A las tres de la tarde del miércoles tomé una decisión. Por primera vez iba a ponerme la camiseta celeste de mi equipo, “el equipo del pueblo”, mi Aurora. Nunca antes lo había hecho por eso que llaman superstición, cábala o maleficio. Esta vez, me dije diciendo, nada de temores ni sospechas de conspiración astrológica porque también “tenemos que vencer a la maldita mala suerte”. Tons, me puse la casaca oficial lleno de orgullo y qué diablos. Empero, por si acaso, repetí los zapatos de siempre y la chamarra café de corderoy, con caja de cigarros en el bolsillo derecho y radio a pilas en el izquierdo, vestimenta de faena dominguera. Algo similar hizo el Joaco cuando decidió prestar su bandera de la campaña del 2002, tan suya, para que sea ondeada en la tribuna por otras manos. No la había sacado del baúl de los sueños rotos durante toda la temporada y dudó en tomar la decisión pero qué diablos, dijo también con la mirada. Y ni hablar del Marquito, el más hincha y el menos veterano de todos nosotros —aunque ya testigo de cien batallas perdidas—, que se puso una camiseta blanca alternativa pero no pantalón, pese al frío, porque todos los domingos asistió al Félix Capriles vestido de jugador dispuesto a pisar el césped si era convocado por Baldivieso. Sueños de niño, tan reales como nuestros deseos de sumergirnos en la hinchada de la tribuna popular cuando un partido se juega bajo la mirada de la luna. Noche galáctica como ninguna porque había que vencer a Blooming para buscar el título de campeón en Sucre y terminar el certamen con 1.620 minutos invictos como locales.
Camino al estadio pensé en entonar el himno que escribió Joaquín Sabina para su querido y sufrido Atlético de Madrid con un lamento casi tanguero: “qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de sentir, qué manera de soñar, qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de vencer, qué manera de vivir”. Sin embargo, preferí silbar una canción de Fito Páez, dedicada a Maradona, más apropiada para las circunstancias: “Y dale alegría, alegría a mi corazón, es lo único que te pido al menos hoy. Y dale alegría, alegría a mi corazón, afuera se irán las penas y el dolor”. Al fin y al cabo, el gran Diego se puso la camiseta diez de Aurora en una visita a la escuela de fútbol envuelto en humo e incienso hace un par de años.
Esa camiseta número diez que usó el Emperador antes de sentarse en el banquillo para mostrar su estirpe de DT con la misma calidad que derrochó talento en la cancha. Porque más allá de las cábalas y de los ritos, esta campaña tiene un responsable y es Julio César Baldivieso. Su sapiencia y su claridad discursiva, tan certera como esos pases de treinta metros que desbarataban defensas e invitaban goles, más su apuesta a la juventud y al semillero local son la impronta de un estilo que merece una alabanza cercana a la idolatría. Como aquella que le rendimos a Baldi la noche del 3-0 desde el corazón de la tribuna popular, aquel lugar poblado de hinchas de verdad con quienes nos mezclamos para brincar y cantar antes y después de gritar los goles como si en el mundo no hubiera nada más.
Así que adiós a los maleficios y a las cábalas, pienso, mientras lanzo una moneda al aire para decidir si debemos viajar o no a Sucre para dar la vuelta olímpica.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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