Como se ha debido percatar la opinión pública, son pan de cada día los ataques del presidente Evo Morales a la prensa en general, sobre todo en las concentraciones masivas de sus allegados quienes se sienten arengados y hasta, parece, autorizados; en consecuencia, en cuanto ven a algún reportero, camarógrafo o fotógrafo en cualquier acto de masas del oficialismo, se desatan agresiones y la violencia contra los trabajadores de la información, como si la orden contundente hubiera sido impartida con anterioridad. Un ejemplo patético fue lo sucedido con una reportera en Santa Cruz en la marcha hacia la capital oriental y el cerco previsto.
El Gobierno está empecinado en imponer sus políticas a rajatabla, sin importar si para ello tiene que llevarse por delante a medio país que, mucho antes de que el actual oficialismo se hiciera del poder, había alcanzado logros en procura de descentralizar la administración estatal y de esa manera mejorarla no sólo para bien de esta mitad, sino del conjunto nacional.
En ese propósito de imponer sus políticas, el Gobierno, de acuerdo con un documento elaborado en Orinoca, Oruro, no sólo está en campaña de desprestigiar y descalificar a los partidos políticos de oposición, sino también a la propia Iglesia Católica, a la que considera “supuestamente imparcial”. Además, habla de una cooptación en cuanto al Tribunal Constitucional y a la Corte Nacional Electoral.
El MAS habla de una “represión social democrática” en cuanto hace a los medios de comunicación, donde se encuentra inmersa la prensa. El Estado debe ejercer acción a través de las reglamentaciones de la Superintendencia de Telecomunicaciones y otros organismos afines con la finalidad de controlar la opinión pública vía la regulación, sin embargo, si esto no marchara, plantea el amedrentamiento de los medios a los cuales considera “mentirosos”, “burgueses” y “pro-oligárquicos”.
Como se aprecia, existe todo un plan para implantar las políticas del Gobierno y, si para ello tiene que amedrentar a la prensa con acciones de hecho, como se aprecia a diario en marchas y concentraciones del MAS, lo hará y sin miramiento alguno.
Y no es que la prensa —por lo menos aquella fiel a su oficio— esté distorsionando la realidad o parcializándose con uno u otro sector. Prosigue desarrollando su labor de siempre, aquella que viene de mucho antes de que Morales sea presidente, cuando todavía era dirigente cocalero y una gran fuente informativa por lo cual la prensa estaba pendiente de él. Precisamente eso le permitió proyectarse para llegar donde llegó.
Los calificativos de Morales contra la prensa, de “sucios” y “vendidos”, entre otros, parecen haber sido la orden de agresión permanente a los medios, en cualquier acción social del oficialismo, donde sean vistos. Si bien en Bolivia hubo tiempos en que algunos militares amenazaban a quienes se oponían a su régimen y les instaban a andar con su testamento bajo el brazo, en la actualidad la situación ni siquiera es igual, sino mucho peor. Ya no se trata de militares, sino de civiles en masa.
Si en el pasado algunos opositores tenían que andar con sumo, extremo, pero grandísimo cuidado por el riesgo de que tal vez no seguirían para contarlo, ahora probablemente los periodistas tengan que ir a hacer su trabajo con su testamento bajo el brazo, con la diferencia de que lo harán bajo un “gobierno constitucional” y en plena “democracia”.
*Fernando Barral Z., periodista, ex corresponsal en Tarija de La Razón y Presencia.
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