Bolivia ha sopesado una de sus peores crisis políticas de los últimos años, que incluso ha querido comprometer su propia unidad como nación. Aunque ahora, finalmente, será un referéndum, el que defina el modelo del nuevo Estado boliviano que debe construirse, y el que debe garantizar, en última instancia, el bienestar para todos los bolivianos, es muy probable que las discrepancias a futuro todavía persistan, pues a pesar de todo, la abigarrada sociedad boliviana, tiene profundas divergencias sobre el tema.
En el fondo se trata de dos posiciones filosóficas diferentes de ver la realidad, y del que obviamente deriva el modo de concebir al Estado. Por un lado está la concepción del Estado signada por los códigos de la modernidad y que Bolivia adoptó al fundarse, aunque fuera sólo formalmente —porque evidentemente únicamente fue un proyecto de modernidad— y que está sustentado en los principios del racionalismo y el pensamiento ilustrado europeo. Y, por el otro, está aquella otra visión premoderna o posmoderna, sustentada por toda una cultura que fue ignorada sistemáticamente, pero que ahora exige, con justa razón, respeto a sus propias formas de concebir su organización política, social y económica. Aunque ambas visiones, seguramente en razón a un anhelo inconsciente muy humano, tienen por establecido, aunque por caminos muy distintos, que un idealizado Estado de bienestar para sus habitantes es perfectamente factible.
La visión moderna —muy convencida de sus bondades— propone conformar aquel tipo de Estado, estructurado científica y racionalmente, según el modelo de las naciones consideradas prósperas y felices de occidente. Es decir, adoptar el paradigma del Estado moderno, que entiende que el bienestar es ante todo el logro económico, y que puede alcanzarse promoviendo aquella idea del progreso constante, empleando para ello masivamente la razón, la ciencia y la tecnología, que nos permita dominar a la naturaleza, ponerla a nuestro servicio, y lograr finalmente una existencia de mayor bienestar y por consiguiente feliz. Esta visión de raíces universalistas, concibe por ejemplo, entre otras cosas, que homogeneizar la población es lo recomendable para lograr una mayor eficacia administrativa; donde ya no importe lo que el hombre sea étnica o culturalmente, sino sólo su condición económica, y que la industrialización y la creación de mercados internos y externos, debe ser un objetivo a alcanzar. Bajo estas perspectivas, pues, el Estado pasaría a convertirse en un puro cálculo económico, racional y matemático, donde lo que no es posible someterse a la dictadura de la razón, puede ser obviado y, por consiguiente, toda otra visión ultramundana. Esta visión absolutamente racionalizada y logocentrista de la realidad, de pretensiones desmedidas que ha tenido en la doctrina liberal su expresión más acabada, llegó a hacer de la felicidad el objetivo último e irrebatible de esta vida, y que ahora, sirve decididamente de modelo a seguir, para amplios sectores de la población boliviana, absolutamente persuadidos de sus ventajas y logros. Esta es la visión de Estado que la Revolución de 1952 propuso profundizar en su momento, y de la que se estaba seguro sería la solución a los problemas del país, pues lograría asegurar el bienestar para todos, aunque sólo significara economía. Pero, lamentablemente, ese pretendido proceso de modernización no alcanzó los objetivos esperados, y más de medio siglo después, Bolivia sigue siendo una de las naciones más pobres del continente, bajo la lógica modernista, un país que todavía no ha encontrado su felicidad.
La otra forma de concebir al Estado, que ha pervivido a través de los años, pero que ahora ha emergido con revitalizada fuerza, tiene que ver con formas no necesariamente racionalizadas de la sociedad, y por esto, de hecho, es rechazada. Pues, para la cultura andina, el Estado se concibe más bien como un elemento subyacente de un orden cósmico superior, que es el que definiría la historia de los pueblos de manera holista, ya que sólo este orden podría tener una finalidad que le dé sentido a la existencia, aunque fuera ininteligible para el hombre y donde es auténticamente posible aspirar al bienestar, de acuerdo con este orden. Esta visión, al contrario de la visión utilitaria y depredadora de la modernidad, cree más bien en un estado de equilibrio y respeto mutuo entre el hombre y la naturaleza, como condición a un estado de bienestar o lo que se ha denominado el “sumaj kamaña”; que si se la mira desde la perspectiva ecologista, podría decirse que es la más sostenible.
