Todo análisis político fácilmente se convierte de un intento teórico y pragmático de viabilidad institucional en un ejemplo vívido de nostálgica poesía. La pasión sobrepasa la razón y los análisis terminan siendo obras literarias propias del sufrimiento traumático de una sociedad; de los que paradójicamente suelen tomar ventaja líderes radicales, que más allá de buscar la solución al conflicto buscan tomar ventaja política de éste. Ahí se encuentra el sesgo de la representación populista y autoritaria, cuando conviene —ante el debate público y la competencia política— agitar a sus enceguecidos seguidores y no seguidores en su propia contra y causarles daño. Lo bueno para Bolivia no es lo bueno para los políticos que la representan. Lo bueno para el Gobierno es la condena de los regionalistas y el sometimiento de todos los bolivianos a una sola forma de ver la vida; y lo bueno para los regionalistas es el fatídico finiquito de un gobierno legitimado por una mayoría que refleja desesperación y pobreza.
En este escenario no hay vuelta atrás ni alternativas. Las víctimas de los conflictos representan para ambos bandos duros incentivos para el mantenimiento de sus posiciones. La puerta de atrás da a la cárcel. Y tolerar que ambos salgan por la misma puerta airosos y con espíritu de concertación significa, desde ya, un dilema moral para cualquiera de los ciudadanos. Antes del estrago podían llegar a complejos acuerdos sobre la base de diferencias políticas, hoy se tienen que contar muertos a favor y en contra por cada bando. El diálogo sincero se hace imposible.
El sobrecogimiento de la sociedad puede todavía aumentar la hoguera, siempre tenderá a identificar a los malos y a los buenos, como juegan los políticos actuales, aun cuando este ejercicio cueste negar el sentido racional de lo democrático. Solamente lo sobrenatural, lo metafísico o cósmico puede tener las cosas tan claras, ni equivocarse ni fallar. Los que gobiernan este país deberían dejar de jugar a ser Dios y nosotros dejar de jugar a ser creyentes.
Los gobiernos de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) se limitarán a apoyar al gobierno de Morales. No simplemente como un acto deseable de reciprocidad para sus entornos y sus gobiernos; pues esta amenaza servirá para maquillar de multilateralidad las extravagancias de su promotor, Venezuela, que al fin y al cabo tiene la sartén, de petróleo, por el mango.
Bolivia es una ficha importante en la región y a sus vecinos les conviene que permanezca estable. Esa estabilidad puede no ser, necesariamente, de gobernabilidad democrática ya que los países de la región necesitan asegurarse un proveedor serio de hidrocarburos y un amigo con mucho petróleo para sobrellevar sus crisis, impulsar su progreso o mantener sus gobiernos. En este dilema también están metidos los países desarrollados y democráticos: entre apoyar la democracia de principios, normas e instituciones o apoyar la gobernabilidad más allá de las instituciones.
No es de esperar la racionalización democrática del conflicto por la vía internacional. Ninguna opción es mejor que la propia voz de los bolivianos; para eso es fundamental que los políticos sepan escuchar en múltiples tonos y con vocación democrática y plural. La esperanza es lo último que se pierde, aunque claro, ya hemos visto que la desesperación fácilmente puede con la paciencia.
*William Kushner es especialista en Opinión Pública.
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