Un sombrío 6 de agosto El Presidente de la República ha destacado los importantes logros de su gobierno; ahora, debe abocarse a resolver los problemas más acuciantes del conjunto de la población, para que Bolivia transite por el buen camino.
Aunque es muy probable que la popularidad del Presidente de la República esté en un nivel todavía superior al del año 2005, cuando fue elegido en su alta investidura, no es menos cierto que no se recordaba, sobre todo en los tiempos de la democracia, una fecha patria más deslucida y sombría que la de ayer, empezando por los violentos enfrentamientos de la víspera de este 6 de agosto, que dejaron dos mineros muertos y una treintena de heridos.
Pero, quizá el indicador más contundente de que la celebración del 183 aniversario de la independencia de Bolivia se desarrolló en un ambiente de división es el hecho de que el Primer Mandatario no ha podido emitir el tradicional mensaje a la nación, ante el Congreso, en Sucre, la capital del país.
El Jefe de Estado se dirigió a una gran cantidad de sus partidarios congregados en la plaza Murillo, desde los balcones del Palacio de Gobierno, en un discurso breve en el que, a diferencia de los acostumbrados, sólo dio un rápido informe, enfatizando en el criterio de que la economía nacional atraviesa por un buen momento, en la independencia respecto a las entidades financieras de crédito, en el crecimiento de las exportaciones y de las reservas internacionales, y en los planes viales de su administración. Al final, hizo un resumen de su discurso manifestando que "Bolivia anda bien".
Se extrañó la falta de alguna referencia a la reciente confrontación violenta entre mineros y policías en Caihuasi. Se esperaba que el Presidente dirigiera al menos unas palabras de condolencia para las familias de las víctimas.
El festejo no pudo ser tal, como se merece el país, porque, a sólo tres días del referéndum revocatorio, las regiones continúan confrontadas con el Gobierno central y el ambiente social se mantiene tenso por las demandas de sectores como los cívicos de los departamentos opositores, los trabajadores de la Central Obrera Boliviana, los mineros y los discapacitados.
El conflicto en este 6 de agosto se originó con la exigencia del Comité Interinstitucional de Chuquisaca de que el Mandatario pidiera disculpas a la Capital por los hechos de La Calancha, acaecidos en noviembre del año pasado. Luego se sumaron marchas y bloqueos diarios, de gremios y agrupaciones que reclaman por mejores condiciones de vida o por presuntos incumplimientos de ofrecimientos gubernamentales.
El malestar mayor, quizá, se concentre en las regiones opositoras, donde día tras día se masifican las huelgas en reclamo al recorte del IDH y por acusaciones de fraude con miras al revocatorio del domingo. Anteayer, el Jefe de Estado no pudo reunirse con sus pares de Argentina y Venezuela porque adversarios del Ejecutivo impidieron su arribo al aeropuerto tarijeño. Esta situación demuestra el estado de descomposición que se está produciendo a pocas horas del referéndum.
En suma, el país está atravesando, como pocas veces antes en su historia reciente, por una profunda crisis institucional con preocupantes enfrentamientos que amenazan con desencadenar una situación caótica. El Mandatario ha destacado los importantes logros de su gobierno; ahora, debe abocarse a resolver los problemas más acuciantes del conjunto de la población, para que Bolivia transite por el buen camino.