Estamos viviendo una especie de infarto político masivo. Como un ejercicio de exorcismo de los demonios de la ira y la venganza propongo la loca idea de volver, en conjunto, al inicio de esta espiral, aún sabiendo que hay muchos que lo que quieren es, precisamente, agotar la paciencia de la espera y la tensión para producir la “solución final”.
Paso uno: Ambos bandos deben aceptar la necesidad de un cambio estructural en el país. Todos los estudios, desde los del Banco Mundial hasta el Plan para Vivir Mejor, nos dicen que más del 70 por ciento de la población boliviana está en situación de pobreza, hay exclusión de pueblos indígenas y campesinos y diferencias importantes en el acceso a oportunidades entre el campo y la ciudad. La pugna no puede ser sólo entre la forma de cambiar esta situación, sino en los contenidos y la eficacia de esos cambios.
Paso dos: Centrar la responsabilidad política en los principales actores políticos elegidos por voto popular para cumplir con la función de administrar el Estado, es decir, Presidente, Vicepresidente, parlamentarios, prefectos, alcaldes y concejales. Si el voto ciudadano tiene algún valor es, fundamentalmente, que delega la voluntad del pueblo (el soberano) en determinadas personas, quienes, a su vez, representan propuestas o proyectos políticos de partidos, agrupaciones o pueblos indígenas, según nuestra Constitución Política del Estado vigente. Asesores, mediadores, analistas, opinadores, ONG y ramas anexas ¡abstenerse!
Paso tres: Establecer un pacto de cumplimiento de las reglas de juego, sin entrar todavía al contenido de acuerdos potenciales. Esto es fundamental, después del manoseo de los acuerdos, que comenzó en la Asamblea Constituyente, cuando los líderes del Movimiento al Socialismo (MAS) desconocieron el compromiso de dos tercios para la aprobación de los artículos del proyecto de Constitución que había firmado en el Congreso el Vicepresidente de la República. Si no hay un compromiso real de respetar las reglas de juego que los propios actores pactan, entonces ¿qué suerte pueden correr los propios pactos? Intentemos cambiar la consigna de mano dura por la de manos sobre la mesa, así todos podrán ver qué trae el oponente.
Paso cuatro: Retomar el camino de la ley. Como en todos los procesos políticos que cambian la historia de los pueblos, el nuestro es un camino de doble vía, el de la ley y el de la política. Pero no pueden seguir siendo caminos paralelos, que no se tocan; al contrario, deben tener múltiples puntos de toque. Algunas de esas piedras de toque ya están sobre la mesa como puntos de negociación, como la compatibilización del proyecto de Constitución del MAS con los estatutos autonómicos, la urgencia de que el Congreso designe a todas las autoridades de las instituciones acéfalas con base en acuerdos de dos tercios y el proceso de aplicación de los resultados de los referendos autonómicos y del revocatorio.
A contra pelo de las esperanzas colectivas sobre el dificultoso proceso de conversaciones que se está realizando en Cochabamba y de los urgidos análisis que se preocupan por el papel de lo medios en nuestra situación de conflictos, la manera más simple de actuar es identificar con claridad quiénes son los verdaderos responsables de la acción política (no buscar culpables ni chivos expiatorios) sino interpelar responsabilidades para la tarea que ha dejado de ser esencial: gobernar, administrar el Estado nacional y las administraciones departamentales: y administrar el poder y negociar los proyectos de poder diversos y enfrentados. Lo demás, es paja para la guerra.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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