Ver llorar a un hombre mayor es siempre perturbador, más aún si desde siempre ese hombre fue un luchador por la democracia, por la justicia social y los Derechos Humanos. Pero ahí estaba Jesse Jackson, rodeado de 200 mil personas emocionadas hasta las lágrimas.
Lloraban por los años de lucha, por la segregación, por la esclavitud, por los golpes, por la ausencia de oportunidades. Sí, lloraban por el pasado. Pero sobre todo, lloraban por el futuro. Barack Obama les devolvió la esperanza a millones, y no sólo en Estados Unidos. Obama acaba de demostrar que “sí se puede”, que todos podemos, que todos juntos podemos.
Y los mercados han reaccionado favorablemente. Claro, la crisis no sólo se superará con medidas económicas, sino sobre todo con confianza, con consumidores que, en vez de guardar el dinero bajo el colchón, vayan y compren. Consumir llevará a la reactivación del mercado, pero se acabaron los tiempos en que éste hacía y deshacía convirtiendo a unos pocos en multimillonarios y a unos muchos en muy pobres. Ahora, los millonarios deberán pagar impuestos millonarios y el Estado regular el mercado para que no sean los contribuyentes los que tengan que pagar por las farras ajenas.
Obama tiene a su favor su enorme carisma, su discurso culto pero emotivo (algo que ningún republicano podría tener); le cae bien a un mundo que quiere cambios y trae en sus maletas —que pronto estarán en el número 1600 de la avenida Pennsylvania de Washington DC— la promesa de que la negra noche de Bush y sus corruptos se acabó.
Es de un primativismo extremo pensar que republicanos y demócratas son la misma cosa. La defensa de causas como el derecho al aborto, a los matrimonios gays, a la eutanasia, a ser atendidos por el servicio de salud, marcan una gran diferencia. Pero también en quién debe pagar la factura. Bill Clinton, a quien la historia recordará de manera más favorable que a Ronald Reagan y sus muchachos, dejó el gobierno con superávit. El junior de los Bush deja un gobierno quebrado y con la mayor crisis económica de los últimos 80 años. Ahora, más que nunca, que la crisis la paguen los ricos.
Pero Obama no sólo ganó por la crisis económica —porque ya antes había derrotado a Hillary cuando pocos pensaban que podía hacerlo. Ganó porque supo construir un discurso integrador. Porque fue capaz de prometer un futuro para todos. Él, negro, hijo de una madre soltera, adolescente presa de las drogas y el alcohol, tenía muchos motivos para odiar. Y sin embargo fue capaz de llegar hasta la cima por amor. Fueron sus abuelos quienes, con paciencia, le ensañaron que la diferencia se construía con el corazón y con la razón. Lo primero lo llevó a servir a los demás desde muy joven en tareas de voluntariado. Lo segundo lo condujo a la educación. Obama ha demostrado que un subalterno puede triunfar en la universidad, aunque para ello, a veces, deba estudiar el doble. Y fíjese que esto también vale para Bolivia: sería imposible entender el proceso de cambio que vivimos sin la generación de jóvenes aymaras hijos del 52 y nietos de la Guerra del Chaco que asistieron a la universidad, particularmente a la UMSA.
Son tiempos fascinantes los que nos toca vivir. Obama tiene sobre sus hombros una enorme responsabilidad. Pero mientras tanto, déjenme emocionarme con la alegría y con las lágrimas de tanta gente que le apuesta al cambio y no sólo a través del voto, sino de la construcción cotidiana de ciudadanía, de educación y de acceso a la salud.
*Jaime Iturri S. es periodista.
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