Lo que ha enojado más a García no es tanto la denuncia de Morales..., sino el llamado a “expulsarlos” de su territorio, lo que se constituye en una intromisión en asuntos internos de otro país... la reacción de García ha sido excesiva y, del mismo modo, imprudente.
Las relaciones diplomáticas y los negocios comerciales con Perú deben ser precautelados de la manera más amistosa y responsable, en todo tiempo y bajo cualquier gobierno. En estos puntos, como en ningún otro que afecte las relaciones entre ambos países, puede haber excepciones, porque de por medio se encuentran la historia, la defensa mutua, el contacto social fronterizo y los intereses económicos, que son vitales para el Estado boliviano.
Pero, al presidente Evo Morales se le está haciendo costumbre cometer errores inaceptables en el campo internacional. Sin duda, le gusta la publicidad, pero jamás debe perder de vista su responsabilidad de proteger los intereses nacionales, por el hecho de que Bolivia no es, ni siquiera mínimamente, un ejemplo en desarrollo, menos un país virtuoso en el terreno político. Más bien, desgraciadamente, siempre ha sido el vecino que no deja de preocupar a los demás.
Y la posibilidad más próxima que tiene es la de caer en el ridículo, como que efectivamente está ocurriendo con los excesos verbales de Morales contra la República de Perú y su presidente, Alan García. Esa nación ha demostrado a lo largo de la historia ser buena amiga de Bolivia. Ambas son muy cercanas, vecinas desde el punto de vista geográfico pero, además, hermanas en su camino hacia el desarrollo.
Lastimosamente, nada de esto fue tomado en cuenta por Evo Morales a la hora de referirse a su homólogo peruano. El Presidente de Bolivia no puede cuestionar lo que haga o deje de hacer García en su país. Peor todavía, recurrir a aseveraciones deleznables como aquella de que está permitiendo la instalación de una base militar de EEUU, a título de advertir y supuestamente poner en alerta a la región. Después de haber llegado a semejante osadía, ahora está emplazado a probarla; de lo contrario, habría incurrido en una desmesura incalificable.
Decir que él ha experimentado lo que implica vivir con una base militar, probablemente, le ocurrió en otro país, porque en caso alguno pudo ser en Bolivia. Aquí jamás hubo una base militar estadounidense, cuya existencia conlleva la presencia de varias unidades castrenses, de crecida cantidad de material de vuelo y supuestamente de operaciones non sanctas.
En cuanto a la presencia militar estadounidense, lo que hubo en Bolivia fue una escuadrilla de 12 helicópteros —de data muy antigua— para cooperar en la lucha contra el narcotráfico. El accionar de esos aparatos estuvo dirigido a controlar el vuelo de avionetas de traficantes de cocaína por el hecho de que en la región del Chapare se cultiva coca, materia prima de esta droga, y de cuyos productores Morales es su dirigente número uno desde hace más de 20 años.
Lo que ha enojado más a García no es tanto la denuncia de Morales de que EEUU “está llevando bases militares a Perú”, sino el llamado a “expulsarlos” de su territorio, lo que se constituye en una intromisión en asuntos internos de otro país. Ahora bien, la reacción de García ha sido excesiva y, del mismo modo, imprudente: no debió nunca mandar a callar a Morales.
La temperatura ha subido demasiado. El impasse debe ser resuelto cuanto antes, para no afectar aún más las relaciones diplomáticas y evitar que repercutan en el campo del comercio.