Brasil 2014

En el gran teatro de la inequidad

Cuando estamos a muy pocas horas del inaugural Brasil vs. Croacia, la primera gran respuesta es que el Gobierno brasileño se equivocó en las formas

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:19 / 12 de junio de 2014

No era que Lula dejaba el poder como el presidente más querido del Brasil? ¿No era que en sus ocho años de gobierno incorporó a millones de brasileños a la esfera de la población económicamente activa como dicen los tecnócratas? ¿Es posible concebir que la brecha de la inequidad se haya reabierto apenas el otrora obrero de la metalurgia le entregaba la posta a la temperamental Dilma Rousseff? ¿Dónde está la explicación?

Con casi doscientos millones de habitantes, la desigualdad entre ricos y pobres de un país tan vasto y bendecido por la diosa naturaleza, no podía ser liquidada en una década por más gran jugador que fuera el paolista hincha del Corinthians, líder del Partido de los Trabajadores (PT), ícono político de las mayorías nacionales y por ello se entenderá que los sectores asalariados y estudiantiles encuentren en la principal Copa FIFA el acontecimiento propicio para hacer escuchar su indignación a los cuatro vientos.

Cuando estamos a muy pocas horas del inaugural Brasil vs. Croacia, la primera gran respuesta es que el Gobierno brasileño se equivocó en las formas. Que volvió a utilizar las recetas cupulares, prescindiendo de las opiniones de las organizaciones sociales a las que debió involucrarse en todas las tareas y desde un principio, explicándoles los réditos que a mediano y largo plazo puede generar la realización de una Copa del Mundo en esa lucha contra la inequidad, esa que muestra empresarios que jamás subieron al metro,  sobrevolando Sao Paulo en helicópteros propios para trasladarse de una reunión a otra y a tantos marginales librados a su suerte, atrapados en la violencia del narcotráfico, la delincuencia callejera, la drogadicción, la prostitución infantil y otras lacras originadas por la injusticia social.

Comenzará entonces a rodar la pelota en el más gigantesco escenario mundial de la desigualdad, de la ofensa colectiva que significa apostar por lo fastuoso para que, dicho de manera extrema y casi caricaturesca, los harapientos observen desde muy lejos cómo policías y militares garantizan las calles limpias de mendigos cual si fueran blanquecinas clínicas cinco estrellas en las que los multimillonarios van a curar sus achaques por astronómicas cifras y en las que no se divisa una sola mancha en los pisos por los que transitan.

Pero como ya está hecho, así será, y si Brasil inicia su viaje hacia la ansiada final con un triunfo sobre los croatas, los edulcorantes gestos interétnicos de los alemanes celebrando el cumpleaños de Miroslav Klose con indígenas Patáxos semidesnudos y sonrientes, podrán formar parte, con mayor facilidad, de una conmovedora galería de imágenes que permita manipular a los controladores de siempre,  para volver a decir que en la viña del Señor todos somos iguales, y neonazis abstenerse porque no es poca cosa que la selección germana jalee en Santo André ritmos originarios, habitualmente escondidos en profusas selvas, nada menos que para homenajear al que podría convertirse en el más grande goleador de todos los mundiales.

A propósito de esta Alemania del nuevo siglo, es bueno recordar que llega con el orgullo del mejor torneo de liga nacional que se conozca en el planeta, pensada primordialmente para los aficionados que acuden a sus estadios, que sus grandes equipos han sido notables protagonistas en las tres últimas temporadas convirtiendo la intensidad del juego en un atrevido valor agregado de su propuesta y que por todo ello, desde Manuel Neuer en la potería hasta Thomas Müller en la ofensiva, dirigidos otra vez por Joachim Löw, están nuevamente para ser grandes protagonistas en las últimas instancias de la competencia.

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