En días pasados se publicó en la prensa (La Razón, viernes 30 de agosto 2008), la nota sobre la decisión del presidente del club Strongest de no pagar los salarios de los jugadores de este club por haber perdido el partido contra el Bolívar.
Lo que llama la atención es que este señor ha sido ministro de Trabajo y como tal debería saber que el salario es lo único que tenemos (me incluyo) los trabajadores y trabajadoras de este país, y por supuesto los jugadores de fútbol.
El salario es la única forma de cómo los trabajadores y trabajadoras en diferentes sectores y funciones, obtienen los ingresos que les permitirán su subsistencia diaria y cotidiana. No somos dueños de capital ni de medios de producción, sólo tenemos nuestro trabajo y nuestras habilidades y en algunos casos, como de los deportistas, estas condiciones y aptitudes están limitadas en el tiempo.
Estas direcciones, liderazgos y representaciones de clubes deportivos, gremios, sindicatos y otras organizaciones, se constituyen en la incubadora de la tiranía y la arbitrariedad, donde luego fermentan y maduran para mostrar su verdadero rostro cuando se tienen asignadas funciones más importantes.
Situaciones como éstas, declaradas públicamente, muestran la triste ausencia de una institución defensora de los derechos de los trabajadores. El Ministerio de Trabajo, limitado en sus funciones e importancia, no es la garantía suficiente para defender a los trabajadores, considerando además que las funciones de este ministerio se concentran apenas en atender la quinta parte de la población trabajadora. Las otras cuatro quintas partes, están en la informalidad y por lo tanto no tienen ninguna cobertura ni garantizan el cumplimiento de sus derechos laborales.
Ignoro si los jugadores de fútbol cuentan con un contrato de trabajo que estipule e indique el monto a ganar, las obligaciones y derechos del contratado y del contratante y de las otras condiciones que permitirían un seguimiento legal a su situación. De seguro que en el país hay situaciones laborales peores y más crueles. Por ello apelo a las declaraciones públicas de este dirigente al atentar contra un derecho elemental que es el de percibir un salario, y así, comenzar a crear una conciencia respecto a los derechos y obligaciones de todos los trabajadores y trabajadoras.
Esperar que el Gobierno, cualquiera sea, considere los derechos de los trabajadores es una esperanza. Es necesario que cada trabajador y trabajadora, a través de sus organizaciones, inicie su propia tarea de reclamar e invoquen por sus derechos hasta lograr que estos sean tomados en cuenta y se establezcan los mecanismos para velar por su cumplimiento.
En vísperas de cambiar la forma de ser de este país, ya sea con el proyecto constituyente del MAS o con los llamados estatutos autonómicos, es urgente considerar el derecho al trabajo y al salario, tanto en los trabajadores urbanos como en los trabajadores rurales. Solamente los países que logran crear un sistema de producción donde los trabajadores pueden desplegar su potencial y recibir el justo salario, son los que permiten alcanzar mejores condiciones de vida y desarrollarse.