Brasil 2014

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Argentina le ganó a Bélgica con la autoridad de quien sabe más con la pelota, aunque habrá que destacar el espíritu belga cada vez que Marouane Fellainy arrancaba organizando desde la mitad e insinuaba que se podía emparejar el marcador en el segundo tiempo.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

00:00 / 06 de julio de 2014

Es bueno rectificar cuando una propuesta no funciona y Alejandro Sabella ha sabido hacerlo empeñado en buscar nuevas respuestas allí donde las pretendidas certezas chocaban contra el muro de la insistencia infructuosa. Argentina comenzó el Mundial con miedo escénico frente a Bosnia, quiso a continuación perforar a Irán jugando en espacios reducidos cuando estos se encontraban perfectamente ocupados por sus aplicadísimos rivales que los sobresaltaban de contra, pasó a un tercer partido menos dificultoso consiguiendo un tanteador igual de ajustado contra Nigeria y para octavos volvió a encontrarse con un adversario igual de militar en su dibujo —Suiza— y al que solo pudo ganarle con una descarga por derecha con Ángel Di María recibiendo de Lionel Messi para que la metiera cruzada para el 1-0 final.

Con un equipo menos pendiente de lo que hiciera o dejara de hacer en la cancha el 10 salvador, los cambios de funcionamiento se comenzaron a advertir con Gonzalo Higuaín explotando su velocidad y potencia física —de su sentido de oportunidad para aprovecharse de una pelota pifiada por el rival nació el tempranero gol del triunfo— Ezequiel Lavezzi tuvo movilidad por derecha porque las cosas comenzaban mejor desde el fondo con Martin Demichelis en lugar de Federico Fernández, Lucas Biglia en vez de Fernando Gago, que complementó mejor a Javier Mascherano y a José Basanta que no es Marcos Rojo pero que de ninguna manera desentonó dentro el conjunto donde primó una mayor paciencia, y un viraje hacia la  tendencia a jugar en largo, incluidos saques desde la meta a cargo de Sergio Romero, pelotas para los piques de los puntas y cada vez que podía, Messi  utilizando el centro del campo como  eje de orientación, para llevarla atada al pie con ese dominio incontrolable que arremolina rivales a su alrededor y que apelaron muy frecuentemente a la infracción como último recurso.

Argentina le ganó a Bélgica con la autoridad de quien sabe más con la pelota, aunque habrá que destacar el espíritu belga cada vez que Marouane Fellainy arrancaba organizando desde la mitad e insinuaba que se podía emparejar el marcador en el segundo tiempo, cosa que se hizo imposible por la falta de resolución final de los rojos y gracias a una línea defensiva muy atenta para dirimir balones aéreos y mejor posicionada para conjurar envíos a ras del piso que en momentos de alta tensión volvió a contar con las atentas intervenciones de Romero que se ha consolidado como garantía en el arco.

Más distendida, a ratos muy fluida, Argentina decidió jugar de manera más vertical y directa, posponiendo para nuevas oportunidades la excesiva elaboración que hasta aquí se había convertido en parte de sus  dificultades y para nada de sus variantes positivas, cambio sustancial en la manera de jugar que pudo advertirse en una escapada de Messi que generó un mano a mano en el que Thibaut Courtois volvió a demostrar por qué es el mejor portero de la actualidad y una corrida de Higuaín en solitario a lo Cristiano, que ni el mismo se la creyó, y terminó con la pelota pegando en el travesaño.

Lo de Argentina tiene más mérito si se tiene en cuenta que hacia la mitad de la primera etapa, Pérez sustituyó a Di María por un golpe que lo dejaría fuera de la semifinal contra Holanda, lo que obligó a Sabella a proseguir el juego sin su principal generador ofensivo hacia el triunfo que conduce a la albiceleste a una semifinal después de veinticuatro años (Italia 90), cosa que no lograron Daniel Passarella, Marcelo Bielsa, José Pekerman y Diego Armando Maradona y que tendrá importantes ingredientes de revancha para la Naranja Mecánica que además de buscar aspirar por cuarta vez al título, se cobraría una vieja cuenta de hace treinta y seis años, cuando un palo le negó a Rensenbrink el gol que le hubiera franqueado a los holandeses su primer título mundial y que no habría forzado al alargue en el que los anfitriones encabezados por Mario Alberto Kempes consiguieron ganar el campeonato en tiempos de dictadura militar.

Con Messi habiendo resuelto que este sería su mundial, tuviera o no un equipo con el cual armonizar, y el tridente Robben-Van Persie-Sneijder  que tuvo una jornada épica contra una monumental Costa Rica, las expectativas vuelven a dispararse por lo que podría significar un partido que invita a revisar la rica historia del fútbol moderno desde los años 70, cuando Pelé y los suyos, y Cruyff y los suyos armaron dos grandes escuadras de una creatividad ofensiva que no admite comparaciones.

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