Brasil 2014

Claroscuros de Brasil 2014

De los 12 cotejos disputados por octavos y cuartos de final, dos fueron a los alargues para su resolución y tres llegaron a la instancia de penales, es decir, el 60%.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza / Brasil

00:00 / 07 de julio de 2014

Quienes piensen que este Brasil 2014 ha sido el mejor de los 20 mundiales por la cantidad de goles anotados, o por la lista de grandes porteros que fueron protagonistas en partidos intensos y emotivos, están apuntando nada más que a una parte de un gran argumento para que esta Copa a la que nada más le quedan cuatro encuentros haya sido notable. En términos generales, los niveles de competitividad han mejorado tan significativamente que no podrá olvidarse cuánto tuvieron que transpirar los grandes de siempre para vencer a Irán, Argelia, Suiza o Costa Rica.

De los 12 cotejos disputados por octavos y cuartos de final, dos fueron a los alargues para su resolución y tres llegaron a la instancia de penales, es decir, el 60%. Los ajustados marcadores finales hablan por sí solos: Cuatro terminaron 2-1, tres concluyeron 1-0, dos finalizaron 2-0 lo mismo que 1-1, y el último fue 0-0.

Alargues, penales y palos milagrosos determinaron entonces que en semifinales Brasil y Alemania vuelvan a enfrentarse como lo hicieran la última vez en la final de Japón-Corea 2002 (2-0), en tanto que Argentina y Holanda lo harán nuevamente, después de 14 años, cuando la selección Orange despachó en Francia 98 a la albiceleste (2-1) en cuartos de final.

Brasil tuvo que llegar a los penales con Chile y celebrar luego del tiro al palo a cargo de Gonzalo Jara, Alemania se esforzó 120 minutos para ganarles a los argelinos que donaron los $us 9 millones de premio recibidos por su gran actuación a los niños que viven en la Franja de Gaza, Argentina también se vio forzada a ir al alargue contra Suiza que tuvo a su arquero Diego Benaglio en los últimos minutos en el área rival sumado al pelotón de cabeceadores para intentar el 1-1 que no llegó, y Holanda tuvo que probar de su propia fórmula, defensiva y de contraataque, frente a una Costa Rica que se marchó invicta, exhibiendo un salto de calidad y un temperamento que ya quisieran tener muchísimos equipos de élite del primer mundo.

Los grandes partidos fueron Holanda 5 España 1; Costa Rica 3 Uruguay 1; Italia 1 Inglaterra 1; Alemania 4 Portugal 0; Estados Unidos 2 Ghana 1; Chile 2 España 0; Holanda 3 Australia 2; Colombia 2 Costa de Marfil 1; Uruguay 2 Inglaterra 0; Costa Rica 1 Italia 0; Francia 5 Suiza 2; Alemania 2 Ghana 2; Argelia 4 Corea del Sur 2; Colombia 4 Japón 1; Colombia 2 Uruguay 0: Holanda 2 México 1; Alemania 2 Argelia 1 y Holanda 0 Costa Rica 0. Como podrá notarse, según criterio de este columnista, no figuran en el listado partidos ni de Brasil ni de Argentina.

Pero así como este torneo nos deja en lo futbolístico los salientes datos del emparejamiento de capacidades para competir, el saldo visiblemente negativo reside en los datos vinculados al arbitraje y a las decisiones disciplinarias posteriores a partidos en los que abundó la controversia y el debate sobre la interpretación de las reglas, y que volvieron a poner en vigencia las dudas sobre la transparencia y los criterios técnicos y de administración de justicia de la FIFA que se pronunció con una celeridad llamativa sobre el caso Luis Suárez, pero nada hizo con Blase Matuidi de Francia que le rompió la tibia y el peroné a Ogenyi Onazi de Nigeria, y todavía no se pronuncia sobre lo que Juan Camilo Zúñiga hizo con espantoso disimulo sobre la espalda de Neymar.

Entre regulares y muy deficientes arbitrajes, la nueva velocidad del fútbol está exigiendo otro tipo de atención dentro de los campos con los jugadores que perpetran infracciones relativizadas por la rapidez de las incidencias en las que se producen y por la muy extendida capacidad de simulación y “piscineo” de algunos que son tan extraordinarios por su calidad como por su astucia para tirarse, por ejemplo Arjen Robben.

Al internarnos en los asuntos históricos de fondo, registramos la inapelable constatación de que a la FIFA como gran corporación que es le interesa en primer lugar el merchandising alrededor de sus esponsors, las megaventas de concesión de derechos de transmisión televisiva y las controvertidas ventas de entradas donde aparecen pescadores del río revuelto para intentar amasar o iniciar fortunas en tráficos basados en conexiones e influencias.

La venta de zapatillas, chuteras y camisetas son más importantes para los organizadores que la historia y las raíces socioculturales del contexto en el que se desarrolla un mundial y esto se nota con mayor claridad en este que se juega en el país más futbolero del planeta, cosa que felizmente puede comprobarse solamente estando aquí, recorriendo sus calles, observando su profusa y diversificada bibliografía sobre fútbol, revisando las legendarias historias de sus cracks de distintas épocas, conversando con los torcedores del Flamengo, Fluminense, Vasco da Gama y Botafogo en Río, con los del Corinthians, Sao Paulo, Santos y Palmeiras en Sao Paulo, los de Gremio e Inter en Porto Alegre, o Cruzeiro y Atlético Mineiro en Belo Horizonte, y para no dejar a nadie afuera, con los millones de seguidores de sus equipos en los campeonatos estaduales.

En ese contexto resultó muy expeditivo proceder con una operación de mercadeo que sacara de en medio e invisibilizara a los auténticos hinchas, a los que alientan desde las favelas, las plazas, los centros comunales, y los pequeños bares a este Brasil que en esta segunda incursión de Luiz Felipe Scolari como seleccionador es más de David Luiz que de Neymar, porque el empuje ha sido más determinante que la calidad, porque el ginga —o el jogo bonito— casi no asomó, porque para un país tan gigantesco, con casi 200 millones de habitantes, el fútbol, como en ningún otro lugar del globo, se vive desde la pasión, desde la comunicación cotidiana, desde una impresionantemente extendida ilusión infantil.

Tres campeones y un tres veces subcampeón definirán quienes llegan a la final. Alemania y Holanda expusieron un mejor rendimiento que Brasil y Argentina, pero en estas instancias pesa de manera más enfática la genética y el derrotero histórico. Los unos sin Neymar, fogoneados desde atrás por su excepcional línea de fondo (mañana seguramente con Dante en lugar del suspendido Thiago Silva), los otros con Lionel Messi, que se apropiaron de esta Copa a su manera, con lucidez para manejar una influencia desde sus cualidades personalísimas y su inteligencia para inventar conectividad con sus compañeros que recién en el partido contra Bélgica comenzaron a dar verdaderas señales de una vitalidad futbolística hasta entonces contenida.

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