Con los fondos que genera su hospital y sus talleres productivos, la Fundación del padre José mantiene dos hogares de niños y niñas, un refugio para madres adolescentes, dos guarderías y un albergue.
Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Miguel Carrasco
Nadie elige vivir en la calle; menos un niño. Alberto Cahuaya lo sabe. A los ocho años se fue de su casa: “Mucho me pegaban”, se explica ahora que bordea los 30 y llegan, inevitables, los recuerdos de esos días: hambre, frío, miedo. A los 11 podía pagar una cama en El Alto con lo poco que ganaba “boleando” y ya había probado “cosas malas... chueco andaba”. Cuando cumplió 14 años, conoció “al tata cura y sus ángeles”.
El tata cura es el padre José Neuenhofer y sus ángeles, el centenar de miembros de la Fundación Arco Iris que, desde 1994, trabaja sin pausa y con prisa para dar un hogar a los niños de la calle. Hoy, en las siete casas-centros de Apoyo Integral Arco Iris no falta comida, abrigo, ni atención médica para los pequeños y, aunque no sobran, tampoco se extrañan los abrazos.
Era un lunes en la plaza San Francisco —Alberto no olvida— cuando dos reclutadores de la Casa de Paso lo invitaron a él y a sus amigos “lustras”. “Nos dijeron que se comía cinco veces al día, así que fuimos”. En el refugio cercano a la avenida Montes, no sólo comió, también halló un hogar que se hizo más grande después en la Casa Esperanza, que alberga a 80 chicos huérfanos en Villa Copacabana.
“He podido estudiar en la Escuela Hotelera”, dice el jefe de la panadería Arco Iris, quien dirige a 30 operarios con pasado similar al suyo. “He tenido suerte. Mi hermano, no, a él lo ha matado la bebida y la calle”, evalúa Cahuaya, impecable en su uniforme de panadero.
¿Cómo espantas al frío, Nicolás?
“Nací bajo el puente. Por encima del puente había una Virgen. Mi mamá era mudita. Me crié con otra mujer, cuyos hijos mayores me pegaban.
Con siete años me venía a la cabeza escaparme, sin saber qué me esperaba en la calle. Aunque me llamo Nicolás, todos me conocían como “el Tribilín”. Unos me enseñaron a volar y me decían que era bueno para el frío. La clefa se hizo un vicio para mí. Me mantenía cuidando autos y macheteando. Dormía sobre un cartón.
Un día me llevaron a robar. Tenía 8 años, nos fue mal. Los grandes se escaparon y a mí me pescaron y me acusaron. Dos policías me llevaron al Centro de Terapia Varones. Ese lugar era para mí un infierno”.
El sacerdote de Arco Iris
Si algo le sobra al padre José María Neuenhofer es fuerza de voluntad y cariño. “Él nos ha cambiado la vida a todos”, dice Verónica Macuchapi, egresada de un hogar Arco Iris que trabaja como ayudante de contabilidad en la Fundación.
Nacido en Alemania en 1938, el padre José creció en la violencia y pobreza de la II Guerra Mundial. A los 20 años ingresó al Seminario y, tras estudiar teología y pedagogía en Bonn y Múnich , se ordenó sacerdote en 1964. Llegó a Bolivia el 2 de febrero de 1993. Tenía 55 años cuando fue nombrado párroco de la parroquia Divino Maestro en Alto Obrajes y comenzó su misión.
“En Alto Obrajes, el padre vio que había muchas caries en los niños y puso una silla de dentista sin imaginarse que ése sería el inicio del hospital; después, le entregaron el inmueble del Hogar de Niñas Obrajes, que se estaba cayendo y a partir de ahí se abrieron más refugios. Entonces, creó la Fundación Arco Iris”, explica Krzysztof Bobka.
El sociólogo polaco Bobka, mejor conocido como Cristóbal, es el director ejecutivo de la Fundación Arco Iris. Este hombre grandote, bonachón y de raro acento —sazonado de ya y pues paceños— conoce las historias y los nombres de los 300 chicos que viven en los hogares; a todos los saluda con cariño y, a cambio, le llueven los abrazos.
Hogares para ellos y ellas
Cuando la Prefectura paceña entregó al padre José la administración del Hogar de Niñas de Obrajes, el inmueble se derrumbaba. “Ni siquiera había baños... grave era; ahora es otra cosa”, evalúa Angélica Mendoza (28); ella creció aquí y actualmente es una de las madres sustitutas del refugio, que alberga 120 chicas, entre seis y 17 años, huérfanas o con padres en prisión.
