¿Una nueva Guerra Fría? Nada podría estar más lejos del ánimo del planeta que se reinicie una nueva carrera armamentista, plagada de amenazas y temores, como aconteció con Rusia desde el final de la II Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín.
Los acontecimientos registrados durante las últimas semanas en Georgia, con el reconocimiento de Rusia a Osetia del Sur y Abjasia, han provocado inquietud entre las naciones de occidente que forman parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la China. Las hostilidades en aquella región caucásica, que pudieron llegar a ocasionar una verdadera guerra, han sido motivo para que se origine un duro intercambio de criterios entre europeos y chinos, desde distintos puntos de vista, contra las acciones de los rusos.
Georgia, que fue un antiguo reino incorporado a Rusia en 1802 y que luego de la revolución bolchevique, en 1917, pasó a ser un Estado más de la creada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), ha tratado de rechazar, con las armas, la independencia de Osetia del Sur y Abjasia, respaldada por el nuevo presidente ruso Dimitri Medvedev. Se llegó al extremo de una presencia militar rusa en la región, que causó bajas.
Es natural que un conflicto en el Cáucaso se podría extender a otros estados que conformaron la Unión Soviética, como Ucrania y Moldavia, por ejemplo, que además no han disimulado su propósito de plegarse a las fuerzas de la OTAN. Para los rusos, tener en sus propias fronteras a su antiguo archirrival, la OTAN, no es nada que pueda tranquilizarlos; por tanto, plantearán un debate diplomático, pero se teme que sea bajo la presión de las armas.
En el mundo ya se comenta abiertamente sobre la posibilidad de que se desate una nueva “Guerra Fría”, como la que ganó Estados Unidos hace casi dos décadas cuando el régimen soviético se derrumbó arrastrando —y liberando— a todos los estados que estaban dominados por la URSS en la Europa del este. El temor a una tercera Guerra Mundial quedó despejado con la disolución del régimen totalitario soviético, y parecía que se retornaba a un ambiente de paz y confraternidad, como en verdad ocurrió en Europa, con excepción de las guerras que mantuvo —y mantiene— Estados Unidos y sus aliados en Afganistán e Irak.
El presidente ruso Medvedev ha visitado la China, tal como lo hizo su antecesor Putin, para dejar en claro una amistad afianzada. Pero lo de Georgia ha molestado a los chinos y lo han anunciado oficialmente. Algo similar ha ocurrido con ingleses y franceses, además de los Estados Unidos.
El canciller inglés Miliband dijo que Rusia no debería “empezar” otra Guerra Fría, según la agencia AFP. En el mismo sentido el presidente francés Nicolas Sarkozy advirtió sobre “un cambio unilateral de las fronteras” y la necesidad del retiro ruso hasta los límites anteriores a las hostilidades. Naturalmente que en Estados Unidos la incursión rusa en Georgia no ha caído bien, lo que incide en la actitud de la Unión Europea.
Nada podría estar más lejos del ánimo del planeta que se reinicie una nueva carrera armamentista, plagada de amenazas y temores, como aconteció con Rusia desde el final de la II Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Nadie, en su sano juicio, desea que la sombra de una guerra nuclear se atreva a amenazar a la humanidad.
Es de esperar que los asuntos fronterizos, producto de la caída de la URSS, se solucionen en un ambiente de paz y acorde con el derecho que reconoce la comunidad internacional.