Los primeros astrónomos de la época moderna, aún bajo la influencia de las armonías medioevales, se decepcionaron por no encontrar un planeta entre Marte y Júpiter. Más tarde, en esa región del espacio se descubrieron cuerpos menores, en número siempre mayor, con tamaños que van desde unos 1.000 km de diámetro (el planeta enano Ceres) hasta rocas gigantes de metros de diámetro. Esos cuerpos reciben el nombre de asteroides y, debido a modificaciones de sus órbitas, pueden convertirse en meteoritos, que terminan impactando en otro cuerpo del sistema solar. Hoy, se cree que el “Cinturón de asteroides” es el resultado de un aborto planetario provocado por la cercanía del gigante Júpiter, el cual, con su gran masa, impidió la natural evolución de esas rocas en un planeta.
Ahora bien, continuamente se descubren nuevos asteroides, dependiendo de la resolución de los telescopios modernos. El 3 de abril de 1989, el astrónomo belga Eric Elst, desde el Observatorio Europeo del Sur, situado en el desierto de Atacama, descubrió un nuevo asteroide, designado provisionalmente como 1989 GQ4. En agosto del 2008, casi 20 años después del descubrimiento, la Unión Astronómica Internacional, a través de una especie de registro civil de planetas menores, ha bautizado oficialmente ese asteroide con el nombre de “Maxschreier”, otorgándole la cédula Nº 10510.
¿Qué tiene que ver esa noticia con Bolivia? Mucho, porque resulta que el nombre asignado corresponde al científico boliviano, de origen austriaco, Max Schreier Eckstein, un pionero de la astronomía en nuestro país, mejor conocido, especialmente en La Paz, por el Planetario de la UMSA que lleva su nombre.
Max Schreier, huyendo de su Viena natal y del régimen nazi que recién había anexado su país a Alemania, llegó a Bolivia el año 1938, contratado por las FFAA para desarrollar trabajos de geodesia, necesarios para la apertura de nuevos caminos, principalmente en el oriente. El joven científico, que había estudiado física en Berlín en los años en que Albert Einstein vivía y enseñaba ahí, permaneció en Bolivia hasta su muerte, en 1997, a los 90 años de edad.
Nuestro país tiene dos motivos de orgullo por esa designación: es, que yo sepa, la primera “elevación” de un boliviano al cielo (¡en este caso la Ciencia se adelantó a la Iglesia!), y es un merecido reconocimiento a un maestro de la Astronomía que formó generaciones de ingenieros y físicos, ayudó a abrir caminos para integrar al país, impulsó obras como el Planetario y los observatorios astro- nómicos de Patacamaya y Santa Ana en Tarija y animó a planificar nuevos proyectos como el Parque Científico de Cota Cota.
Max Schreier, hombre sencillo, austero y de fe profunda, nos dejó también un libro, Einstein desde los Andes de Bolivia, testimonio de su amplia comprensión de la Relatividad General y de su compromiso con la patria que eligió.
Sé que no es posible ver a simple vista el asteroide “10510 Maxschreier”, pero invito a mis lectores a que, en una noche estrellada, usen el largavista de la imaginación y contemplen agradecidos a ese asteroide que inmortaliza en el cielo a un hombre de bien y un gran maestro boliviano.
*Francesco Zaratti es físico.
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