Brasil 2014

Los duendes de Brasil

Brasil tiene duende. Brasil tiene sonido. Brasil recibe el aliento desde los tambores de la samba, desde los multitudinarios cánticos que saben interpretar sus torcedores con una musicalidad envidiable.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:40 / 08 de julio de 2014

Alemania es más futbolísticamente que Brasil, pero aunque haya dejado mucho que desear en materia de calidad de juego, la canarinha tiene un plus que se encuentra en el inexplicable cosmos de las creencias, de la fe, de la religiosidad, de lo intangible.

Solamente Mario Zagallo —tenía que ser brasileño— ostenta el récord de cuatro copas del mundo en tres condiciones diferentes:  jugador (1958 y 1962), seleccionador (1970) y ayudante de campo (1994), lo que significa que si el scratch conquista su sexto título tendremos por primera vez en la historia —otro récord— a un conductor ganando la copa en dos oportunidades —Luiz Felipe Scolari— la  primera en Japón/Corea 2002 y probablemente ahora, 12 años después, invariablemente convencido de su discurso, sin que se le puedan mover un milímetro sus convicciones, al punto que hoy Brasil tiene a un defensor como su figura, David Luiz, algo así como el gran heredero de lo que fue Franz Beckenbauer para una Copa del Mundo, y a su único jugador de inspiración habilidosa con una vértebra rota y la gran tristeza de no poder estar en los partidos decisivos.

Ciñéndonos a las evoluciones de las cuatro selecciones que llegan a semifinales, los datos objetivos dicen que Alemania y Holanda van por delante, que en el caso específico de los germanos, se ha podido apreciar hasta ahora la fortaleza propia de su identidad, y a la que se le ha agregado una mayor vocación ofensiva, por lo que hoy deberían imponerse a una muy irregular verde amarilla en la que han jugado los malos arbitrajes, los penales, algún gol fuera de juego (contra Camerún), las simulaciones (Fred) y algún perdonazo gigantesco (el codazo de Neymar a Modric), mientras que los de Joachim Löw fueron progresando sostenidamente por méritos propios con goleada sobre Portugal (4-0), empatando con Ghana (2-2), imponiéndose a Estados Unidos (1-0), extremándose para ganarle en el alargue a Argelia (2-1) y eliminando a Francia (1-0) sin grandes discusiones. 

Alemania es más futbolísticamente que Brasil. Cuenta además, cuándo no, con una consistencia mental que la distingue a la hora de los grandes desafíos, pero aunque haya dejado mucho que desear en materia de calidad de juego, con las notables ausencias de jugadores versátiles en las expresiones corporales para llevar, recibir, entregar y disparar el balón, la canarinha tiene un plus que se encuentra en el inexplicable cosmos de las creencias, de la fe, de la religiosidad, de lo intangible con orígenes en el sincretismo afro-indoamericano.

Brasil tiene duende. Brasil tiene sonido. Brasil recibe el aliento desde los tambores de la samba, desde los multitudinarios cánticos que saben interpretar sus torcedores con una musicalidad envidiable, pero esta vez, además,  la selección brasileña está jugando en su casa y ha podido llegar hasta aquí con tres triunfos y dos empates, uno por la vía de la definición por penales, jugando en grandes pasajes de manera tosca e intrascendente, con un frente de ataque que deberá inventar algo hoy en el Mineirao de Belo Horizonte, invención como la de Thiago Silva que como un aparecido de otra dimensión le hizo el primero a Colombia, o como el propio David Luiz que mandó un balazo envenenado al rincón de las almas, allá donde David Ospina no pudo llegar, el ángulo superior izquierdo.

En el partido de esta tarde sucederán cosas que no están escritas en los papeles de las previsiones, en las cartografías de las variantes tácticas y volverá a pasar que Alemania sentirá el poder energético de la camiseta rival. Los teutones sabrán a qué apostar, por dónde, en qué momentos, a quiénes ponerles llave, cuáles son los espacios más penetrables, pero los brasileños, con un equipo bastante discreto, comparado con tantas otras maravillosas versiones de su selección, saltarán al campo con el peso incomparable de su historia, de sus grandes talentos, de sus masas futboleras incontenibles, de su condición incomparable de haber estado en todos los mundiales, haber ganado cinco, y de tener el fútbol fusionado con la alegría, que es la mejor manera de hacerle maniobras distractivas a la pobreza y a las carencias.

Desde la racionalidad y la acumulación de méritos ganaría Alemania, pero desde la reunión de todos los espíritus que hacen de este país, un lugar al que uno siempre quiere volver, va a ganar la verde amarilla para que Felipao diga “solo falta uno”. Así piensan los brasileños y su fe es tan contagiante que se termina por creerles sin mayores trámites.

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