“Todas tenemos nuestras historias; a veces lloramos pero nos tenemos para consolarnos”, afirma Beatriz, de 15 años, quien —como todas sus compañeras— asiste al colegio por las mañanas y cumple sus deberes en el Hogar por las tardes.
“No les falta nada; aquí desayunan, meriendan, almuerzan, toman té, cenan; tienen biblioteca, computadora; reciben útiles y ropa... sólo a veces quisiera tener más oídos para escucharlas; necesitan mucho cariño”, confiesa Angélica, quien el año pasado tuvo su primer hijo, José Gabriel, que crece con las chicas. “Todo compartimos, somos familia”, apunta Bea.
Por decisión de la Fundación, las pequeñas estudian en colegios externos. “Se trata que se preparen para la vida, no lo van a hacer encerradas”, declara Cristóbal. Cuando alguna se gradúa y decide independizarse recibe un “combo” de muebles y menaje de cocina.
Con igual lógica funciona la Casa Esperanza en Villa Copacabana. Allí, 80 chicos huérfanos entre seis y 17 años tienen un hogar, mientras estudian y aprenden oficios.
Daniel ha olvidado su apellido o eso dice para que no lo molesten los extraños. “Grave es estar en la calle... hay que ser pilas: yo desde los ocho cantaba en los micros y después me he conseguido mi caja (de lustra); pero aquí estoy bien, sólo me voy a salir para ir al cuartel”. Ahora tiene 12, asiste al colegio y vive en la Casa Esperanza.
Allí también creció Ernesto Condori (23). Hoy es el educador de diez chicos. “Nadie se quiere ir; porque uno sabe cómo es afuera. Aquí te tratan bien, se interesan”, manifiesta.
¿Quién te sana, Nicolás?
“Estaba mal de los riñones. Me hicieron varias operaciones. La doctora Carmen Quiroga se hizo la persona más cercana a mí. Con tanto dormir en la calle y pasar frío me arruiné los riñones para siempre.
Juan Carlos me habló de un hogar que se llama Casa de Paso. Allá, la primera persona que vi era la Coni; ella me preguntó si era chico de la calle y yo le dije que sí. Me habló con cariño. Allí estuve cinco días y me trasladaron a otro hogar que se llama Esperanza y ahí empecé a estudiar de noche. Mi salud se complicó más porque todo mi cuerpo se estaba hinchando y no podía respirar”.
Guarderías, muchos hermanos
“La pobreza de los padres los obliga a trabajar todo el día y ocasiona el abandono de los niños. Hay que dar una alternativa”, anunció el padre José un día del 2000 y no cesó hasta abrir un centro de apoyo escolar con guardería y comedor.
Hoy son dos: el Centro Gran Bretaña que funciona en la zona del mismo nombre, con el apoyo de Herbalife, y acoge a 230 niños; y la Casa Mutual La Primera en la zona Norte, que cuenta con el auspicio de esta entidad económica.
El objetivo es similar en ambos: “Los niños salen del colegio y se van al centro; allí almuerzan y reciben asesoramiento escolar hasta que sus padres los recogen”, expresa la psicóloga Sandra Barrios.
El servicio gratuito llega a niños de familias numerosas (con más de cinco hijos) y de bajos recursos. Y los resultados son alentadores: “El 2008, de 180 niños, sólo dos tuvieron aplazos”, comenta Cristóbal.
Además, por un boliviano por día, los centros ofrecen servicios de guardería para bebés. “Son maravillosos. Estar con ellos es muy lindo”, confiesa la voluntaria alemana de la Casa Bretaña, Sabrina Kneppe. Como ella, una veintena de jóvenes europeos trabaja en los hogares de la fundación Arco Iris.
Refugio con biberones
María tiene 14 años. Llegó de Palos Blancos para trabajar “con una señora”. Se embarazó y acaba de dar a luz a José. “Cuando mi chico se enteró que iba a ser mamá, se fue. La señora me votó y no sé qué hubiera hecho si no me venía a esta Casa Refugio”, cuenta la muchacha.
