El mundo moderno ha convertido a casi todas las ciudades en multiculturales. Pero claro, las hay más homogéneas y las que no lo son tanto. La Paz es una ciudad heterogénea por excelencia. Es el universo en el que una señora de pollera y sombrero Borsalino puede vender medias nailon mientras su hija escucha música villera del norte de Argentina y su marido comercia filmes de Hollywood en la otra esquina. Cuando les toque el preste vestirán sus mejores galas, hablarán en aymara con sus iguales, tomarán cerveza, practicarán ritos andinos y hasta irán a misa. Sus apellidos son originarios, pero lo más posible es que los nombres de sus hijos sean anglos (entre mis alumnos he encontrado 14 formas diferentes de escribir Jaqueline y 11 para Jeanette). En agosto venerarán a la Pachamama y a los Achachilas, pero en diciembre entregarán y recibirán regalos celebrando el nacimiento del hijo del carpintero judío.
Pero este no es un proceso de ida nada más. En esta ciudad, hasta los gringos challan sus autitos y casitas. El 24 de enero todos compramos billetitos, los llevamos al sahumerio y de ahí, lo más probable, a que les echen agua bendita. De hecho, los más respetuosos de estas costumbres son algunos curas (otros, ya se sabe, votan junto a Rubén Costas y Branko) que hasta bendicen a los diablos cuando éstos entran de rodillas frente a la Virgen del Socavón. Esa es la otra cara de la Iglesia Católica que, por suerte, tiene a sacerdotes, como el padre Hugo Varga, capaces de sostener que cuando se habla de “hasta que la muerte los separe”, la sentencia se refiere hasta que el fin del amor los divida y no hasta la desaparición física. Genial. Por él, por su amplitud y su comprensión de lo humano, me saco el sombrero. Por los de la Inquisición (del ayer y del ahora) no.
Pero volvamos a lo nuestro, como bien dice el Papirri (el más talentoso de los compositores bolivianos, en mi humilde entender) vivimos en una paella. En el último censo, el 50% de los habitantes de esta cuna de valientes respondió sentirse aymara, el 10% quechua; el resto, claro está, es mestizo. Pero todos ganamos de la diversidad. Como decía Tzvetan Todorov, “somos nosotros en relación con los otros”. Es decir, construimos nuestra identidad en relación con otras identidades.
Todo criterio homogeneizador empobrece. Por supuesto que biológicamente todos, en mayor o menor medida, somos mestizos y en gran parte también culturalmente, pues nada es puro. Pero que hay diferencias, las hay. Y es que hay cosas que nos unen pero hay otras que nos diferencian. Para bien, porque debe haber campo para todos y para todo. Y la actitud más inteligente es disfrutar de la paella y respetar a los que sólo les gusta comer arroz con leche todos los días.
Vistas así las cosas, parece elemental que en nuestra ciudad se haya dado la VIII Conferencia Internacional de la Democracia Participativa y que el tema del encuentro haya sido la multiculturalidad. Y es que democracia y multiculturalidad son no sólo complementarias, sino parte indivisible de una unidad.
La cita fue en un céntrico hotel, pero creo que la asignatura más importante del taller está en las calles de una urbe que mucho antes de la llegada de los españoles ya era el sitio de reunión de pacajes, lupazas y un largo número más de habitantes de señoríos andinos. Diferentes pero iguales. Como debe ser.
*Jaime Iturri S. es periodista .
JFK & VPE
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