Hace un mes ingresé al club de los abuelos. El efecto inicial es demoledor: es como si hubieras adquirido una enfermedad terminal, un cargo que ningún referéndum te puede revocar, ni con la actual Corte Electoral; una especie de jubilación del rol familiar de padre, o madre, que se ha ejercido con autoridad y respeto durante años.
Pero, inmediatamente, uno piensa en todo lo que le espera en su nuevo papel y da gracias a Dios por haberse vuelto abuelo en estos tiempos que ofrecen una variedad de actividades, gratificaciones, compensaciones y diversiones. No importa si no existe el ´Día del Abuelo´ (basta con el del orgullo gay); no importa si los mismos hijos, que durante meses no te dejaban acercarte a más de tres metros del bebé, hoy te lo dejan estacionado en tu casa, a toda hora y sin límites de tiempo; no importa si pierdes la memoria (mientras no sea la de un flash en Yacuiba). Nada importa frente al renovado cariño que te manifiestan tus hijos y sus parejas. Hasta son capaces de entrenar durante días y noches a los pequeños bribones para arrancarte una lágrima o una sonrisa. ¡Chantajistas de los sentimientos! Ni qué decir del día de cobro de la Renta Dignidad, dinero quitado a los prefectos para entregárselo a los nietos, por la ventanilla de los abuelos.
En esa nueva etapa de la vida, suelen surgir recuerdos de nuestros abuelos, casi siempre evocados como gibosos y arrugados, en tiempos en que las arrugas no tenían valor editorial alguno. Recuerdo cómo mi abuelo me convenció, al estilo del Alba, de ser su cómplice: ´tenemos enemigos comunes´, me dijo un día en voz baja. O, ¿cómo olvidar el dicho de mi abuela cuando, en son de broma, la invitábamos a repartirnos sus cosas porque ya no le quedaba mucho tiempo de vida? ´Cuidado, mueren más corderos que ovejas´. De hecho, enterró a más de un corderito antes de dejar vacante la cátedra de la sabiduría familiar a los 88 años.
¿Quién más que un abuelo es capaz de comprender, perdonar y ocultar una travesura de los pequeños a los ojos de los despiadados papás, que siempre prefieren los métodos de la justicia comunitaria a los de la tolerancia? ´Los toros olvidan que han sido terneros´, reza para ellos un dicho beniano. Sin embargo, a un amigo de infancia no le hacía ninguna gracia que sus padres lo dejaran en vacaciones adonde sus abuelos: ¡odiaba los cementerios!
Por suerte, hoy los abuelos tenemos motivos de goce. Ya no hacemos filas en los bancos, tenemos las puertas abiertas de universidades del ´Adulto Mayor´, donde se puede aprender a reparar bicicletas, ocultar los fragmentos de un vaso chino y nunca, nunca, ´mirar al sol con una lupa´ (¡Zero en publicidad!). Además, nos mantenemos en forma en gimnasios cerrados, para que no nos pase lo mismo que a esa abuela que hace 10 años empezó a trotar cinco km al día y hoy nadie sabe dónde se encuentra.
En fin, a los abuelos nos queda la íntima satisfacción de haber llegado a la cima de la evolución del ser humano. En efecto, generalizando lo que se dice de los escritores, todos empezamos como brillantes promesas, seguimos como tristes decepciones y terminamos como venerables maestros.
*Francesco Zaratti es físico.
La sede no se mueve
Sí, hace varios meses y con ese lema marcharon miles de miles de paceños. Fueron muchísimos, casi todos los de abajo y los de arriba, quienes desfilaron para ratificar la consigna: la sede no se mueve. Fue un Cabildo de millones.
Riesgos políticos
Hay mucha incertidumbre en el mercado petrolero. Las apuestas sobre los precios del petróleo en el futuro van de 70 hasta 500 dólares el barril hasta fin de año.
La indignidad del bono
Aquí se trata de la indignidad del mentado “Bono Bignidad”, la que se afianza en tres argumentos. El primero tiene que ver con la dignidad nata del hombre, y de la mujer, claro.
Discrepancias gastronómicas
Cansado y decepcionado de escribir sobre la política actual, agotado de observar la incapacidad en el oficialismo como en la oposición, voy a optar por escribir, con mayor frecuencia