Me gusta, pero me asusta, dice de una canción popular. El estribillo no inventa nada nuevo, pero refleja con precisión dos sentimientos que son inherentes a la naturaleza humana, como la pasión y el terror frente a lo diferente.
Desde el principio de los tiempos, los seres humanos hemos temido y deseado lo diferente. No por nada cada pueblo se denomina a sí mismo como ´la gente´, ´los primeros´, ´los hombres´, ´los hijos de Dios´, ´los únicos´, ´los elegidos´. Por fuera quedan los ´otros´, entendiéndose que si los primeros son la esencia de la identidad, los otros son su negación. En esa tensión descansan muchos conflictos, pasados, presentes y probablemente futuros, de la humanidad.
Persiguiendo lo diferente marchó y navegó Marco Polo hasta el lejano Oriente. Detrás de mundos fantásticos de oro y plata cruzaron los mares, ambiciosos y alucinados, los conquistadores españoles. En busca de una promesa de mundo mejor se marchan a otras tierras cientos de miles de ciudadanos.
El Dorado, la Loma Santa o la Ciudad Prohibida son imágenes de la historia que encarnan esa pasión doble, entre el deseo y el miedo. Porque no siempre lo diferente es una luz que atrae por su inexplorada, probable belleza, sino por algo tan concreto y pedestre como riqueza y trabajo. Se dice que los ingleses inventaron la antropología porque delante de su ejército avanzaban adelantados para conocer mejor los pueblos que iban a conquistar y dominar. De esas bitácoras increíblemente detalladas salía la información que las acciones bélicas aprovechaban.
Otras fuentes de información, en nuestras tierras, fueron las que proporcionaron los cronistas durante los años de la conquista, enumerando la serie inacabable de maravillas y fantasías que encontraban en las entrañas de este supuesto Nuevo Mundo en el que todo estaba por construirse. Y pretendieron hacerlo, doblegando lo existente para que cupiera en sus propios moldes. En este choque, el deseo y el miedo se convirtieron en la ira de la refundación.
En los códigos actuales, lo diferente se exorciza creando monstruos cinematográficos que pueden convertirse en llamaradas de exterminio: vampiros con sed desenfrenada, robots rebeldes, extraños seres del espacio… Cuando esa tensión se mueve entre el mar de códigos de la literatura con su propia simbología nos conmueve y aturde; sin embargo, cuando pasa al terreno de la política, se convierte fácilmente en guerra. Al abrir un periódico o someternos a cualquier informativo audiovisual podemos encontrar y recorrer todas las mutaciones posibles del conflicto entre lo que se considera propio, verdadero, auténtico y lo que se califica como falso y amenazador: Georgia, Irak, Kosobo, Ruanda, Mozambique… la lista es tan larga que duele.
¿Cómo podemos los seres humanos enfrentar esa pasión contradictoria entre la atracción hacia lo diferente y, al mismo tiempo, la pulsión por domeñarlo, haciéndolo a imagen y semejanza de nosotros mismos? De acuerdo con algunos filósofos, el único hechizo efectivo es la inclusión. Pero, tengo mis reparos. Incluir, según el diccionario de María Moliner, es poner una cosa dentro de otra; meter algo en una masa, como argamasa o cosa semejante, en la que queda incrustada; llevar una cosa en sí a otra. En consecuencia, incluir, pegado a la letra, es un concepto que reconoce la diferencia, pero se la traga y la fagocita. Por tanto, quizá no se trata de incluir, sino, simplemente, de aceptar lo diferente; de interactuar con el otro/a bajo un marco común de convivencia pacífica, que permita procesar la sana controversia.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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