Siempre me asombró el teorema de los infinitos monos. Lo creó el físico francés Émile Borel en 1913, cuando planteó que un millón de monos, aporreando un millón de máquinas de escribir por un tiempo indefinido, podrían producir cualquier libro de la Biblioteca Nacional Francesa.
La versión que escuché por primera vez decía que era probable que en un millón de años, alguno de esos monos escribiera el Quijote de la Mancha. La idea original de Borel, en su libro Macanique Statistique et Irreversibilité, era plantear la magnitud de un acontecimiento extraordinariamente improbable.
Por supuesto que uno tiene, a propósito de esto, la atrevida tentación de pensar en el proyecto de Constitución Política del Estado y sus numerosos redactores. Para ese caso, calzaría mejor un chiste inglés que consiste en definir lo que es un camello: es, dice esta ironía, un caballo diseñado por un comité (o una asamblea). Una versión culinaria, y menos ofensiva todavía, dice que muchas manos en un plato causan arrebato.
No sabremos nunca si todos los asambleístas aporrearon diferentes máquinas de escribir o laptops durante los meses que estuvieron reunidos en Sucre, o si el texto, como dicen los opositores, llegó en un CD del exterior, oleado y sacramentado. Pero lo que sí está claro es que es un texto incoherente.
Quizá, como aconseja el teorema, haya que dar más tiempo a los redactores. O darles mejores condiciones para que trabajen, evitando, en todo lo posible, que para hacerlo deban refugiarse en un cuartel militar, como ocurrió en Sucre. Esa aproximación del proyecto de carta magna a la milicia no fue una buena idea. Fue el primer paso del proceso que nos condujo a lo que tenemos ahora, el pacto militar-cocalero, una versión desembozada del pacto militar-campesino que condujo René Barrientos en los sesentas. Entonces se hablaba de gorilas, pero sin relacionarlos con el teorema.
Los redactores de este proyecto olvidaron algunos detalles importantes. Olvidaron mencionar siquiera la República de Bolivia. Esta falla respalda la sospecha de que el texto llegó del exterior.
La omisión más conocida es que el texto no habla de la nación boliviana. Los opositores dicen que este olvido no es casual, porque los redactores quieren borrar toda la historia de Bolivia, hacer un borrón y cuenta nueva, que vendría a compensar, o a castigar, el hecho de que los pueblos originarios no fueron invitados a teclear la primera constitución, en 1825.
Hay que aclarar que en aquel momento, los famosos doctorcitos de Charcas hicieron el trabajo a pulso, con pluma y tintero. Faltaban ocho años para que en Marsella un tal Javier Progin inventara la máquina de escribir. Los autores de entonces se inspiraron en ideas llegadas de Europa, algo que parece haber ocurrido nuevamente ahora. Es la antigua envidia europea hacia España, sus capitanes y su idioma.
Algo que me preocupa es un descuido peligroso de quienes manejan el texto. No han dicho todavía cuándo entregarán las versiones en los 36 idiomas de las naciones reconocidas en el documento. No hacerlo dejaría abierta la sospecha de que las alusiones a esas “naciones” fueron hechas solamente por demagogia. Salvo que admitan que no existen los idiomas, lo que equivaldría a admitir que no existen las naciones. Y entonces habría que cambiar todo el texto.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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