Mediación urgente para frenar la crisis Si el Gobierno y la oposición no están dispuestos a frenar a sus grupos de choque, sin facilitadores nacionales con plena confianza de ambas partes, no queda sino recurrir a actores neutrales, que garanticen una tregua real.
Lamentablemente, pese al temor que La Razón expresó ayer en su nota editorial, se ha llegado a un estado de exasperación y encono político de tal magnitud, que en el departamento de Pando se han producido enfrentamientos con un saldo de al menos ocho muertos y más de 30 heridos, sacudiendo el alma nacional y dejando a todos perplejos.
La muerte de bolivianos, a través de la violencia intencional, es funesta para el destino de la nación, y si somos incapaces de negociar civilizadamente y con patriotismo, habrá que pensar, no sin tristeza, en la ayuda de otros países, de organismos regionales e internacionales, de personalidades de reconocimiento mundial, para que Bolivia no se precipite en un generalizado enfrentamiento civil que, lo sabemos, será fatal.
En horas como la actual hay que recurrir a la sensatez y a la cordura; la ciudadanía debe poner todo lo que está a su alcance para detener esta situación que se asemeja a la barbarie.
Con el número de víctimas cada vez mayor en la actual gestión democrática de gobierno, nada bueno se cosechará si las partes enfrentadas sólo se encargan de echarse culpas unas a otras. Está claro que los bolivianos no somos capaces de reconocer las virtudes de otros, y menos las culpas propias. Nos abrimos al diálogo, siempre que éste nos favorezca; eso desvirtúa cualquier arreglo pues desaparece la ecuanimidad, base para toda solución.
Entonces, es evidente que con lo que está ocurriendo, antes de una precipitación masiva a las armas, se requiere de algo más que mediadores que sugieran salidas a la crisis. Antes que meros diálogos, son necesarias verdaderas negociaciones que propongan soluciones en temas complejos, donde ni oficialismo ni oposición han cedido una pulgada en sus posiciones.
En estas circunstancias, no se percibe otro modo de evitar más sangre derramada entre hermanos que acudir a la mediación de países amigos u organismos internacionales. No es lo mejor que podía suceder —el caso haitiano es desgraciado—, pero si nuestra capacidad de diálogo es nula y nuestras ansias de confrontación son tan intensas, alguien tiene que detener lo que se anuncia como trágico. América Central tuvo que aceptar la presencia de soldados con la bandera de la ONU para menguar la guerra; la paz de Dayton, en los Balcanes, con la participación del presidente Bill Clinton, evitó miles de víctimas inocentes... Las cartas de la ONU y la OEA prevén medidas excepcionales cuando los enfrentamientos son inminentes; y Bolivia es suscriptora de ambos instrumentos.
Más cerca está el grupo de países amigos de Bolivia, conformado por Argentina, Colombia y Brasil, el mismo que a principios de año intentó ayudar al país en el frustrado intento de diálogo entre Gobierno y prefectos de la llamada media luna. Ese mismo grupo, como se lee en esta edición de La Razón , está preparando la llegada al país de sus cancilleres. Aparentemente ellos esperan sólo el mejor momento para esa misión.
Si el Gobierno y la oposición no están dispuestos a frenar a sus grupos de choque, sin facilitadores nacionales con plena confianza de ambas partes, no queda sino recurrir a actores neutrales, que garanticen una tregua real y hagan marchar el país hacia una democracia tolerante y de respetos recíprocos.