Pinceles en el frente de batalla Durante la Guerra del Chaco, el Gobierno encargó a un grupo de artistas plásticos obras triunfalistas. Sin embargo, una vez en el campo de batalla la realidad los abrumó. El Espacio Patiño exhibe parte de esas obras.
EN EL FRENTE • Guzmán de Rojas pintó esta obra tras su participación en la guerra. Se basó en los dibujos que él mismo esbozó en el Chaco.
1932. Mientras los primeros disparos estremecen las arenas del Chaco, el Centro de Propaganda y Defensa Nacional acarrea hacia el frente de batalla a artistas plásticos de distintos puntos del país para que, con su talento, eleven el fervor patriótico y el espíritu cívico de todos los bolivianos. ¿El resultado? Dibujos, óleos y acuarelas que escupen a los ojos los horrores de la guerra y develan, sin tapujos, el sufrimiento humano que viven los combatientes en el llamado “infierno verde”.
2008. Después de más de un año de investigación, el Espacio Simón I. Patiño reúne en sus salas de exposición parte de aquella producción artística que, en vez de elevar el ánimo belicista, conmovió a la sociedad boliviana y le reveló que el país era mucho más que el ocre altiplano o el exuberante trópico.
“Chaco trágico: Flora doliente y angustia de los hombres”, es el título de la muestra que reúne los dibujos y acuarelas que crearon en el mismo campo de batalla el potosino Cecilio Guzmán de Rojas, el paceño Arturo Borda, el beniano Gil Coímbra y los cochabambinos Raúl Prada y Arturo Reque Meruvia. Además, se muestra parte de una serie de postales que reproducen los dibujos de Roland Kühnle, un ilustrador (al parecer alemán) que se cree fue contratado para documentar y resaltar al soldado boliviano durante la Guerra del Chaco (1932-1935).
“Todas las artes fueron interpeladas durante la guerra. Sin embargo, la que más impacto tuvo durante aquel periodo y en los años posteriores fue la plástica”, explica Michela Pentimalli, directora del Espacio Simón I. Patiño.
Pentimalli recuerda, por ejemplo, que las exposiciones de Raúl Prada causaron revuelo por los rostros enloquecidos con los que retrató a los soldados. Además de sus paisajes que descubrieron al país la lejana tierra chaqueña.
Más impresionados quedaron los argentinos con las obras de Cecilio Guzmán de Rojas —óleos realizados sobre la base de los dibujos que el artista hizo en el frente de batalla—. “Fue tal el impacto que provocó la muestra de 1934 en Buenos Aires, que incluso impulsó las negociaciones de paz entre Bolivia y Paraguay”, agrega la especialista.
“En el arte boliviano no son frecuentes las representaciones pictóricas o escultóricas de acciones bélicas”, describe Pedro Querejazu, autor del texto del catálogo que acompaña la muestra. El historiador de arte menciona las cabezas clavas del templete semisubterráneo de Tiwanaku y el óleo de P. Olivares que representa la batalla del cerco de La Paz, en 1781, que relata el sitio de la ciudad por las huestes del indígena Tupac Katari.
Ya en el siglo XIX se aprecian en el país representaciones y narraciones descriptivas —aunque no grandilocuentes— de batallas como las de Ingavi, el Alto de la Alianza o la Guerra del Acre.
Todo indica que al iniciarse la guerra con Paraguay, impulsados por las obras triunfalistas de los franceses durante la I Guerra Mundial, las autoridades bolivianas decidieron encargar a los artistas plásticos documentar y, sobre todo, impulsar el ardor patriótico mediante sus obras.
Si bien para entonces la fotografía y la cinematografía eran utilizadas como medios de documentación, “hubo una intención de usar las artes visuales tradicionales —el dibujo y la pintura— como instrumentos de información y transmisión de ideas políticas”, explica Querejazu.
Sin embargo, el lugar de las acciones —desolado, escasamente poblado, cubierto por yerbales; de árboles chaparros y espinosos— no ofrecían un atractivo visual para su representación. “No había posibilidad real de representar grandes escenarios y paisajes ni grandes formaciones militares en acción. (...). Las balas salían y llegaban sin una identificación clara y precisa del oponente. Sin enemigos claramente identificables, más que las acciones militares, la soledad, el miedo, el calor y la sed se convirtieron en los temas (de inspiración), pese a que los soldados pudieran haber estado llenos de arrojo, patriotismo y heroísmo”. Es así que los artistas en el frente de batalla se centraron en representar el drama humano. “Su sensibilidad se centró en los soldados que fueron sacados de sus tierras para pelear con enemigos fantasmas y la naturaleza”, manifiesta Pentimalli.
Entonces, las artes, en todas sus ramas, se alejaron de la propaganda y se transformaron en cuestionadoras y reflexivas. Los pintores mostraron de manera visual la cruda realidad que transitaba en las lejanas arenas del Chaco. Soldados desgarbados, precarios albergues, las enfermedades, el hambre, la soledad...
Hubo excepciones, claro. Una de ellas la de Roland Kühle, que en sus dibujos no reflejó penurias ni los sufrimientos diarios.
Basta saber qué habrán pensado las autoridades sobre el resultado de su proyecto —Wilson Mendieta señala que se buscó destruir las piezas de Guzmán de Rojas— o sí las obras llegaron al Centro de Propaganda y Defensa Nacional. No obstante, es innegable su valor documental, como lo demuestran, por ejemplo, las representaciones de los indígenas de la región, invisibles, entonces, para la mayoría del país.
Son innumerables las sensaciones que nacen al recorrer las salas del Espacio Patiño; ya con el impulso de las cuecas que nacieron hace 73 años de la melancolía de los soldados, ya con los poemas que pintan sus paredes: “En ese difícil paisaje chaqueño, un profundo contenido de angustia. De honda angustia, de cósmica lucha. La lucha patética del árbol con esa tierra polvorienta; lucha que a veces se prolonga y estalla en alaridos salvajes de amargura y desolación”.
EN EL FRENTE
Guzmán de Rojas • Según Wilson Mendieta, el potosino habría participado como combatiente en el frente por tres años. Sin embargo, se cree que fue llevado por el Gobierno y que su permanencia fue menor. Su familia conserva cerca de 70 obras sobre el Chaco.
Miguel Alandia Pantoja • Considerado uno de los pintores más influyentes del siglo XX, nació en Potosí. Participó en la guerra como combatiente. Fue hecho prisionero. A su retorno de Paraguay realizó un óleo.
Arturo Borda • No se tiene datos precisos sobre cuánto tiempo el paceño permaneció en el Chaco. Sin embargo, se estima que bordeaba los 50 años.
Emiliano Luján • El cochabambino participó como combatiente, retornando del frente con grado militar. Su obra emblemática es el monumento al “Soldado desconocido”, que se halla en la plaza del Obelisco.
Raúl Prada • La llegada del cochabambino al Chaco (1934) fue impulsada por el reclamo del periódico El Imparcial, que observó la tardanza del Gobierno en llevarlo al frente con el resto de los artistas.
Gil Coimbra • A pesar de su gran talento, el pintor beniano no fue muy conocido en su época. Representó en dibujos y témperas a los combatientes.
Arturo Reque Meruvia • Cochabambino, su obra es “uno de los documentos plásticos más conmovedores de la guerra, en cuanto al registro de las acciones”, señala Querejazu.
Jorge Torres • El paceño fue a la guerra como combatiente. Autodidacta, sus obras son de tono alegórico y grandilocuente.