La semana pasada, el presidente Evo Morales tuvo que modificar varias veces los horarios y la sede del diálogo de salvación nacional. Decidió adelantar en 24 horas la reunión fijada con los prefectos, dejó en duda la definición del lugar donde se realizaría y luego volvió a cambiar la fecha, además de proponer otra hora.
Todo esto ha debido parecer muy extraño a los observadores internacionales. No sabían que ellos eran la causa del nerviosismo del Presidente. No podía exhibir ante ellos a sus “organizaciones sociales”, que estaban listas para sitiar el lugar de la reunión y obligar a los prefectos a que acepten cualquier solución. A veces las “organizaciones sociales” salen de su control.
La reunión de salvación nacional tenía que ser salvada de la acción de estos grupos que, cuando no hay veedores, son mostrados por el Presidente como la esencia de la nueva, la más auténtica, la verdadera democracia, la democracia participativa.
Unas horas antes de estas nerviosas decisiones sobre la reunión de Cochabamba, la Policía tuvo que actuar para que las “organizaciones sociales”, en La Paz, no incendiaran la Embajada de Estados Unidos, no atacaran la zona Sur (algunos funcionarios del Gobierno, nuevos vecinos de la zona, estaban también angustiados), no asediaran la plaza Murillo con la intención de hacer de un prefecto sureño un nuevo Villarroel, no atacaran la FAB de El Alto para hacer justicia con sus manos con un prefecto pandino…
El doctor Frankenstein tuvo el mismo problema. Creó un monstruo que luego no pudo controlar. Como se sabe, el monstruo terminó matando a su creador.
Por el momento, el monstruo está muy ocupado matando a la democracia boliviana. El ataque más directo a la democracia fue el haber obligado al Congreso nacional a sesionar con sus instalaciones sitiadas por furiosos representantes de la democracia participativa, que impidieron el ingreso de los opositores. En la tarea golpearon a varios parlamentarios y parlamentarias.
Hay, por supuesto, organizaciones sociales y organizaciones sociales. Todas ellas están conformadas por personas que, a cambio, quieren algo.
Los grupos que marcharon sobre la Embajada de EEUU la semana pasada, encabezados por un valiente senador, recibieron unos cupones que, como se sabe, sirven para reclamar la recompensa. La recompensa puede ser, en este caso, el pago en efectivo o concesiones de cualquier tipo. Los “colonizadores” de Yapacaní hacen los bloqueos y son fanáticamente anticruceños porque esperan, a cambio, que el Gobierno les autorice a cultivar coca. Y están los cocaleros, dueños del negocio más lucrativo del país.
Una “organización social” mal organizada y peor preparada, había sido montada en Riberalta y debía tomar la Prefectura de Cobija por la fuerza, la semana pasada. En el trayecto chocó con un grupo de defensa de la Prefectura de Cobija y fue la hecatombe. Se sabe que el primer muerto fue un funcionario de la Prefectura y que luego vino la respuesta, dura y despiadada, que dejó 15 muertos, o más.
No, este método es peligroso. Además, es costoso, porque los manifestantes deben ser pagados. Cuando no haya un gobierno que les pague por marchar y protestar, habrá aumentado el desempleo y la inseguridad.
Yo voto por la democracia representativa.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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