Hace algunas décadas propuse a un diario, hoy finado, una columna que se llamara ´lecturas compartidas´. Sigo creyendo que es buena idea.
Aquí va una muestra. Joaquín Pedro de Oliveira Martins, por supuesto portugués, en su ´Historia de la Civilización Ibérica´ (1879) postuló que los ibéricos no son descendientes de los celtas ni de los godos ni de los romanos, sino de los norteafricanos.
Las instituciones sociales ibéricas son idénticas a las de los norteafricanos, dice el autor. Estos son algunos párrafos de ese libro en que se observan paradojas históricas:
´Y en las instituciones (ibéricas) hallaremos singulares rasgos de afinidad entre las cabilas (norteafricanas); entre lo que la historia nos dice de España y lo que por debajo de las formas sociales impuestas por la civilización romana y germánica, se percibe aún hoy en el carácter y en las costumbres peninsulares.
´La ´djemáa´ o aldea de las tribus del Atlas (norte del África) se asemeja tan notablemente al pueblo español, que es lícito suponer en la España prerromana djemáas constituidas por los conquistadores en municipios, que han llegado en esta forma hasta nosotros. A pesar de la centralización imperial romana, luego católica, el ayuntamiento subsistió en España y sigue siendo aún hoy la molécula social. El ayuntamiento, la djemáa, son la aldea con su alcalde elegible o amín . En la cabila el Estado o Poder central no tiene delegados o administradores que tutelen la djemáa; en España, la civilización de tipo europeo creó un Estado, pero en el ayuntamiento tampoco tiene éste representantes suyos. La organización política parte de abajo arriba federativamente, y sólo en la provincia, o agregación de ayuntamientos, aparece el gobernador. El Estado a la europea no ha podido penetrar más hondo. Todo cabileño puede ser amín; todo español, alcalde. También el ayuntamiento, como la djemáa, es una caja de socorros mutuos, y si en la parte de acá del Mediterráneo no se encuentra el thimecheret o distribución de carne, dispone en cambio, el pueblo del granero colectivo y de la dehesa comunal, a la que los municipios mandan a pastar su ganado y donde todos tienen por lo menos un puerco y un borrico- y, finalmente vemos en él la suerte, por la que el munícipe puede labrar su terruño-. Este sistema, común a ambos lados del Mediterráneo, no fomenta, ciertamente, la producción de riqueza, pero regula su distribución y evita el proletariado.
´La pobreza subsiste como accidente, no como fatalidad y por ello el mendigo no pierde la nobleza, la dignidad; no es un paria, como en las sociedades industriales, ni un infame, como lo califica un inglés. El sentimiento de cierta igualdad natural deja su huella en las instituciones y obra contra las fuerzas espontáneas de la naturaleza económica.
´No sólo la djemáa, sino también la ´anaia´ o el ´cof´ son documentos de afinidad étnica, ya no observables hoy en la Península, pero conocidos en los fastos de la Historia, que los suprimió. La anaia de la cabila es el pacto de protección recíproca vigente en España, con el nombre de behetería; el cof es la liga que en la parte de acá del Mediterráneo existió con el nombre de unión. Cuando la anarquía de los tiempos de la reconquista de España despertó los instintos jurídicos, parece que el pueblo se acordó de los antiguos usos olvidados bajo la dominación romana y bajo su continuadora la visigótica. A ambos lados del Mediterráneo, uniones y cof, extendidos por toda el área del país, formarán en éste ligas espontáneas; independientes en África, sin la relación con la tribu, y en España sin relación con las instituciones cultas, feudalismo, municipalismo y monarquía.
´Fueron las instituciones nacidas de elementos de origen exótico, romano y luego germánico, las que en España sustituyeron a la tribu, esa forma de agregación de aldeas, subsistente aún en la cabila, y entre nosotros anterior a la ocupación romana. La adopción de una civilización extraña dio a la sociedad peninsular un aspecto distinto del que hubiera tenido si espontáneamente hubiera desenvuelto de un modo aislado elementos propios de su constitución etnogénica.
´No queramos, sin embargo, ver una desgracia en la suerte que la Historia deparó a la Península haciéndola romana, iniciándola en la civilización de los indoeuropeos. Las poblaciones del Atlas no han podido salir del estado de tribu, ni alcanzar un grado de cultura comparable al que en la España antigua y moderna produjo la combinación de su genio con el latino. No condenemos la tiranía romana o goda anterior o posterior a la ocupación árabe. Carlos V, el austriaco, batiendo a los comuneros en Villamar y acabando con las uniones, es aún el representante de uno de los dos elementos cuyo conflicto forja la historia de la civilización española. En toda la Edad Media son evidentes las pruebas de esta oposición. Vémosla en las luchas comunales, en los bandos de los condotieros, como en los del Cid y sus descendientes políticos. Nada se parece menos a los jefes de las dinastías hereditarias de la Europa central, rodeados de sus vasallos, o a los monarcas sagrados de Oriente, abyectamente adorados por sus súbditos, que los jefes de las facciones militares de la España medieval, combatiendo contra los sarracenos que son como los antiguos reyes de Numidia, de Mauritania, de Getulia, en lucha contra los romanos.
´Es de creer que, como la raza bereber, que pudo escapar del dominio extraño, constituida en pequeñas tribus independientes variamente federada, así hubiera sido la Península si hubiera podido emanciparse de sus conquistadores antes de apropiarse las ideas que le enseñaron. ´En las regiones de la lengua vasca, y en Aragón también, o en la España del Ebro, créese que subsisten las reliquias de la tribus peninsulares; ahí también la vida de la adjemáa es más intensa y más destacada la resistencia a la iniciación europea.´
El último párrafo que quiero compartir. De todos modos, el autor dice que la conquista romana fue necesaria para la península.´De otra suerte, hubiéramos seguido en la vida de tribu como los pueblos cabileños; en vez de clero, hubiéramos tendido marabúes, y en lugar de los audaces capitanes españoles, bereberes montados en caballos flacos y veloces, atareados en guerras de tribu, como los del Atlas´.