Camuflada entre viejas construcciones de la zona Norte, la Casa para adolescentes embarazadas Arco Iris tiene capacidad para atender 20 jóvenes. “Muchas, las más chicas, fueron víctimas de violación o maltrato; con ellas trabajamos psicológicamente para que acepten a su hijo”, menciona Marcelina Patzi, coordinadora del Refugio. “La idea es que las madres se queden hasta que aprendan un oficio y puedan mantener a sus wawas”.
En esta Casa funciona también el Programa de Apoyo Familiar de la Fundación que brinda asistencia social con alimentos, vestimenta y materiales escolares a 80 familias que viven en extrema pobreza. “No es asistencialismo; se trata que la familia sea responsable y, cuando pueda, sea solidaria”, afirma la trabajadora social Sandra Oporto.
Un hospital modelo
Cuando el padre José compró el primer equipo odontológico para su parroquia de Alto Obrajes, no imaginó que éste sería el germen de uno de los hospitales más importantes de La Paz. Ubicado en la zona de Miraflores, el Arco Iris es un referente por sus modernos equipos y su servicio de calidad.
“El 2008 hemos hecho más de 150 mil consultas externas, 70 mil de las cuales fueron gratuitas; otras tantas se realizaron en los consultorios móviles que van a los barrios periféricos”, explica el doctor Ramiro Narváez, director del hospital.
“El Arco Iris recibe ayuda de la cooperación europea para su equipamiento y puede autosostenerse en sueldos y mantenimiento”, comenta Cristóbal. “Los que pueden pagan por la consulta, pero ese dinero es el que subvenciona la atención de 70.000 niños de la calle y familias pobres”, añade.
Calidez y calidad son premisa del nosocomio. “Tenemos un equipo de atención al cliente, que incluye trabajadoras sociales y facilitadoras. Se suma el equipo de Terapia Intensiva más moderno; prestaciones al Sumi y es que la actividad del médico por su naturaleza deber ser humanística”, sostiene el doctor.
“De paso” a la vida
“Nadie elige vivir en la calle; menos un niño; pero hemos encontrado chiquitos de cinco años aprendiendo a sobrevivir solos”, afirma Félix Encinas, director del proyecto de Calle de la Casa de Paso que rescata a niños para darles un hogar.
Cientos de chicos han pasado por este refugio desde hace diez años. “La mayoría se queda, pero otros no pueden sustraerse de los procesos de desarraigo familiar que tienen que ver con violencia, padrastros, pobreza. Aquí les damos amistad y comidita caliente. De ellos depende quedarse”.
En la Casa Refugio funcionan diez proyectos de ayuda a jóvenes que viven o trabajan en las calles. Este complejo tiene albergue, guardería, comedor, aulas de apoyo y alfabetización, sala de computación y consultorios médicos.
“Hay mucho por hacer, pero nuestro tata cura es imparable, gracias a Dios”, sostiene Félix y su opinión es corroborada por todos los que conocen al padre José. Él, personalmente gestiona fondos de cooperación internacional y privada para la Fundación Arco Iris. “El resto es autogestión con la venta de los productos de la panadería, carpintería y los servicios del hospital... pero se necesita ayuda”, refiere Cristóbal e invita a la Cena de Beneficencia, el 17 de junio en salones del hotel Radisson. Vaya, pues.
¿Dónde está tu familia, Nicolás?
Nunca me ha tocado decir mamá o papá a alguien. Algunas veces pensé tener una amiga de confianza para contarle mis preocupaciones y alegrías, aunque por el poco tiempo que me queda... Mis penas sólo las sabe Dios, por eso tengo fe que él me salvará y podré ser un joven feliz con un futuro mejor. No sé qué será de mi vida, pero estos cuatro años en la fundación han sido los mejores. Gracias al padre José y todo el equipo. Aquí he sabido lo que es una familia.
Nicolás Mamani, autor de este diario falleció el 12-2-07, por insuficiencia renal.
Los frutos
Los jóvenes de la Fundación Arco Iris se capacitan e inician su actividad laboral en los Talleres de Panadería, Carpintería, Artesanía y en el restaurant que dependen de la institución. El proyecto más grande es el Hospital que se caracteriza por su calidad instrumental y personal. Gracias al esfuerzo del padre José y su equipo, más de 300 niños sin vínculos familiares cuentan con un hogar, 800 se benefician diariamente con alimentación, 1.000 reciben apoyo en sus estudios escolares o capacitación profesional, y cada año 4.000 niños, niñas o adolescentes reciben ayuda social, psicológica o jurídico-legal. Todos los aportes son bienvenidos al fono 2452084.
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