No tengo la presunción de que esta columna altere el resultado del referéndum de mañana; de hecho, ni los muertos mineros ni las aventuradas reformas de la ley de pensiones lo podrán, así que también yo ´le meto no más´.
Empezaré confesando que he descubierto una correlación positiva entre depresión y discursos del presidente Evo Morales: más los escucho, más se me borra la sonrisa. Sin embargo, las recientes referencias del Presidente a su peculiar estilo de relacionarse con las leyes, me han causado una sonrisa indulgente y un cierto aprecio por su candidez y religiosidad. Me explico:
La cuestión de si primero es el hombre o la ley es antigua como la historia de la humanidad. El mismo Jesús muestra, al respecto, una actitud articulada: por un lado reafirma la primacía de la Torá (la Ley de Moisés) y su imprescriptibilidad, pero al mismo tiempo la supera y la lleva a la perfección, anteponiendo las razones ´del corazón´ a las de la letra muerta. La verdad es que Jesús, un conocedor insuperable del alma humana, sabe que la capacidad del hombre de adaptar la ley, cualquier norma, a su conveniencia es no consecuencia sino causa del surgimiento de las carreras de derecho y resulta sólo comparable con la habilidad de los universitarios de estudiar a sus profesores más que sus asignaturas. Es así que cuando Jesús y sus discípulos un sábado tuvieron hambre y espigas de trigo al alcance, no dudaron en comerlas a la vista de unos fariseos que estaban al acecho para juzgarles. La justificación no se hizo esperar: el sábado (la ley) es para el hombre y no viceversa.
Ahora bien, no quiero insinuar ni de lejos que el actual Presidente tenga investidura divina para interpretar la ley (para eso, como en las fábulas, ´érase una vez´ el Tribunal Constitucional), pero sus palabras ponen en luz que hay circunstancias en que debe imponerse el bien del hombre sobre el ´no se puede´ legalista. Lo recordó hace pocas semanas, en un contexto algo forzado, un respetable jesuita catalán (la letra mata, el espíritu vivifica).
Por tanto, me parece ridícula —como ´treparse por los espejos´, citando a otro venerable jesuita español— la explicación de un abogado, en función de viceministro, que las afirmaciones de don Evo deben ser relativizadas al contexto del auditorio o de la euforia preelectoral. También juzgo insuficiente, aunque aguda, la explicación de mi amigo Agustín Echalar de que Evo interpreta insuperablemente la anomia plurinacional, patrimonio genético de todo boliviano: en efecto, podemos asumir que el Presidente no viola la ley por gusto o desprecio, sino por un objetivo superior (´acelerar el cambio´).
Dicho esto, hay que decir también, interpretando el sentir de la mayoría de mis 125 lectores (¡el padrón de la CNE ha crecido!) que sería altamente recomendable que don Evo empiece a imitar no sólo la libertad de Jesús ante la letra de la ley sino también todas las demás enseñanzas del Maestro de Galilea sobre el amor a los enemigos, el pedir perdón a los hermanos, la unidad, la paz, la humildad, la mansedumbre, la responsabilidad personal y el nunca bien ponderado ´temor de Dios´.
*Francesco Zaratti es físico.
Ausencia de Estado de derecho
Quién, quiénes aceptan la norma y la siguen? ¿Quiénes aceptan las leyes y las respetan en nuestro país? Por el contrario, hemos entrado al torbellino del vale todo, al total irrespeto y violación de la ley y la Constitución Política del Estado.
Preocupación entre los vecinos
La continua crisis institucional boliviana genera mucha preocupación en los países vecinos y no se descarta algún tipo de intervención política para abrir espacio a una solución negociada entre el gobierno del presidente Evo Morales y los dirigentes de la oposición.
Qué entendemos por "el cambio"
Desde hace dos años y medio el Gobierno de Bolivia y sus seguidores mayormente residentes del occidente del país hablan del "cambio", pero nadie explica de qué "cambio" se trata ni hacia dónde quiere llevarnos.
Que no se equivoque el Presidente
Que no se equivoque el Presidente creyendo que la votación que logrará mañana será eterna. Él, como político, tiene que saber que el voto es tremendamente ingrato, y que el voto de El Alto es más todavía, es peligrosamente volátil.