Era un rey que había perdido una batalla y había caído prisionero. Estaba en un rincón, en el campo del vencedor. Ve pasar a su hijo y a su hija encadenados. No llora, no dice nada. Después ve pasar, encadenado también a uno de sus servidores. Entonces empieza a gemir y arrancarse los cabellos. (...) hay casos en que no se debe llorar, si no, uno es inmundo. Pero si dejas caer un leño en tu pie, puedes hacer lo que quieras: gimotear, llorar, saltar sobre el otro pie. Lo estúpido sería mantenerte todo el tiempo estoico; sería agotarte para nada. (...) No hay momentos perfectos. Hay situaciones privilegiadas, en las que uno mismo tiene que actuar para convertirlas en momentos perfectos”.
El escritor Jean Paul Sartre pone en boca del personaje de Anny esa explicación sobre los momentos perfectos, en su libro La Nausea, ícono del existencialismo que marcó a varias generaciones. Luego de varios ejemplos llega a la conclusión de que los momentos perfectos no existen.
Me gusta recordar este pasaje del libro de Sartre cuando estoy en medio de situaciones como la que actualmente vivimos en el país: al borde de la ruptura y, al mismo tiempo, al borde de un gran acuerdo, pero, en ningún caso, cerca de una solución definitiva. De hecho, no habrá soluciones definitivas ya que estamos inmersos en un proceso de transformaciones de todo tipo, a nivel nacional e internacional, en las que juegan elementos diversos, desde la economía (ese mundo con leyes aparentemente tan estructurales) hasta los conflictos de identidades (ese otro mundo aparentemente tan personal e íntimo).
El proyecto de acuerdo entre el MAS y la oposición es una buena noticia para las y los bolivianos, pero no se tiene que ver como un punto de llegada o de cierre de estos tiempos de incertidumbre, sino como un paso más en un camino que aún seguirá dando vueltas culebreras. Y no se trata de una mala onda agorera, al contrario, es un dato de la realidad. Un buen dato, como lo han sido el que, finalmente, el Congreso asuma un papel en el debate político (responsabilidad que le debe a la ciudadanía que votó y que lo paga con sus impuestos); el que se hayan logrado cambios en más de 100 artículos del proyecto de Constitución y el que la encendida retórica de una Asamblea Constituyente fundacional no esté impidiendo el avance de las conversaciones.
Seguramente, así como el camino hasta aquí ha estado empedrado de buenas y malas intenciones, el que sigue de aquí en adelante confrontará sus propios problemas, idas y vueltas. El meollo parece ser que los principales actores reconozcan que, sin su acción y voluntad, no se hace camino y que, más importante aún, no se trata de una vía única, sino que tiene varios trazos, tantos como la diversidad de sus protagonistas.
Quizá deberíamos recordar, una vez más, que la idea de la “unidad monolítica” se queda en una falsa consigna con la que los gobiernos dictatoriales nos querían hacer creer que el vencedor es uno y está solo. No existe una visión única y excluyente de país en uno, como el nuestro, como todos, en el que la historia y el presente se construyen entre cercos y negociaciones. “El amor y el odio no bajan sobre nosotros como lenguas de fuego”. Hay que trabajar y sudar y actuar, para que lleguen.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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