Brasil 2014

¿Brasil tiene ginga para ganar el Mundial?

Brasil es un continente dentro de otro y que está siempre un paso delante de sus vecinos

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:46 / 06 de junio de 2014

Trabajo y disciplina es lo que inculca Felipao al scratch que buscará a partir del 12 de junio su sexta copa del mundo. Para él lo maravilloso del jugador brasileño tiene valor si a sus aptitudes naturales le agrega esfuerzo, lo contrario significaría reducir sus posibilidades reales de triunfo.

A la extenuación y las lesiones de fin de temporada que caracterizan a las grandes ligas europeas, le sigue la danza de los fichajes, las pujas con las que se desfiguran unos equipos para prefigurar otros. Así sucede todos los años y cada cuatro, este ambiente de negocios en el que saltan al mercado cazadores de fortunas, ojeadores y otros intermediarios, se convierte en la antesala de la Copa del Mundo que esta vez cuenta con el superlativo valor agregado de jugarse en la tierra del Sol en la que según el portaestandarte del Cinema Novo, Glauber Rocha, coexisten Dios y el diablo, y donde la naturaleza espera con sus misterios, secretos y trampas a quienes estén predispuestos a rendirse ante su exuberancia, pero que, sin embargo, alberga en ese mismo seno de extensos parajes pretendidamente virginales, la contradicción marcada por las selvas de cemento y la burocracia despersonalizada, metafóricamente retratados por el cineasta inglés Terry Gilliam (“Brazil”, 1985).

El Brasil del Tercer-Cuarto Mundo ha sido depositado en la trastienda de los enseres inservibles para poner en el mostrador de atención al público a ese otro Brasil, al del  bloque hegemónico globalizante que hace y des-hace desde la economía trazada, entretejida y manipulada por los grandes capitales financieros. Fue en ese mostrador de atención al cliente que decidió sentarse con la FIFA para acometer la organización fastuosa y rimbombante de este tercer mundial del siglo XXI que finalmente recibirá a futboleros de ocasión de unos y otros sitios, con estadios no concluidos, la mitad de ellos sin servicio de wifi —¡qué horror!— y más que seguro con unas clases medias bajas y sectores populares hartos de los aspavientos monumentalistas con los que la contraparte local de la transnacional del fútbol ha querido lucirse, para decirle al mundo que el Brasil es un continente dentro de otro y que está siempre un paso más adelante que cualquier vecino sudamericano para ratificar una fortaleza que finalmente resultará de cartón piedra si tenemos en cuenta el colorido y popular hábitat de extramuros en los que reinan dealers de la droga, proxenetas, putas y delincuentes comunes, seguramente también torcedores con fervientes deseos de que la verde amarilla consiga la sexta copa para su incomparable vitrina.

Al Brasil del mundial-FIFA concurrirán algunos miles de espectadores de credit card, ya lo referí hace algunas semanas, mientras las torcidas de centros y periferies que no tendrán cabida en los estadios mirarán los partidos en los patios, los bares, los cafés, las playas, las casuchas, y las esquinas de los vecindarios. La auténtica “brasileñidad” resignificará, en consecuencia, el uso de los televisores y sus imágenes en directo para ver cómo el seleccionador Luiz Felipe Scolari podría lograr conjuncionar su notable énfasis en la táctica con las acuarelas que pretenden pintar gracias a su espontaneidad improvisadora sus dirigidos, esos que recibieron una severa reprimenda hace algunos días cuando al final de una práctica dijo que “todo había estado equivocado”.

La marca-país de Brasil pasa por su condición de lugar maravilloso, y esto generalmente viene asociado con la idea de que a los brasileños las cosas que hacen les fluyen con una sorprendente naturalidad muy vinculada con sus muy enraizadas características étnico culturales celebratorias, donde el sonido y el movimiento  se manifiestan constantemente en la vida diaria, de ahí que el llamado ginga del capoeira tenga su correlato en el fútbol para intentar explicar, ya que definir tal cosa resulta improbable, las formas inimitables en las que los brasileños se desplazan en un campo de fútbol, desde la manera en que pisan el balón, pasando por el estilo de pasarla al compañero y terminando en la pegada de media y larga distancia hacia la portería rival.

Ese Brasil naturalista, dependiente exclusivamente de la inspiración a secas, no es suficiente según Luiz Felipe Scolari que si alguna vez fue llamado a dirigir el Chelsea y a la selección de Portugal es porque se valoró la importancia que para él tiene la rigurosidad y la disciplina de la planificación táctica en el entendido de que el talento puro, por más extraordinario que sea, no gana partidos y menos campeonatos. Como invocado por este columnista, Felipao ha logrado concentrar en una sola frase su cosmovisión futbolística: “Cuando se esfuerza, Neymar es siempre maravilloso”. Es decir, las condiciones naturales potenciadas por el trabajo en el que muchas veces hay que renunciar a una gambeta a favor del bien del funcionamiento eficaz del equipo.

Si miramos los rendimientos de Dani Alves y Marcelo por las bandas, alguna certeza nos visitará en sentido de que bien pueden intentar lo que en su momento hicieran Roberto Carlos y Cafú, esos que mágicamente pasaban de ser marcadores de punta como se decía antes, a punteros izquierdo y derecho, hoy llamados extremos, con una versatilidad memorable. Es el dominio técnico o las condiciones naturales las que se perfeccionan con el diseño táctico y en este sentido, con estos ejemplos, no será difícil comprender la amalgama que se busca producir entre la barbarie del patea pelota de cualquier playa contra la civilización de quien con su conocimiento y capacidad de lecto-escritura, concreta una manera de plantarse y de moverse en la cancha.

El táctico y los virtuosos, entonces, tienen la gran posibilidad de fundir la disciplina con el placer de jugar. Si lo consiguen, podrían hacer añicos el trauma provocado por los uruguayos en 1950.

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