Las palabras, entonces, no sirven, son palabras. Así reza un verso convertido en estribillo entonado por Paco Ibáñez, cantaor de mala voz y buen repertorio. Frase seguida de una enumeración inquietante y concluyente: Manifiestos, escritos, comentarios, discursos, humaredas pérdidas, neblinas estampadas, qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua. Las palabras entonces no sirven, son palabras.
Las palabras, empero, sirven. Y una buena muestra de ello es el sentido de las negociaciones en el ámbito parlamentario, donde se han producido algunos avances en torno, precisamente, a ciertas palabras, como: república y nación boliviana. Ausentes en el proyecto de nuevo texto constitucional y que probablemente serán incluidas en la versión reformada si es que las cosas arriban a buen puerto, esto es, antes que los marchistas lleguen al Parlamento.
Y ésta es una buena muestra de que el camino de la concertación es posible porque, palabras más/palabras menos (esta vez me viene a la memoria Andrés Calamaro), las cosas no son tan inamovibles ni las posiciones políticas irreductibles. Algo similar puede pensarse respecto a lo que debe seguir después de la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado, esto es, cuando llegue el momento de la elaboración de leyes y reglamentos. Es decir, así como algunos temas de controversia —como el régimen de autonomías, que no es poca cosa— fueron resueltos provisionalmente en la ronda entre prefectos y Presidente —a pesar de que no se produjo la firma del documento conclusivo, lo que no evitó que sirva de base para la continuación del proceso de negociación— ahora se puede avanzar en otros tópicos, como los mencionados, y otros más como aquellos relacionados con el Poder Judicial y la justicia comunitaria. Y a ver qué sucede hasta el jueves si es que se realiza la sesión congresal —y corro el riesgo obvio del anacronismo porque escribo estas líneas en la noche del miércoles mientras una densa neblina cubre las calles de Lima.
Retomo el hilo de mi argumentación a propósito del curso del proceso constituyente, porque es posible remediar algunas incongruencias y contradicciones cuando se defina las pautas legales de la aplicación de la futura norma constitucional. Cuestión de palabras, y de definir el lugar de su ubicación precisa. Por ejemplo, es posible evitar que se introduzca un criterio de doble votación en el caso de una probable superposición de circunscripciones para diputados uninominales y “circunscripciones especiales indígena originaria y campesinas” para no incurrir en una lógica dualista en el sistema de representación política. Y es posible hacerlo en el momento de la elaboración de la ley electoral, porque este aspecto no está definido en el nuevo texto constitucional. Menciono este ejemplo y supongo que es posible encontrar otros temas para —y otras maneras de— aclarar aquellas zonas grises que, en realidad, ocultan realidades obvias referidas a la disputa por el acceso de recursos de poder.
Así que las palabras, a veces, sirven. Como en los boleros, en cuyo territorio no existe una sola mentira. Y también, otras veces, una imagen vale más que mil palabras. Como aquel fin de reunión en Cochabamba cuando los prefectos, con el Presidente al medio incitando a levantar las manos, saludaron a las cámaras y no hizo falta ninguna palabra para decir que “estamos en paz”. Tal vez por eso sigue el diálogo; a pesar de las voces estridentes en las pantallas y los erráticos titulares en los diarios.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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