Andrés (nombre convencional) tenía nueve años cuando su espalda sintió cómo el fierro candente quemaba su frágil cuerpo. El grito de dolor fue callado por otro más fuerte que salió de la garganta de su padre. Sólo las lágrimas que brotaron de sus ojos le sirvieron para sacar el sufrimiento interior.
La ausencia de una palabra de consuelo o cariño, de parte de su madre, y las constantes agresiones recibidas de su padre, hicieron que Andrés abandone su hogar y viva en la calle. Hoy, con 19 años y un hijo de dos años, sigue la misma senda que su progenitor. “De ser un adolescente retraído y arisco, pasó a convertirse en agresor de niños”, relató Carlos Huanca, director de la Fundación Ichuri, quien retrocedió una década para rememorar ese episodio cuando trabajaba con niños de y en la calle.
La experiencia ganada con el trabajo de psicólogo le permitió establecer que los niños que no reciben alguna muestra de cariño y amor de sus progenitores, ven afectada su personalidad, volviéndolos agresivos con el hogar que luego llegan a formar. Por respeto a las familias, prefirió reservarse otros casos.
Huanca, que trabaja en la zona de Cotahuma de la ciudad de La Paz, sector que tiene un índice alto de violencia dentro del hogar, promueve la cultura del buen trato para que los niños, futuros papás, aprendan a dar muestras de cariño a sus hijos.
“Al principio, los niños eran ariscos, retraídos y no demostraban afecto, pero con el tiempo aprendieron a dar cariño y ahora lo demuestran. El caso es que cuando vinieron sus padres, ellos también mostraron algo de frialdad al momento que sus hijos los abrazaron, es que ellos tampoco sintieron una muestra de afecto de sus papás”, dijo Huanca.
La encuesta que realizó la Alcaldía de La Paz el 2006 reveló que un 40% de los habitantes del lugar proviene del área rural, es decir, sus abuelos o padres dejaron el campo para asentarse en lo que era un cerro con algunos árboles, hace unas tres décadas.
Según el testimonio de algunos padres, cuando ellos eran niños las muestras de cariño era lo que menos recibían de sus progenitores, por ello no les parecía raro tratar igual a sus hijos.
Sin embargo, bastaron casi tres meses para que los profesionales de la Fundación cambien esa relación y los primeros logros empezaron a mostrarse con algunas familias de Cotahuma. “Pese a que los papás tienen poco tiempo, hacen lo posible para asistir a las reuniones y participar de las clases de aeróbicos, donde los niños descubren otras facetas poco conocidas de sus papás”, dijo Huanca.
Pero no todos los progenitores ponen empeño para cambiar de actitud dentro de su hogar. Gabriel es un niño de 10 años que el anterior miércoles buscó aislarse de sus compañeros, se apartó de los profesores y no quería hablar con nadie.
Cuando una de las pedagogas se acercó para hablarle, las lágrimas bañaron su cara rajada por el viento y frío. “Su papá le sigue maltratando, aunque no como antes; pero cuando le grita o da golpes, llega a la Fundación triste y se vuelve arisco”, manifestó.
Después de cinco minutos, Gabriel fue convencido por sus amigos y posó para la foto mostrando una sonrisa amplia.
La agresión varía según la edad
Un estudio realizado por la Alcaldía de La Paz, el año 2006, revela que el maltrato que reciben niños y adolescentes varía según la edad que tienen.
El grupo que recibe más malos tratos dentro del hogar es el compuesto por niños y niñas de 4 a 8 años, con un 82 y 88%. En cambio, las niñas de 12 años son las más propensas a recibir agravios físicos o psicológicos dentro de sus escuelas; y los jóvenes, a partir de los 16 años, son víctimas de ofensas, generadas sobre todo en sus barrios.
Las formas de maltrato son diferentes, pero se advirtió que en el aspecto físico predominan las palmadas, sopapos, golpes de puño, de chicote, con manguera y soga. En cambio, los castigos psicológicos van desde gritar, quitar la ropa, privarles de los alimentos, mojarlos cuando lloran, encerrarlos, darles más tareas, ignorarlos o dejarlos en la calle.
Según el informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) de la gestión 2008, el 83% de los niños, niñas y adolescentes de Bolivia reciben algún tipo de castigo físico y psicológico. Tres de cada 10 son víctimas de agresión psicológica, seis de agresión física y cuatro de violencia sexual, pero muchos no son denunciados.