El caso del subteniente George Nava, que puso una bomba a un canal de Tv en Yacuiba, es la confirmación de que los terroristas bolivianos son poco aptos. Lo único que ha hecho Nava, al final, es aterrorizar a los jefes de las FFAA, que han perdido el habla.
Los terroristas de inmediato pasado no han sido mejores que Nava. En los años 60, tras la muerte del Che Guevara, un grupo terrorista asaltó en el barrio Villa Fátima de La Paz una gasolinera. Para escapar con el botín se subieron a un colectivo, pero fueron capturados en la esquina: el semáforo estaba en rojo. Oswaldo “Chato” Peredo andaba metido en el grupo.
Tres décadas después, un grupo terrorista del EGTK integrado por S.E., el actual vicepresidente de la República, Álvaro García Linera, se propuso volar una torre de electricidad en Panduro. Murieron en el intento dos terroristas que al parecer no sabían cómo operar la dinamita. Se sospecha que encendieron la mecha y, al creer que estaba apagada, se pusieron a soplarla. Allí quedaron. La torre no sufrió daños. Nuestro vicepresidente era el que daba las instrucciones. Su nombre de guerra era, por entonces, José Q\'hananchiri o Q\'hananchizo.
Unos meses antes, el actual vicepresidente había participado en el robo, o “recuperación”, de 430.000 dólares de la Universidad Mayor de San Simón. No se sabe de otros terroristas en el mundo que hubieran asaltado una pobre universidad estatal.
A principios del año 2000 murió otro terrorista boliviano: Antonio Arguedas Mendieta. Este hombre, que había comenzado en la derecha, junto a René Barrientos, fue uno de los muchos que sufrieron un cambio radical de sus creencias políticas como reacción a la muerte del Che. Fue el que envió el diario del guerrillero a México para que se publicara. Y el que tuvo el mal gusto de mandar también las manos del guerrillero. Vivió luego en Cuba y un día de enero del 2000 murió en La Paz víctima de una potente bomba con la que quería iniciarse como terrorista. Murió sin saber qué error había cometido para activarla antes de tiempo.
Y ahora este subteniente Nava. Nuestro Raúl Reyes. No llevaba computadoras, como el colombiano, pero portaba su credencial del Palacio de Gobierno, de las FFAA, su carnet de identidad otorgado por la Policía y no por los venezolanos, su celular con la lista completa de sus contactos, su “flash memory” con informaciones sobre la guerra civil en preparación... Pero si se hurgara más es probable que se encuentre en su maletín su certificado de nacimiento, su certificado de matrimonio, su contrato de alquiler, etcétera. Qué hombre más detallista.
En suma, como terroristas los bolivianos dejan mucho que desear. El único caso de terrorismo serio en Bolivia fue el que mató a los esposos Alexander, en 1969. Pero esos terroristas no eran bolivianos, por supuesto.
Hay que admitirlo: nuestro género no es el terror, es el suspenso. Tenemos en vilo a nuestros vecinos, permanentemente. Todos quisieran saber el desenlace de los dramas bolivianos. Pero la saga del suspenso es interminable.
Ahora, nuestro Presidente se ocupa de llevar informes a los países vecinos sobre lo que ocurre en Bolivia. Es muy comunicativo, aunque usa modismos bolivianos, como eso de “revolcatorio”, que nadie entiende. Eso ayuda al suspenso.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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