A raíz de una demanda laboral —porque con seguridad no se me habría ocurrido de otra manera—, comencé a pensar qué se puede decir hoy sobre los partidos, y particularmente qué se les puede decir a los futuros líderes de los partidos políticos en un momento como el actual. Y esto debido no sólo a la larga historia de errores y desaciertos cometidos por estos actores durante los 25 años de democracia, sino también porque estamos atravesando por un momento en que existen más preguntas que respuestas sobre las posibilidades futuras de los partidos. Vayamos por partes.
Resulta bastante redundante insistir en las razones por las cuales los partidos fueron desplazados del escenario de decisiones, cuando pocos años antes habían jugado un rol protagónico. Razones que fueron sobreabundantemente señaladas por académicos, estudiosos y por los propios ciudadanos que, con su voto y con la sabiduría que corresponde, los fueron relegando progresivamente del ámbito electoral. Estos motivos tienen que ver con el cumplimiento limitado de sus principales funciones, como por ejemplo, con una relación esporádica con la sociedad y sus representados; con su paso, en muchos casos devastador por los gobiernos de turno; con la indiferencia sistemática respecto de las necesidades y demandas sociales y con un comportamiento autista permanentemente cuestionado por la sociedad. Pero sus problemas también estaban relacionados con la comedia de la democracia interna y con una concepción altamente patrimonialista en la administración de sus organizaciones.
A estas alturas no cabe ya reproducir los lamentos del pasado, sino encarar una nueva realidad en la cual no solamente los viejos partidos y liderazgos fueron sustituidos, sino que se produjo una verdadera remoción de las estructuras institucionales de la democracia en que se cuestionan las reglas de juego de la representación política, las formas de gestión, la relación del Estado con la sociedad, pero además se asiste a la emergencia de nuevas formas de representación o ´autore-
presentación´ social, a la regionalización de la política y la emergencia de nuevos liderazgos, datos de la realidad que ciertamente han dejado a los partidos totalmente desfasados respecto de sus viejos esquemas y comportamientos.
Asistimos, sobre todo, a una reconfiguración del sistema político que demandará de los partidos existentes y de los que vayan a surgir un cambio radical, que para comenzar implica invertir la relación vertical respecto de la sociedad de arriba-abajo a otra que emerja de abajo-arriba, es decir que no es posible concebir partidos que no tengan arraigo en la sociedad, ya sea en organizaciones sociales, regiones o comunidades, y que por otra parte no tengan proyectos políticos; pero antes habrá que dejar de lado esta lógica de ´sobrevivencia´ mezquina, en que pretenden descollar a cualquier precio.
Ciertamente no es el momento de los partidos, pero están ahí y volverán a jugar un rol gravitante en la política, porque permiten a la democracia una distribución del poder basada en la voluntad soberana del pueblo de elegir a sus gobernantes. Pero, ¿qué partidos?, ¿qué liderazgos? Con seguridad, con la misma sabiduría con que fueron desplazados, continuarán siendo juzgados por la ciudadanía, a menos que logren adaptarse a esta nueva e incontrastable realidad.
*María Teresa Zegada es socióloga.
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