La última película de James Bond reitera la seriedad del espía 007, con licencia para matar, pero es una mezcla de Marlon Brando, máscara de estuco, y Bruce Willis, duro de matar, haciendo estragos a su paso y utilizando su licencia como si fuera un chofer de taxi-trufi, es decir, sin misericordia. Hasta ahí casi nada nuevo. Pero resulta que la trama ocurre en Bolivia y la chica Bond es una morena que parece figurita de caporales, con un aire k’ochala, dulce y vengativa, capaz de discutirle a 007 en plena balacera y ordenarle que suba a su peta con un drástico: súbete. Además, esta chica Bond no moja sábanas con James y éste ya no dice: my name is Bond, James Bond. Espionaje del siglo XXI, dirán algunos nostálgicos. La vendetta de la morocha boliviana está enmarcada en una historia de conspiración entre mafias, transnacionales y agentes de gobiernos colonialistas para aprovecharse de los recursos naturales, en este caso, el agua del altiplano boliviano convertida en preciada mercancía global. No por nada, en estos lares ocurrió la “guerra del agua”, pero una mención a ese evento hubiera exigido la participación de muchos extras en calidad de movimientos sociales, entonces, la película transcurre en el altiplano, bajo un solace. Otra novedad es que los malvados ya no quieren dominar el mundo sino solamente lucrar con sus despojos y corromper gobiernos de países del quinto patio.
Otra vez, Bolivia en la vitrina del mundo del celuloide. Quantum of solace me trajo a la memoria otras películas en las que somos parte, casi siempre de manera exótica, como referente de lo curioso y al límite. ¿Se acuerdan de Colores Primarios, que versa sobre un grupo de asesores de un candidato con pretensiones presidenciales? En cierto momento, el equipo de campaña se encuentra deprimido porque vislumbra una debacle electoral y ninguno de sus miembros tiene ánimo para continuar en la brega. En tono fatalista, uno de los personajes evalúa la campaña y lanza un comentario para caracterizar la situación negativa que atraviesa su líder y se refiere de manera metafórica a Bolivia: “Somos como un grupo de sobrevivientes de un accidente aéreo ocurrido en algún lugar de los Andes que encuentra una sociedad con una cultura exótica donde la única preocupación de la gente es la política”. En otras películas no nos va mejor. Cuando Richard Gere, asesor de imagen, quiere convencer a su candidato que lo mejor es presentarse al electorado sin poses demagógicas, no encuentra un mejor argumento que el siguiente: “Es la única manera de recuperar la confianza de la gente en los políticos y evitar que se incremente la abstención, caso contrario, estaremos en la misma situación que Bolivia”. Obviemos los errores en la apreciación y quedémonos con la imagen que se fabrica acerca de nuestro país.
Algo similar ocurre en un reciente film —cuyo título no me acuerdo—, cuando en una plática entre Dany de Vito y Robert de Niro, uno de ellos afirma: “No podrás escapar de nosotros, ni siquiera ocultándote en Bolivia”. Así la cosa, el último rincón del olvido.
En este rincón se pasea rudamente James Bond para ayudar a una chica Bo(nd)liviana que cumple su promesa de venganza y, de paso, cuidar ese preciado líquido de las garras del mal, aunque el villano de esta película no tiene manía alguna, tal vez porque villanos eran los de antes. Espías también. Chicas Bond tampoco.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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