Definitivamente no cabe la menor duda de que el 21 de octubre de 2008 constituye un día histórico en la vida republicana nacional. Finalmente, se acordó emprender reformas al proyecto de Constitución aprobado en Oruro. Precisamente por este motivo resalto diez aspectos centrales que, a mi criterio, quedaron como aprendizaje de lecciones y recomendaciones de este largo y tortuoso proceso. Y remarco la palabra proceso pues este artículo no es sobre el contenido aunque supone que los cambios realizados han sido decisivos para delinear estos 10 puntos.
1.Bolivia no es Venezuela, ni Evo es Chávez. No me cabe la menor duda que la Constitución promulgada en Venezuela, lograda en sólo 4 meses, no tiene mucho que ver con la dinámica nacional que para cuando se apruebe la Constitución boliviana habrá demorado aproximadamente 30 meses. Y ello no es casual. El Presidente venezolano emprendió un proceso de reformas alejado
completamente de cualquier esfuerzo concertador. Si Hugo Chávez diseñó una Constitución a su medida, Morales posiblemente quiso lo propio. Pero no pudo. Y es que en Venezuela el proceso va de arriba abajo. Desde la voz cantante de su líder hasta el último rincón del país. En Bolivia, el empuje viene de abajo hacia arriba. Chávez está más cerca del Superhombre retratado por Nietzche, como un líder que actúa según sus pasiones y sin cautela, mientras Evo está más cerca del esbozo de líder delineado por Durkheim: un líder surgido y, por ende, supeditado (al menos más que su homólogo caribeño) a la comunidad.
2. Esta Constitución es prohibida para radicales. Esta es una de las conclusiones más destacables. Aquellos que se jactaban de que “ni una coma será modificada” tendrán que contentarse no sólo con las nuevas comas y puntos, sino con substanciales contenidos modificados. Aquellos que veían que la Constitución de Oruro era ya resultado de “muchos talleres realizados por todo el país con las comunidades”, deberán comprender que la cantidad enorme de talleres realizados no es sinónimo de consenso. Apelaban a estos actores para legitimar una Constitución no concertada, así estuviese envuelta en wiphalas. Además, se justificaban con argumentos cada vez más trillados: “las oligarquías son las que quieren frenar el cambio”; o “los que no aceptan esta Constitución, lo hacen por temor al indígena”. Pues nada de eso. Queda demostrado que el temor no era a la plurinacionalidad que sigue sana y viva en el nuevo contenido constitucional, sino a una plurinacionalidad que arremeta contra los “menos” plurinacionales (por decirlo de algún modo). Tampoco era un afán por encubrir a oligarcas que siguen oponiéndose a este nuevo diseño ya sin mucha solidez. Nada de eso. Era un temor a una izquierda fundamentalista, capaz de aceptar lo que sea con tal de imponer un modelo supuestamente reivindicativo y progresista. Hoy, por el contrario, se ha logrado con esta concertación separar a los moderados de los radicales (cosa que no hizo el MAS en más de 2 años). No es extraño, por ende, que “un” Doria Medina apoye esta Constitución.
3. Se hizo una buena lectura histórica de la correlación de fuerzas. Este es un aspecto central. Hay formas políticas diversas de lidiar con el adversario en función a la correlación de fuerzas existente. Una primera forma es suprimiéndolo (forma preferida en la historia de antes de 1952). Una segunda forma es cooptándolo (forma preferida del 52 al 85). Una tercera forma es imponiendo el rodillo que no es otra cosa que la imposición de la mayoría sobre la minoría (forma preferida de 1985 al 2003). Finalmente, una cuarta forma, cuando la correlación impide que una fuerza social se imponga a otra, es concertando. Por fin comprendemos que al adversario, hoy por hoy, no se lo puede suprimir (al menos no de forma muy evidente), tampoco cooptar, al menos no en forma generalizada (posiblemente se lo pueda hacer con algunos empresarios cruceños, pero no con Costas y otros); ni tampoco marginar en nombre de la mayoría (ya se lo intentó durante más de dos años sin éxito pleno). La única vía posible (y, no por “buenos muchachos” sino por efecto de la correlación de fuerzas) era el pacto. Y se lo ha logrado.
4. La democracia no es “mayoría manda”, ni respeto inflexible por la ley, sino compromiso político. Para aquellos que insistían en que los 2/3 era un truco de las oligarquías y que en democracia la mayoría tiene derecho a imponer su proyecto a la minoría, obligada simplemente a acatar, es útil lo sucedido el 21 de octubre. El número no es lo que define la esencia democrática. Lo que la define es el compromiso al que se llegue con las fuerzas opositoras, minorías regionales o grupos étnicos marginales. Y esos 2/3 fueron una salvaguarda a las minorías para no ser apabulladas por las mayorías (que por cierto, estas mayorías son, en realidad, minorías coaligadas circunstancialmente). Finalmente, se respetó esta regla. Asimismo, aquellos que creen que esta Constitución no sirve, porque no se respetó, en más de una ocasión, los procedimientos legales, pasan por alto la esencia del compromiso político. fetichizan lo legal, viendo el árbol y no el sol.
5. No es una Constitución bella, pero seguramente es buena. Y es que si queríamos una Constitución bella, contratábamos a tres juristas sudafricanos expertos en derecho constitucional y les decíamos que hagan algo pulcro y con una redacción que dé envidia al mismo Cervantes. No me cabe la menor duda que muchos de los contenidos son innecesariamente ampulosos, otros se repiten innecesariamente, algunos aún resultan poco “democráticos” (por ejemplo, se mantiene el amplio acápite sobre la “sociedad civil organizada” o aquel referido a la supeditación del Banco Central al Poder Ejecutivo) y hasta algunos resultan poco estéticos (como lo es, por ejemplo, el prólogo constitucional…. “desde tiempos remotos…..”). Sin embargo, destaca el hecho visualizado el día 21 de octubre, repleto de campesinos e indígenas movilizados, regiones debatiendo, partidos discutiendo, mineros presionando, empresarios esperando. Vale decir, una conjunción de bolivianos diferentes como ciudadanos individuales, pero también como representantes de sus propios sectores llegando a acuerdos y dejando en claro que esta Constitución no es de los indígenas y campesinos (los plurinacionales) solamente. Esta Constitución es la radiografía del poder menos unidimensional del que se pretendía erigir con la Constitución aprobada en Oruro. Y eso es bueno.
6. El camino es el acuerdo, con árbitros que hicieron posible el diálogo y la concertación (o sin ellos). Después de los infructuosos diálogos dentro de la Asamblea, entre prefectos y el Presidente o en el mismo congreso (recuérdese el cerco masista el 28 de febrero), es fundamental enfatizar el rol de los árbitros/cooperantes. Sin ellos, el resultado posiblemente sería distinto. La desconfianza era muy grande y se requería interlocutores válidos que hagan de puentes. Es preocupante pensar que debamos requerir el apoyo de Unasur, OEA, ONU y demás cooperantes para solucionar nuestros problemas. Lo es. Sin embargo, dado el momento crucial que vive el país no sólo se agradece el apoyo internacional sino se lo justifica y reconoce su enorme aporte. De todos modos, la lección es simple: sí podemos llegar a acuerdos políticos. A futuro, ya sin el concurso de estos delegados, debemos saber que el camino del éxito es el diálogo.