Pero lo que llama la atención en este contexto, es el hecho de que ese amplio sector de la sociedad boliviana que apuesta por un modelo de Estado bajo los principios de la modernidad, se muestre tan seguro y absolutamente convencido sobre el camino que se debe seguir, pues considera que es la única vía que puede llevarnos al bienestar. De hecho, desprecia todo aquello que no coincida con su modelo racionalizado de Estado y rechaza toda otra forma de convivencia social, que no responda a criterios científicos. Pasando por alto, intencionalmente o no, a las evidencias que muestran que las proyecciones hacia el futuro, sobre la posibilidad de la construcción de un modelo de Estado bajo los códigos de la modernidad, lamentablemente no son del todo seguras, pues la disponibilidad de recursos materiales que aseguren el bienestar de la humanidad, son más bien modestas, sino trágicas. Es el caso de la poca disponibilidad del agua dulce en el mundo, o la creciente escasez de los energéticos, por ejemplo. Y, paradójicamente, son en las sociedades altamente industrializadas y presuntamente felices, donde los índices de suicidio son los más altos, es decir son los lugares donde la gente prefiere abandonar voluntariamente esta vida, seguramente por que no han encontrado su pleno y ansiado bienestar.
Quizás la pretensión de bienestar para todos, según los códigos de la modernidad, sea demasiado para este hermoso, pero limitado planeta, pues si todos los habitantes del mundo sin excepción, alcanzáramos los niveles de vida al que aspiramos, según los paradigmas de la modernidad, los recursos del planeta se agotarían en unos pocos años y el colapso total sería inminente. La prueba más palpable está en el calentamiento global del planeta, consecuencia directa de la tan ansiada industrialización, que la modernidad ha propuesto, como medio para lograr el anhelado bienestar. No estaría por demás también poner en consideración, sobre si realmente es posible construir aquel orden universal, según los parámetros de la modernidad. Porque quizás este mundo, no es más que el mejor mundo posible, limitado en recursos y que no tiene ninguna finalidad en especial, y que no es factible arrancarle cosas que no puede dar. Sin duda que estamos demasiado condicionados por nuestros sesgados modelos mentales, que nos conduce a construir prejuicios, respecto a cómo debe funcionar este mundo, y las más de las veces, se tiende siempre a ver lo que uno quiere ver. Tampoco hace gran cosa la Iglesia cristiana al respecto, puesto que se olvida recordarnos que este mundo, es en realidad el “valle de lágrimas” por causa del pecado de nuestros primeros padres, por lo que sus males van a ser difíciles de ser extirpados totalmente.
Deberíamos aprender, pues, a moderar nuestras pretensiones como miembros del Estado, que es parte de este mundo limitado en recursos, y tratar de construir un destino más acorde con nuestra propia realidad; ya que todo parece indicar más bien, que los grandes paradigmas políticos que planteaban soluciones globales a los problemas del hombre, como el liberalismo, quizás no sean del todo seguras y probablemente la historia hacia el futuro, como nunca antes, se muestre ahora totalmente imprevisible. No se trata de claudicar en la lucha por lograr mejores días, se trata de aprender a ser más moderados, en cuanto a las pretensiones que se pueda tener en este mundo, pues ningún sistema ha podido garantizar, hasta ahora, la solución global a todos los problemas que atingen al hombre en su breve estadía en esta vida, porque el mundo, lastimosamente, nació imperfecto, y la ciencia no siempre tiene respuestas a sus problemas.