Me gusta visitar los cementerios, aunque no tanto en el Día de los Difuntos, cuando el alboroto de los vivos perturba la paz de los muertos.
Tengo dos razones para esa predilección. La primera es espiritual: me ayuda a pensar en el ciclo de la vida, en su continuidad y renovación. En cada vida que se apaga hay la chispa que vuelve a arder en otro ser: la muerte es alimento y abono, sustento o fuente de otras vidas. Los millones de microorganismos que con su descomposición formaron, a lo largo de millones de años, los depósitos de hidrocarburos, reviven hoy en las formas de energía, luz y calor, que hacen la vida más confortable para el hombre de hoy. Hasta aspectos desagradables para nuestra sensibilidad, como el obrar de carroñas y gusanos, tienen un rol necesario y benéfico en el ciclo de la vida. “Hermana muerte”, le cantaba mi tocayo de Asís.
Además, y ahí va la segunda razón, todo eso, cuando lo aplicamos al hombre y a nuestra historia, adquiere un significado aún más profundo. Es el recuerdo de “nuestros” muertos, los que se cruzaron en nuestra vida, que nos marcaron, que contribuyeron, con su ejemplo y sus enseñanzas, a ser lo que somos. Pienso que, al igual que la naturaleza, que saca ventaja de la muerte para dar continuidad y renovar la vida, también nosotros nos alimentamos, en sentido espiritual, de la vida de los que nos han dejado, los cuales, justamente por eso, nunca se han ido del todo.
No hablo sólo de padres, hermanos, abuelos, maestros y amigos. Pienso también a los que hemos conocido sólo a través de sus escritos, su música, sus películas, sus obras de arte, su pensamiento, su heroísmo, inclusive sus mitos y su manera de morir. Los unos y los otros han tenido influencia en nuestras vidas, nos han ayudado a madurar, a interpretar y posicionarnos ante los grandes desafíos de cada hombre o mujer: el amor, la amistad, la solidaridad, el servicio, la libertad, la justicia.
En esos momentos uno siente la gran responsabilidad que pesa sobre sus espaldas: la vida de todos ellos no ha sido en vano, como no será en vano la nuestra. Y eso es un estímulo a ser mejores, a dejar de lado lo efímero y a construir, en lo limitado de cada existencia, algo que pueda ser recordado y grabado no sólo en los genes de nuestra descendencia biológica, sino en las mentes y los corazones de los que nos reemplazarán.
Con mucha sabiduría la Iglesia ha unido la conmemoración de todos los santos con la de los difuntos. Estoy convencido de que, en la mayoría de los casos, se trata de los mismos hombres y mujeres, que recordamos por lo que fueron y por lo que siguen siendo para nosotros.
Por eso no entiendo a los “creyentes” de que todo se acaba con la muerte. Ellos violentan no sólo la intuición de todas las civilizaciones que han honrado a sus muertos, sino también nuestros anhelos de seguir viviendo y mantener encendida la chispa de inmortalidad que heredamos.
Si, además, enmarcamos esas ansias en la fe cristiana, llegamos a dar un sentido personal, y no sólo como especie, a la muerte, mediante la certeza de que “nos volveremos a ver” con los que, de alguna manera, siguen hablándonos y amándonos.
*Francesco Zaratti es físico.
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