Lo que no te mata te fortalece, la letra entra con sangre, porque me quiere me aporrea, la violencia es la partera de la historia, etc., etc. En el sentido común imperante en nuestra vida cotidiana hay un largo rosario de dichos que intentan mostrarnos lo duro que es cualquier proceso de aprendizaje y que, si no es con dolor, las lecciones no se asumen.
Creo que la letra entra mejor con risa que con sangre, que el amor no admite ni el golpe de una rosa y el diálogo como la mejor forma de construir acuerdos y democracia. Por eso, retomo las reflexiones del investigador Diego Ayo, que la semana pasada, en este diario, escribió sobre las lecciones aprendidas de la Asamblea Constituyente.
Ayo resalta el 21 de octubre, día en que se firmó el acuerdo entre el oficialismo y la oposición, como una fecha histórica, porque sus protagonistas, cercados celosamente por miles de indígenas, mostraron que era posible sobreponerse a las bravuconadas de los discursos radicales y la democracia podía seguir su camino. La población boliviana suspiró de alivio, seguramente igual que el gobierno que ayudaban en medio de un sentimiento de vértigo, tan cerca del abismo de la confrontación fratricida.
El acuerdo llegó y pasó, y, aunque parece pegado con salivita, no deberíamos perder de vista que tiene una larga cola. Como nos suele ocurrir en Bolivia, estamos casi siempre tan metidos en un clima de crisis y avalancha de acontecimientos, que el impulso apenas nos alcanza para ir mirando lo inmediato, lo que pasó y lo que viene por delante, con pasos cortitos, como el tucán, cuyo enorme pico no le deja espacio para nada más que avanzar en un lamentable camino de milímetros.
Por eso, es bueno recordar que el acuerdo del 21 de octubre le pertenece a todo el país, que es, por cierto, mucho más de los que salieron en la foto. Y está pegado a una historia cercana, que es la de la Asamblea Constituyente, que, a su vez, arranca de un proceso de más de 15 años de demandas y propuestas indígenas, que expresan un largo camino de construcción de justicia. Tan largo, que muchos todavía se niegan, o no pueden ver que, pese a lo maltrecha que quedó la historia de la Asamblea, tiene en sí misma el fundamento de esas lecciones aprendidas en que concluye Diego Ayo.
Por una parte, porque sus miembros tuvieron la legitimidad de haber sido elegidos por el voto, porque contaron con el respaldo de unas bases que los “elevaron” como sus representantes. Por otra, porque fueron una muestra de la diversidad de nuestro país, contando desde autoridades originarias hasta los viejos lobos de mar de partidos tradicionales. Todos ellos, en un determinado momento, estuvieron en contacto con la población, principalmente en los encuentros territoriales y tuvieron que convivir con un mosaico de intereses diversos y sufrir el fracaso de la ausencia de debate y sus tensiones irresueltas.
Por encima del hecho político de ser responsables de la Constitución pesaron la sobreposición de intereses coyunturales del MAS y la oposición, que no dejan ver los frutos de la Asamblea. Es cierto que todo el mundo metió la mano y que el resultado no respetó a los asambleístas. Pero ese proceso y texto, manoseados, maltrechos y parchados son lo que hemos sido capaces de producir. Mejor eso que nada, aunque, curándonos en salud, no está demás recordar que en la puerta del horno se quema el pan, al que madruga Dios le ayuda, no cantar victoria, más vale pájaro en mano… y seguir insistiendo en el diálogo.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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