Brasil 2014

Una Argentina con miedo escénico

El miedo a equivocarse por yerros defensivos continúa siendo un trauma no superado en la selección albiceleste

Todo el equipo de Argentina se acerca a felicitar a Lionel Messi, autor del segundo gol contra Bosnia-Herzegovina.

Todo el equipo de Argentina se acerca a felicitar a Lionel Messi, autor del segundo gol contra Bosnia-Herzegovina. Foto: Xinhua

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

01:45 / 16 de junio de 2014

La proverbial Argentina canchera es una sombra de otros tiempos, la de aquellos en los que pagados de sí mismos creían que sobraban con la camiseta para luego darse unos porrazos de padre y señor nuestro como los de Inglaterra 1966 y Alemania 1974. Lionel Messi ejerce seguramente un liderazgo hacia adentro, pero es el antiactor en el campo de juego, al extremo que los más precipitados y extremistas lo condenan continuamente como “pecho frío”. Falso. Messi no es un témpano, pero le cuesta demasiado exteriorizar sus emociones y mucho más todavía, contagiar de ánimos a sus compañeros cuando las cosas se ponen cuesta arriba como sucedió contra Bosnia-Herzegovina que con su férreo planteamiento de custodia del medio terreno impidió la conexión Di María-Lio durante casi toda la primera etapa y con el Ángel rosarino ya contabilizamos cuatro figuras del Real Madrid, último ganador de Champions League que llegan con la resaca de Lisboa (a los otros tres ya los mencionamos, Marcelo en Brasil, Casillas y Ramos en España).

La apertura tempranera del marcador, producto de un tiro libre con desgraciado rebote en el central Sead Kolasinac, perfilaba un desarrollo del juego en el que se avizoraba que la albiceleste soltaría las amarras desde un principio, pero esta expectativa no cumplida tuvo mucho que ver con el intempestivo cambio de dibujo definido por Alejandro Sabella, que con la alteración del plan de vuelo original dejó establecido que el miedo a equivocarse por yerros defensivos continúa siendo un trauma no superado en Argentina y por ello en lugar del 4-3-3 hasta unas horas antes inmodificable dio paso a un jeroglífico con tres en el fondo, dos laterales, un solo volante central, uno más con recomendaciones para el desdoblamiento, un centrocampista ofensivo y dos en la zona de ataque-definición. Esto podría leerse algo forzadamente como un 5-3-2 para defender y un 3-1-4-2 para atacar.

Al no funcionar el cambio tan radical de planes, los ingresos de Fernando Gago y Gonzalo Higuaín en la segunda etapa restituyeron, en alguna medida, la forma habitual en la que Argentina fue ganando las eliminatorias sudamericanas, con el matiz de retrasar a Messi para convertirlo en distribuidor de balones, debido a que su enloquecedora gambeta anduvo entre apagada y aplacada por las infracciones de los bosnios, cosa que no pudieron impedir, una sola vez, con el movimiento individual que le permitió el segundo y definitivo gol para un triunfo que fue posteriormente amenazado durante algunos minutos cuando Vedad Ibisevic le ganó las espaldas a Federico Fernández para batir por izquierda y cruzado a Sergio Romero.

Ya menos rígido y con despliegue más fluido que en los primeros 45 minutos, Higuaín le imprimió mayor potencia al ataque argentino, pero casi nunca llegó a compaginar con un Sergio Agüero víctima de demasiadas infracciones y falto de la agilidad que lo caracteriza en los últimos metros para amenazar la portería bosnia. En esa dinámica, los rioplatenses pudieron, parcialmente, lograr posesión y juego asociado, gracias a que el doble cinco con Mascherano-Gago, liberaba de obligaciones de acompañamiento en la contención a Di María que ya pudo explotar algo de su habitual velocidad y debía empeñarse en lograr diálogo con Messi como no había sucedido en la primera parte del juego.

El sufrido, inseguro, intermitente y por lo tanto desigual debut argentino puso otra vez de relieve los meritorios esfuerzos de selecciones como la de Bosnia-Herzegovina que como actor secundario de este mundial brasileño expuso grandes y nada despreciables virtudes ante el desafío de neutralizar al equipo que se supone cuenta con el mejor futbolista del momento, actitud que encontró sus puntos altos en la marca y en la administración en el medio para la búsqueda de posibilidades ofensivas, pero que no pudo, por ejemplo, conseguir que su hombre-gol, Edin Dzeko, mostrara algo de lo que habitualmente hace con la camiseta del Manchester City.

Entre el brusco viraje decidido por Sabella para el inicio y las dubitaciones que desnudaron a una Argentina sorprendentemente temerosa y pendiente de sus debilidades, ayer volvió a suceder algo que parecía superado: Durante varios pasajes del partido los llamados a generar condiciones para que Messi se moviera en ataque como lo hizo en los mejores tiempos de los automatismos creados en el Barcelona con Iniesta y Xavi, no aparecieron, sobre todo a partir de Di María que con su desigual desempeño volvió a instalar las dudas de hace tres-cuatro años acerca de quién será el hombre clave que le permita a Lio el juego asociado para tener explosión, para encontrarse en las ideales zonas de arranque por adentro, allá donde hizo estragos en las canchas europeas que le dio la gana durante cinco años continuos.

Si a los problemas detectados con nitidez en el medio, añadimos la rigidez y falta de iniciativa de los laterales Pablo Zabaleta y Marcos Rojo, Argentina terminó siendo algo más coherente en defender que en proponer, y eso para un equipo que pretende ganar una copa del mundo, con la calidad creativa que marcan los rasgos fundamentales de su identidad, termina siendo insuficiente. Si Sabella vuelve a conflictuarse con el planteamiento característico de su selección, sacando, por ejemplo a Gago que hace la doble bisagra con Mascherano para cubrir y quitar, y las posibilidades de ser el nítido primer pasador, querrá decir que la celeste y blanco no tiene esquema ni hombres para lograr, de una vez por todas, que Messi la rompa.

Es periodista y asesor de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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