Oregon, en el noroeste de Estados Unidos. Estoy parado frente al mar y en esta ensenada se encuentra un telescopio desde el que se puede ver más cerca las aguas, los islotes, las gaviotas y hasta un par de focas. Para un habitante de un país mediterráneo, el espectáculo es hermoso. Pero no fue eso lo que más recordaré. Junto al telescopio hay una placa que dice que este instrumento fue donado en amoroso recuerdo de Demian Feskley, nacido el 1 de enero de 1978 y muerto el 30 de diciembre de 2004. Y ahora viene lo bueno. La dedicatoria dice: “Lance una lágrima al mar; cuando la encuentren, dejaré de amarte”.
¡Qué historia, mis amigos, qué historia! Imaginemos por un momento lo que no está dicho porque, como Hemingway decía, una buena narración no cuenta todo sino sólo es la punta de un iceberg, hay mucho hielo por debajo. No sabemos si quien escribe es pareja de Demian y si lo es, si es hombre o mujer; no sabemos si es un pariente, un padre, un hermano. Pero sabemos que lo amaba tanto que les entregó a los demás un telescopio y una historia. Con el primero verán la belleza de la naturaleza, con la narración podrán soñar. ¿Se puede pedir más?
Contar historias es tan viejo como la humanidad. Y ahí está la esencia del periodismo. Pero no son buenos tiempos para esta profesión. Las nuevas tecnologías y la crisis económica (y con ella el aumento del precio del papel) han vuelto a remover el avispero. Durante todo el recorrido por los medios de comunicación norteamericanos hemos recibido la misma respuesta: son malos tiempos para los periodistas, las empresas están despidiendo periodistas y cada vez más se tiende a que el reportero, además de buscar la noticia y escribirla, tome fotos. Muchos colegas han aceptado disminuir a medio tiempo sus salarios, pero dudo mucho que se reduzca a medio tiempo la cantidad de trabajo que hagan. En resumen, ganarán menos y seguirán esclavizados al trabajo.
Ni qué decir de los medios hispanos en Estados Unidos. Tienen uno o dos reporteros y listo, ellos hacen todo. Generalmente son jóvenes o inmigrantes dispuestos a trabajar duro, muy duro, por poco, muy poco. Como diría Úrsula Iguarán, “esa historia ya me la contaron”.
Las conversaciones con los periodistas y también con los académicos nos han llevado hacia el pesimismo: vendrán tiempos duros. Pero esta crisis es cíclica. Ocurrió en el pasado y con seguridad volverá a presentarse. Lo propio sucede con el uso de los medios como medios de propaganda (algo que vemos con bastante descaro en Bolivia), la falta de credibilidad como resultado de ese uso, el reemplazo de los políticos por los periodistas en el papel de mediadores entre la sociedad y el poder.
Para que este cielo nublado pase rápido quizá convenga volver al origen. Volvamos a la humildad de los ancianos contando relatos sentados frente a la hoguera. Volvamos a la humildad de nuestros mayores, que leían mucho y vestían pobremente porque se gastaban la plata en libros. Esa imagen y esa herencia me vuelve optimista.
Eso y las miles de historias como esa que leí grabada en una placa de metal mientras veía el Pacífico norte en una playa en Oregon, muy arriba del mapa, pensando que este tipo de cosas son las que me convencieron de ser periodista, oficio en crisis, pero que dejaré de amar el día en que encuentren mi lágrima en el mar.
*Jaime Iturri S. es periodista .
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