La partidocracia congresal se devalúa a causa de su inconsistencia moral y la constatación cotidiana de que sus posiciones no se orientan por principios, doctrina o el bien común, sino que son resultado de un permanente acomodo oportunista para el que es ya una pobre excusa ese desafortunado aforismo neoliberal de “en política todo vale”.
Y si Ud. es de los que aún creen en la existencia de una oposición congresal, lo invito a remitirse a la última “perla” del ingenio parlamentario criollo: UN, MNR y Podemos, partidos que aprobaron el referéndum y avalaron el texto constitucional, llegando a disputarle a Evo la paternidad de su propio proyecto y empeñándose por persuadirnos de las virtudes de la Constitución “mejorada” en el Congreso, no van más por el Sí.
Así nomás. Tras semanas de hacer apología de esta “otra Constitución” y promover su aprobación, venimos a enterarnos de que en la posición de los partidos respecto a la nueva Constitución no medió convicción alguna, sino que fue la clásica “subida al vuelo” al carro ganador, hasta mejor parada. Ya fuese para apoyar o declinar en su respaldo a la nueva Constitución, en la decisión de los partidos no mediaron ni el interés ciudadano ni la salud de la democracia; la decisión de apoyar o no el texto constitucional es directamente proporcional a lo que una u otra opción pueda reportarles electoralmente.
Difícil decir si sus justificaciones exoneran o inculpan. “No cumplieron los acuerdos para su aprobación, ergo no apoyamos más” (Murillo/UN); “lo hicimos para pacificar el país, pero nunca estuvimos de acuerdo, aprobamos la ley, pero no apoyamos la Constitución” (Justiniano/MNR); “el Chaco apoyaba la nueva Constitución, porque incluía las autonomías provinciales, pero ahora está en duda, por la detención de los cívicos” (Cardozo/Podemos: La Razón, 8 de diciembre de 2008).
En suma: no queríamos pero lo hicimos; resulta que aprobamos, pero ya no apoyamos.
Algo ayudan a establecer sus explicaciones: Que esta decisión no implica retractarse ni asumir como un error el haberse asociado al MAS para retocar su Constitución y aprobar el referéndum; esto no es una enmienda sino un mero cambio de discurso orientado en la economía electoral; único criterio que rige el comportamiento de la partidocracia.
Cuando la “oposición” apostó por el Sí, lo hizo en la convicción de compartir la torta de una “aplastante” victoria y si hoy —vistas las últimas encuestas— va por el No, es porque teme cosechar un porcentaje de la posible derrota oficialista. Depurado culto a las cifras que trasciende toda ética.
Me atrevo a decir que una de las causas del re-fortalecimiento de la tendencia por el No ha sido, precisamente, la bochornosa sociedad entre oficialismo y oposición. El No empieza a representar no sólo oposición al Gobierno, sino rechazo al contubernio congresal, y de esto pretenden salvarse los partidos con un giro de timón de última hora; de cosechar el 25 de enero un porcentaje del repudio de las mayorías silenciosas para con el Gobierno, pero también para con esa sinuosa clase política que rindió la democracia.
No hay virtud alguna en el cambio de posición de los partidos respecto a la nueva Constitución; sólo el afán de caer sobre sus cuatro patas. La crisis de los partidos es una crisis moral y justificar sus vaivenes en la lógica de que “son todo lo que nos queda” es la clase de error que provoca que buena parte de los bolivianos siga sopesando preferible apoyar la continuidad de Evo Morales.
*Erick Fajardo P. es asesor ejecutivo de la Prefectura de Cochabamba.
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