar las secuencias en una suerte de variaciones matemático-semánticas.
Esta obra de gran solidez conceptual y estética da paso a un poético estudio sobre el cuerpo, el contacto y la mirada. Contemplar no es sufrir, parte I, es la primera de tres instalaciones de Bellot en torno a la conciencia de ver y ser visto. En ella se explora la masculinidad, con personajes sin el contexto de la ropa.
La pieza muestra a tres jóvenes desnudos (ya sea fumando, recostados o viendo por la ventana). A ellos se suma un muchacho que pasa de observarles desde fuera del edificio, a integrarse despojándose de su vestimenta. La música, las burbujas y los mismos cuerpos desnudos que constituyen memorables bodegones de piel, logran picos sublimes, como la acción del mutuo afeitarse o el abrazo en que los cuerpos se confunden y mimetizan en el suelo.
Una habitación en cuyas paredes se leen frases sobre el matrimonio, bordadas en rojo, es parte de la video instalación Del cielo baja, de Denisse Arancibia. Actriz, directora de teatro, estudiante de cine, videasta y un largo etcétera, Arancibia llega a las artes visuales con un trabajo en el que cinco novias “suicidas” escapan de la lente de un fotógrafo y de un confundido marido.
Un desesperado rodar y rodar por las gradas se convierte en coreografía gracias a la cámara lenta y a la canción de Carla Bruni, que se observan en un televisor rosa de las princesas de Disney, las que tienen al príncipe azul. Cada secuencia culmina con el fotógrafo tomando una imagen post mortem de la sacrificada.
Arancibia se enfrenta a la institución del matrimonio y a las convenciones del ser y desear ser esposa. Esto, a través de un trabajo capaz de arrancar sonrisas, de romper estereotipos y, finalmente, conmover.
Con una inmensa pena hecha piscina llega un ejercicio analítico de la artista Narda Alvarado. Realizado en Holanda, Killing Time (Matando el tiempo) presenta a un personaje oculto (¿la propia artista?) que espera un amor por largo tiempo. Para no morir en la acción, inventa la forma de pasar el tiempo contabilizando el agua que pierde una piscina al año con el entrar y salir de los nadadores.
La imagen muestra a un equipo de atletas, los que luego de pesarse van saltando a la piscina, primero de forma ordenada y, luego, lanzándose desde distintos ángulos. Mientras, una serie de cálculos físicos van derivando en la cantidad de gotas (¿lágrimas?) perdidas al año.
La obra de Alvarado continúa con el trabajo realizado con ayuda de instituciones en acciones coreográficas —Olive green o Del Atlántico con amor—, aunque el aporte es otro: la posibilidad de hablar de sentimientos a través de imágenes mentales. Lo que se muestra en el video es el producto de la actividad cerebral del que espera el amor, haciendo física la metáfora. Como resultado, el ritmo del video depende de sencillos cálculos iniciales que van derivando en fórmulas confusas, y con clavadistas que saltan a destiempo; todo proyecta una sensación de desasosiego.
Killing Time fue un remanso en una muestra en la que imperó lo figurativo y lo narrativo.
Un estudio óptico propone John Fitzgerald, que en la instalación Sal y Luna presenta dos proyecciones de video convergentes: la primera desde atrás, con un montículo de sal que va descomponiéndose hasta el pixel, y la segunda, de una luna que se proyecta sobre un montículo de sal colocado sobre un panel semirreflectivo. El resultado, un espacio lumínico-idílico entre la pantalla y el panel.
La saturación sensorial destacó en El amor y las naranjas, de Gabriela Paz y Yara Gutiérrez, quienes atacaron cítricamente desde el olfato, el video, el audio y el tacto. Esta multiplicidad sensorial quizá impidió una mejor concepción del video y el sonido, que no logró integrar plenamente cada elemento. Sin embargo, la propuesta fue refrescante.
Lo propio pasó con Robo morbo, de Juan Fabri y Mariel Arroyo, quienes pusieron al espectador debajo de las faldas de una caporal para ver cómo le meten mano. El piso y el montaje de la instalación restaron algo a esta idea que propone al voyerista folklórico.
De todo tuvo el festival impulsado por el director de Patrimonio Intangible de la Alcaldía, Daniel Rico, y producido por María Schneider y Cecilia Saavedra. La Paz Marka tiene el perfil para convertirse en la gran vitrina de la producción audiovisual nacional, no sólo del videoarte.