Ustedes perciben lo bien que las y los bolivianos hacemos las campañas electorales? Aunque, en verdad, no es que las hacemos bien… es que ellas nos hacen bien. Si no, miremos el nutrido calendario electoral que nos gastamos en los últimos años: el 2004: elecciones municipales y referéndum sobre el gas; 2005: generales y de prefectos; 2006: referéndum sobre autonomías, elección de constituyentes; y este 2008 que aún no termina: referendos sobre estatutos autonómicos en cuatro departamentos, revocatorio y quizá referéndum ratificatorio del proyecto de nueva Constitución. Total, un promedio de tres elecciones por año.
Si miramos hacia atrás en nuestra historia reciente, también encontraremos una sobredosis de votación. Al comienzo de este último período democrático, que comenzó en 1982, las elecciones significaban muchas cosas relacionadas con la democracia, con nuestros derechos a elegir y ser elegidos y con las propuestas políticas que se enfrentaban y buscaban el favor del soberano. Por ese entonces, suspiran los nostálgicos, se sabía quién era de izquierda y quién de derecha, todavía no se había cruzado el puente sobre los ríos de sangre y la papeleta multicolor y multisigno reflejaba las propuestas diferentes. Lo mejor era que las elecciones producían resultados y que éstos se acataban. Como dicen los juristas, ´causaban Estado´.
Pero ahora ¡ay! nos cuesta saber quién es quién, la brújula política enloqueció y tanto confunde izquierda con derecha como indio con blanco; cualquier bellaco sin partido se mete a candidato y somos las y los ciudadanos quienes tenemos que decidir, voto mediante, lo que tuvieran que decidir y asumir responsablemente los que ya hemos elegido para tal fin. Pero no, parlamentarios, autoridades y líderes políticos le pasan la pelota caliente a la ciudadanía y queda, como tan bien se dice en lenguaje quechuñol, ejerciendo de mankagastos y gastagobierno. Vamos todos muy contentos, cívicos y democráticos a votar, pero resulta que después de las elecciones todo sigue más o menos igual. O sea: lo mismo que igual. ¿O será que lo que nos gusta no son las elecciones sino las campañas nomás?
De repente lo que nos gusta es campañear, porque así vemos a líderes y ofertantes portarse como buenitos, repartiendo picos a niños y ancianas, luciendo guirnaldas y ofreciendo el oro y el moro. Todo el mundo sabe que no piensan cumplir y, la verdad, la verdad, tampoco se les exige eso. ¡Con que nos proporcionen otras elecciones está saldado el asunto! Nuestra bilirrubina fluye a mares en las campañas y hasta nos volvemos positivos, mirando con lupa y sacando con sacacorchos nuestro desmantelado optimismo.
Si miramos hacia adelante, parece que, en el mejor de los casos, los próximos años mantendremos el promedio de ´votitis aguda´, como una forma cara y ritual de llevar a las urnas problemas que deberían resolverse en otros ámbitos. Francamente, puestos a elegir, no me parece mal, porque aunque estos días sea políticamente incorrecto hablar de civilización y culturas, es nomás más civilizado agarrarse a voto limpio que a ´tiro fijo´ o a los chicotazos.
No abomino de las elecciones, no me tomen a mal. Me gustan las elecciones y sus imprescindibles campañas, pero me asusta la incertidumbre como forma de gobierno, porque durante el período electoral parece que todo queda en suspenso. Cuidado que estemos matando nuestro frágil sistema democrático con sobredosis electoral.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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