Improvisación diplomática Lo que preocupa es que la larga mano de la política estrangule sin piedad un área donde no es posible improvisar. Ningún país vecino, ni en sus transformaciones más traumáticas, ha prescindido de su servicio diplomático profesional.
El adecuado manejo de la política exterior es vital para un país, que de ninguna manera no puede prescindir de un servicio diplomático profesional.
No es posible concebir una nación que deje de trazar líneas claras en su desempeño internacional y, por el contrario, transfiera esta responsabilidad a la suerte de personas improvisadas, demandantes de retribuciones políticas que, sobre todos los tratados y la práctica establecida por la comunidad de naciones, pretenda imponer un nuevo orden sobre lo consuetudinariamente establecido a través de centurias.
Esto, lamentablemente, está ocurriendo con Bolivia.
Por su importancia, esta es una crítica que se ha venido repitiendo con insistencia en la actual gestión de gobierno, aunque en anteriores —en mayor o menor medida— se ha notado también una falta de conducción y de capacidad negociadora que ha merecido observaciones similares. Sobre todo en épocas en las que la inestabilidad de las administraciones provocaba situaciones caóticas, errantes, equivocadas y débiles, precarias por su propia esencia institucional espuria.
Hoy, este no es el caso. La democracia boliviana ha sido recibida con simpatía en todos los ámbitos y el actual Gobierno, mejor que ningún otro. Mas, estamos ante una administración que proclama cambios en el país, producto de una incuestionable victoria electoral, pero que se muestra errática. Este es el momento para establecer conductas diplomáticas definidas, haciendo un balance inteligente con lo que se hizo antes. No es el tiempo de inventar nada nuevo, sino de aplicar lo que le conviene a Bolivia de acuerdo con una nueva visión que, no por nueva, desperdicie todos los esfuerzos y la experiencia lograda a lo largo de la vida republicana.
Ha sido un error deshacer el servicio exterior y reemplazarlo por partidarios del nuevo régimen. Eliminar a casi todo el conjunto de profesionales no lo había hecho ningún gobierno, ni en los momentos más críticos. Hubo, sin duda, en épocas de caos, despidos, pero jamás al extremo de llegar a mutilar el sistema vital de la Cancillería. Hubo reemplazos y ceses de embajadores políticos, pero se trató, por todos los medios, de mantener a los funcionarios que se desempeñaban por méritos profesionales.
Pero lo que preocupa es que la larga mano de la política estrangule sin piedad un área donde no es posible improvisar. Ningún país vecino, ni en sus transformaciones más traumáticas, ha prescindido de su servicio diplomático profesional; ninguna Cancillería ha clausurado su Academia Diplomática para dar paso a legos en una materia tan compleja.
La conducción diplomática le corresponde al Presidente, es cierto, pero su estructura —la Cancillería de la República— no puede ser reemplazada sin correr azares peligrosos.
La prueba está en las desafortunadas posiciones que ha adoptado Bolivia en sus vínculos con EEUU y Perú. Que el presidente Evo Morales permita los ataques contra la embajada norteamericana y aplauda la retirada de Usaid es algo que, además de absurdo, ha perjudicado económicamente al país. Igual de grave ha resultado la injerencia de Morales en asuntos internos de Perú. Sin alguien que le asesore bien en materia internacional, esta historia se repetirá y Bolivia terminará perdiendo.