De vez en cuando hay que escribir sobre la coyuntura, más por exigencias de la audiencia que por profesionalismo. La mayoría de las veces esquivo el asunto citando al gran cronista mexicano Carlos Monsiváis: “O no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba entendiendo”. Y sanseacabó. Pero la situación lo amerita, como se dice, y aunque siempre insisto en que hay que desdramatizar las cosas, éstas se pintan color de hormiga, sobre todo si nos quedamos con las declaraciones rimbombantes o, peor, si suponemos las oscuras intenciones que ocultan esas palabras. Y palabras e intenciones son pasibles a la interpretación, más en la política que en la vida, como dicen los boleros.
Alguna vez acudo al uso de un par de nociones para retratar y explicar la conducta de los actores políticos: incertidumbre estratégica y flexibilidad táctica. Con la primera idea me refiero a la carencia de un proyecto/programa que guíe el conjunto de prácticas de un actor en particular o del sistema de partidos en conjunto; sería algo así como el horizonte o visión de futuro. Un ejemplo de partido sin brújula —o sea, sin programa— fue la UCS de Max Fernández, pero esa supuesta carencia se convirtió en una ventaja porque tenía un mayor margen de juego y de adaptación al entorno (a eso se refiere la flexibilidad táctica). La versión contraria sería el POR trotskista, cuyo juego de cintura es nulo porque se aferra a su programa como dogma. La flexibilidad tiene que ver, pues, con la capacidad de adaptación a las circunstancias y el grado de apego a ciertos principios. Por lo tanto, uno de los desafíos centrales de la acción política es combinar estas dos facetas de manera más o menos virtuosa: mucha estrategia convierte en paquidermo, demasiada táctica en roedor; y la recomendación de Maquiavelo para que funcione el poder es combinar la astucia de la zorra y la fuerza del león.
Dimos ejemplos de ratón y mamut, veamos otra perspectiva. Una muestra de sistema de partidos con orden y certeza fue el que funcionó de manera estable entre 1985 y 2000, a partir de la conjugación de neoliberalismo y democracia pactada. Este principio ordenador de prácticas y discursos se desbarató definitivamente en octubre del 2003, dando inicio a esta situación de crisis que caracteriza el proceso político actual. Hoy, la política se caracteriza por una inaudita situación de incertidumbre estratégica que se condensa en el rechazo cruzado del proyecto de nuevo texto constitucional y de los estatutos autonómicos. El desacuerdo básico es estratégico, tiene que ver el modelo de Estado. Y como no hay acuerdo en torno a un programa/proyecto prevalece la táctica como un ejercicio de adaptación permanente a un entorno que se caracteriza por la fluidez y la modificación de la relación de fuerzas. Así vivimos desde fines del año pasado, porque después del fracaso de la Asamblea Constituyente como espacio de concertación se suceden puros despliegues tácticos. Me interesa resaltar el juego de los últimos días porque la secuencia de referendos departamentales con victoria opositora terminó con una contradictoria manifestación de festejo: “No iremos al revocatorio”, dijeron cinco de los cuatro prefectos, porque las reglas de ese evento desfavorecen a más de uno y, más bien, son favorables al Gobierno. Y éste se empecina en su realización en “apego estricto a la ley” porque le conviene, y todo gracias a una aprobación —igual tacticista— del principal partido de oposición que es defenestrado por la otra oposición que es estigmatizada por el Gobierno.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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