La prostitución ilegal migra de La Paz a Oruro Van desde La Paz o de otras urbes a locales clandestinos que se multiplicaron. El auge económico es una de las causas del aumento de las casas de citas. Las autoridades eluden abordar el problema.
EN LA AV. 6 DE AGOSTO • Este es el cuarto donde viven las jóvenes de la casa verde. Se acomodan de dos en dos.
-“Esta mañana, hasta ahora estuve buscando un hotel, son muy caros los precios”…
Mónica, una cuarentona poco arreglada, mira rápidamente a la recién llegada y con tono amable, en busca de confianza, le dice:
-“No te preocupes. Quédate aquí, te vamos a cuidar. Vas a ganar bien y te vas llevar bien con las chicas de la casa. Entra”.
Lucero, aún con dudas, pregunta cuánto va a ganar por noche y Mónica le responde rápidamente, con la pretensión de que aprenda el tarifario de memoria cuanto antes:
-“La mitad de lo que pague el cliente es para ti, la otra para la casa (…)”. Y mientras Mónica habla, Lucero empieza a comprender que para ganar más, todos los amaneceres, esta trabajadora del sexo que vive eventualmente en Oruro para ofrecer sus servicios, debe sumar las botellas que hace consumir a sus clientes, el tiempo que pasa con cada uno de ellos y, además, no olvidar que la casa le cobra Bs 140 si ella entrega una hora de placer en la ducha de esa casa verde, de la 6 de Agosto.
Como Lucero, muchas jóvenes viajan desde La Paz hasta Oruro, una ciudad que atraviesa por el auge del negocio de servicios sexuales clandestinos, fuera del control policial. Las altas cotizaciones de los minerales hacen que los trabajadores del subsuelo vayan a los prostíbulos con mineral, en lugar de dinero.
Los datos abundan: los prostíbulos clandestinos camuflados como casas de masaje se han multiplicado. Los casos de sida se duplicaron en un año y hasta existen guarderías infantiles nocturnas. Y pese a ello, las autoridades municipales desconocen que en Oruro hayan casas de citas ilegales, donde también abunda la marihuana.
El diálogo vuelve. Mónica le recuerda que debe tratar bien al cliente. “La competencia es fuerte”.
-“Quédate de una vez. Más tarde vas a conocer a otras chicas”, dice Mónica.
Lucero duda, pues busca zafarse de alguna manera:
-“Aún no puedo, además, vine con otra amiga”. La charla termina forzada por el avance de la hora nocturna, la hora de empezar a hacer negocios.
Algunas casas de citas clandestinas resultan ser más higiénicas y tener mejores condi- ciones que las legales.
El martes sale un aviso en un periódico: “Se precisa señoritas de 19-29 años para Oruro vivienda incluida”. Otro señala: “En Oruro masajes agradable y placentera compañía (...) (Se reciben señoritas ganancias diarias sin horarios)”. Un tercero indica: “Se requieren señoritas para Oruro de buena presencia (...)”. Todos tienen un número distinto.
En la zona norte de esa ciudad se encuentra el sector al que denominan “El Casco”. Allí están los lenocinios que tienen licencia de funcionamiento, o sea, autorización de la Alcaldía orureña.
A diferencia de los clandestinos, unas luces rojas y focos de neón anuncian el servicio que se da en el lugar. Al ingresar, las mujeres están paradas en las puertas de los cuartos, algunas sólo visten ropa interior; otras portan prendas cortas y hay también jóvenes con pollera. Algunas bailan mientras esperan a los clientes. En ese sector, los prostíbulos están lado a lado. Son 14.
El miércoles, este medio participó de un operativo realizado por la Policía, la Fiscalía y la Defensoría de la Niñez y Adolescencia. Al ingresar a uno de los locales de El Casco, la joven de pollera de 20 años dijo: “Vine desde La Paz porque aquí pagan mejor, mi amiga me trajo. Ya estoy seis meses trabajando aquí (en la ciudad de Oruro)”.
En el mismo lugar, una mujer alta de cabellos amarillos lucía un piercing en su ombligo abultado. Tenía un sostén negro con flequillos que se movían junto con sus hombros. Mientras los policías inspeccionaban el lugar, ella y las demás mujeres permanecían en las puertas de sus cuartos. La luz roja seguía encendida y la música aún sonaba.
Una funcionaria de la Alcaldía le pregunta de dónde es y ella responde “de La Paz, pero viví mucho tiempo en Santa Cruz”. El comentario surge, “es del Perú”.
-“Y por qué Oruro”.
-“Nosotras somos un montón. En Santa Cruz ya no hay campo y tenemos que buscar otros sitios”.
La inspección continúa. Al final del pasillo hay una discoteca y en dos sillones duermen dos perros sucios, pues no había clientes a la medianoche.
Las Palmeras es el lenocinio más famoso de El Casco. Al ingresar, el olor a marihuana impacta contra cualquier olfato.
Una de las mujeres dice que tiene 23 años y que trabaja allí desde hace tres meses. Cuenta que son los clientes los que fuman, ella no. “Me vengo en la semana, desde La Paz. Los fines de semana vuelvo a mi casa. Mis papás saben que trabajo, pero no en esto. Allá todos me conocen y esto (Oruro) es lo que me queda más cerca, a tres horas de viaje”.
Los locales de El Casco son legales y por ello, es poco el temor que las trabajadoras sexuales tienen a las autoridades. Por ejemplo, en un local sin nombre, una mujer se puso frente a los policías y evitó que ingresen a un cuarto. Les gritó: “Ustedes vienen los viernes para el control, hoy es miércoles y por eso no trajimos nuestros carnets (de sanidad)”.
En los otros dos locales intervenidos durante el operativo habían jóvenes que insultaban a las autoridades y de las que se notaba tenían varias copas de más, mientras otras parecían estar con el efecto de alguna droga.
En las noches y madrugadas, don David suele recorrer las calles de la urbe orureña. Es taxista, con años de experiencia y, en ocasiones, traslada a las trabajadoras sexuales desde la ciudad hasta Huanuni.
Él cuenta que en Oruro también se reclutan muchachas de Cochabamba y Santa Cruz. “Vienen y van, a veces sólo vienen por semanas o por días. Luego se van a Huanuni y de ahí vuelven y se van a La Paz. Generalmente los fines de semana esto está lleno”.
David y algunas personas consultadas, que viven en el centro de Oruro, cuentan que los mineros, en ocasiones, vienen en camiones a solicitar el servicio de las prostitutas. “A las chicas les pagan en mineral, a veces hasta con pepitas de oro. Aquí abajito (señala don David) una señora les cambia, pero a bajo precio”.
Antes de que Lucero salga de la casa verde, dos hombres entraron y pagaron por adelantado. “¡Clientes señoritas!”, dijo Mónica. Tres mujeres salieron y dos fueron elegidas por una hora.
LO QUE SE CUENTA
Los secuestros • Don David cuenta que en el tiempo que trabaja como taxista tuvo que recoger en su vehículo a jóvenes que “fueron secuestradas por los dueños de lenocinios y trasladadas hasta Huanuni”.
El bus • Funcionarios de la Alcaldía relataron que hubo ocasiones en las que llegaron buses llenos a El Casco con los administradores de lenocinios y prostitutas. Trabajaban el fin de semana y se iban el lunes.
“Aquí no pagas alquiler, pero tienes que traer tu ace, para lavar las sábanas que usas con los clientes”. Mónica, dueña de una casa de citas.