Robótica, la aspiración de una vida amable para los humanos Los seres autómatas creados a imagen y semejanza de los seres vivos animales y humanos, no sólo alivian la carga del trabajo, los riesgos profesionales, sino que podrían reemplazar a la pareja sentimental: besar y, quién sabe, amar.
Se siente solitario? Pues el mercado se apresta a vender, desde septiembre próximo, un robot que besa cuando el necesitado de mimos se lo pide. La empresa japonesa Sega Toys lo fabrica y, según informa la agencia Reuters, la damisela llamada EMA (Actualización de Doncella Eterna, por las siglas en inglés), coloca la boca para dar un beso cuando se le acerca una cabeza humana que detectan sus sensores infrarrojos. La máquina, que funciona a pilas, se pone así en actitud que sus diseñadores denominan “modo de amor”.
“Es muy amable y aunque no es humana, puede actuar como una verdadera novia”, explica Minako Sakanoue, portavoz de los fabricantes. EMA también puede repartir tarjetas de visita, cantar y bailar. Todo a cambio de 175 dólares.
El juguete da la pauta de lo que las máquinas podrían hacer en un futuro no muy lejano para satisfacer las necesidades afectivas de los seres humanos.
Para el 2050, según algunos investigadores, las relaciones amorosas entre personas y robots dejarán de ser ciencia ficción. “No hablamos de sexo mecánico sino de relaciones de amor; calculo que esto puede ocurrir dentro de 40 años”, dijo David Levy, autor del libro Amor+sexo con robots, en una conferencia internacional en la Universidad de Maastricht, Holanda. “En el futuro habrá robots que tendrán emociones, personalidad, conciencia. Hablarán, podrán hacernos reír, podrán decirnos que nos aman”.
La aspiración no es nueva. El mito de Pigmalión habla ya de la estatua de Galatea que aquél modeló en marfil como imagen de la mujer perfecta que el rey de Chipre no hallaba en la realidad, y que cobró vida luego de recibir un beso, enamorándose perdidamente y para siempre de su creador.
La palabra robot viene del vocablo checo robota, que significa “servidumbre”, “trabajo forzado” o “esclavitud”. La ciencia —y la ciencia ficción— la aplican desde principios del siglo XX para referirse a aquellas máquinas que imitan a un ser vivo y que son capaces de reemplazar directamente a un humano o animal en el trabajo o en el juego. Y también en los afectos, se podría añadir.
En la actualidad, los robots se pueden clasificar en cuatro grupos, según sus capacidades. Están los androides o robots con forma humana, que imitan su comportamiento. Los móviles son los que se desplazan mediante una plataforma rodante (ruedas) y que aseguran el transporte de piezas. Los zoomórficos imitan a los animales (artrópodos, cuadrúpedos) y, además de ser vendidos como mascotas, se usan para el estudio de volcanes, la exploración espacial y en el fondo del mar. Finalmente están los poliarticulados que mueven sus extremidades con pocos grados de libertad y que se utilizan en la industria. Hay que añadir a los microrrobots que se aplican en la medicina quirúrgica.
América del Norte, Asia y luego Europa están en franca carrera en materia de robótica, una de las especialidades de la ingeniería ineludible en el presente siglo XXI.
Informática, Electrónica y Diseño estructural son campos del conocimiento indispensables para el desarrollo de esta ciencia.
Talento, interés, creatividad son cualidades que se aprecian en ciudadanos de todo el mundo. Lo que determina que unos desarrollen sus capacidades más que otros, tiene que ver con la formación en los campos antes citados, y con la disponibilidad de presupuesto.
Lo dicho se aprecia cada año, en la olimpiada RoboGames que se realiza en EEUU, donde tanto ingenieros de universidades —que ponen a prueba sus últimos avances en robótica—, como aficionados —que desarrollan androides en su tiempo libre— se miden en 70 disciplinas, ocho de las cuales son para humanoides.
Jugadores de fútbol, sumo, hockey o baloncesto, o máquinas especializadas en extinción de incendios, exploración, arte o camareros capaces de hacer un buen cóctel salen a la cancha del evento más grande del mundo.
La categoría estrella de RoboGames es el combate a muerte que se celebra en un recinto a prueba de balas y que enfrenta a 340 robots de diferente origen y con distintos armamentos cuyo único objetivo es destrozar a su rival.
Una vez que empieza la lucha, la deportividad brilla por su ausencia y las máquinas ponen en marcha sus mecanismos de ataque y defensa: escupir fuego, levantar y lanzar al contendiente o despedazar su estructura metálica como si fuera mantequilla con unas afiladas espadas giratorias.
A pesar de su carácter universal, los RoboGames cuentan con una masiva participación de estadounidenses, país que en ediciones anteriores venció en la mayoría de las disciplinas.
El 2007, los robots de EEUU cosecharon 93 medallas, 32 de ellas de oro, mientras que el segundo clasificado, Singapur, se quedó en 17, tres más que el tercero, China.
“Nos llegan los mejores androides desde Japón, Corea del Sur, EEUU, y otros lugares” como Brasil, comentó David Calkins, fundador de RoboGames.
El 2006, los brasileños lograron dos oros y un bronce, y quedaron en décimo lugar, justo por detrás de México, con cuatro medallas.
Calkins considera que el evento, además de divertir, se constituye en un estímulo para el desarrollo de la robótica. Algo vital para la sociedad, pues las máquinas “hacen que nuestra vida sea mejor”. Como ejemplo está la competición llamada Tetsujin, en la que se exhiben exoesqueletos, unas extremidades artificiales destinadas al uso humano.
“Un día los cojos podrán caminar, androides andantes nos ayudarán a hacer nuestro trabajo o los robots bomberos salvarán nuestras viviendas de los incendios”, declaró este experto. Con datos de EFE, AFP y Wikipedia