Viernes por la noche. La Paz es luces de neón. En la pasarela una decena de cholitas muestran pollera, mantas, zapatos, sombreros y joyas. Lo hacen en uno de los hoteles más lujosos de la sede de gobierno. Uno de esos en los que hace unos años era prácticamente impensable que mujeres vestidas con su ropa típica pudieran estar, como no ser entrando por la puerta de servicio y directamente a la cocina.
Mientras veo a esas modelos, pienso en la fuerza de esta cuna de valientes y tumba de tiranos (que es también la fuerza de Bolivia) y la encuentro en su diálogo de culturas. La invitación era clara, los hombres debíamos asistir con traje oscuro y las mujeres con traje de chola. Y en gran medida se cumplió.
Son tiempos del Pachakuti, del cambio. Aunque en La Paz siempre hubo un diálogo de culturas, no siempre fue tan fluido. Los subalternos tenían su propio libreto que lo usaban lejos de la mirada del patrón y lo sacaban en las fiestas y en momentos de mucha tensión. Pero en esta urbe, el libreto indígena lo ha perneado todo: desde los trajes de las mujeres de dinero que están confeccionados con tela de manta de cholita hasta la Alasita, donde uno hace saumar los billetitos y luego los hace bendecir con el cura.
No es la única vez que se dio esta alianza. En el pasado, las veces que los criollos paceños se aliaron a los indígenas marcaron huella histórica. Pongo tres ejemplos: el 16 de julio de 1809 donde se incorporaron representantes indígenas a la Junta Tuitiva, la Guerra Federal y el 9 de abril del 52.
Chuquisaca perdió la guerra civil porque no logró el apoyo de los indígenas de su región; es más, ni siquiera lo buscó. Error que se mantiene hasta ahora —no crea usted, amable lector, que lo ocurrido el 24 de mayo fue una casualidad—. No, varios de los habitantes de la Capital de la República no han superado su racismo, por eso Savina Cuéllar perdió en todas las provincias excepto en la ciudad de los cuatro nombres.
Cuando los paceños se alejaron de los indios, los traicionaron y abiertamente los explotaron, se dispararon en el pie izquierdo porque la base de un desarrollo duradero y sustentable está en el reconocimiento de que la democracia significa la incorporación de las mayorías en el Gobierno de su propio destino. Si Bolivia no pudo avanzar en el desarrollo fue porque mantuvo a los indígenas marginados.
Sea cual sea el devenir del paso de Evo Morales por el Palacio Quemado, de una cosa no cabe la menor duda: los indios jamás volverán a dejar el manejo de la política en unas pocas familias blancoides. Baste recordar que la propia derecha sucrense tuvo que escoger a una india de candidata para ganar las elecciones y ahora tienen que tratarla como reina porque, si ella se enoja, los deja con un palmo de narices. Savina Cuéllar tiene más posibilidades de llegar a un acuerdo con Evo que seguir a pie juntillas el libreto de la derecha chuquisaqueña.
Hay ríos profundos que se mueven en nuestro país. Y hago mención al título de la mejor novela de José María Arguedas, ese peruano de familia de hacendados que dormía con los indios y que aprendió en la cocina de la casona de su padre a hablar quechua.
Esos ríos subterráneos son invisibles a la gran mayoría de analistas, a quienes les vendría muy bien ampliar su círculo de charla para ver cómo después de más de dos años de gobierno, Evo sigue teniendo más de la mitad del apoyo ciudadano en las ciudades (súmele usted los votos del campo).
Es esa la tendencia histórica. Saquémosle el mayor provecho.
*Jaime Iturri S. es periodista.
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