Brasil 2014

Dos mundiales diferentes

La Cidade ya no es tan Maravilhosa; se la nota un tanto envejecida, sin fulgores. Se advierte, desde luego, que ha sido una dama hermosa, de facciones y curvas atractivas, alegre, bulliciosa.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / Brasil

00:00 / 07 de julio de 2014

La Cidade ya no es tan Maravilhosa; se la nota un tanto envejecida, sin fulgores. Se advierte, desde luego, que ha sido una dama hermosa, de facciones y curvas atractivas, alegre, bulliciosa. Río de Janeiro, esa mujer madura que uno respeta más por su pasado que por su presente, lucha a diario con sus achaques de tránsito, su congestionamiento demográfico, la basura y una palpable porción de marginalidad que la tornan algo desprolija a ojos turísticos. Ha perdido elegancia. No obstante, mantiene el cartel de urbe festiva, sensual. Y tiene la bendición eterna de 'as praias', un factor desequilibrante a favor. También el Maracaná, uno de sus orgullos, como el Cristo Redentor en el Corcovado, el Pan de Azúcar.

Pudo lucir mejor. Debieron maquillarla con guirnaldas en las calles, banderas, escarapelas, grandes carteles alusivos al Mundial, pero no se vio ese afán; así como estaba la casa, llegaron los invitados. Y no hubo otra obra para mostrar que no fuera la remodelación del Maracaná. “Si no se juega un partido aquí ni te enteras que hay Mundial”, dice Marden Devia, periodista colombiano que ha cubierto diez copas con esta.  

Río fue elegida por el Comité Organizador como la ciudad estrella del Mundial (la que tiene más partidos y alberga la final siempre lo es) y por los hinchas extranjeros como base durante el torneo. Decenas de miles de seguidores atestaron durante 20 días las calles de Copacabana, Leme, Botafogo, Lapa, el centro, Ipanema, Leblón, hasta Barra da Tijuca, alejándose hacia el sur. Y por cualquier barrio donde han encontrado un hueco para meter una colcha y dormir.

A diferencia de otros mundiales, donde se decía que solo acudía gente pudiente que “no es el hincha común de cada domingo”, aquí vinieron los tabloneros consuetudinarios. En avión (haciendo las combinaciones más inverosímiles), en ómnibus, en auto, en moto, llegaron decenas de miles de chilenos, colombianos, argentinos, mexicanos y, en mucho menor medida, de otros países. Pocos europeos. Los precios estratosféricos (mucho más que abusivos, obscenos) llevaron a los visitantes a dormir en las playas, vivir a base de sándwiches, todo por la ilusión de estar en el Mundial. Y una gran mayoría de ellos incluso sin entradas; debían contentarse con ver los partidos desde el Fan Fest, el predio que arma la FIFA desde Corea y Japón 2002 para facilitar que los seguidores sin boletos puedan ver los partidos en un ambiente festivo a través de una superpantalla.

Con 28 equipos ya eliminados, Río se desinfló de gente; hay 28 hinchadas menos. Cuando su equipo pierde, el público no quiere permanecer, no le da el ánimo. Se esperaban millones de turistas extranjeros. No hubo tal invasión. Tampoco el gasto diario cumplió las previsiones.     

EL MUNDIAL QUE NO SE VE.  Advertimos dos mundiales. El del juego, excelente, el mundo entero lo ha visto, hasta un 0 a 0 llegó a ser sensacional (Holanda-Costa Rica), y el de la trastienda. Este ha sido el Mundial más caserito de todos. No se vio nada nuevo ni impactante. El pueblo brasileño aceptaba las cuantiosas erogaciones si se beneficiaba con obras complementarias. Pero estas no se vieron. El Ministerio de Planeamiento del país admitió que solo el 30% de las obras prometidas fueron cumplidas para el Mundial. El extranjero, de todos modos, no sabe cuáles son, no las percibe.

Se levantaron colosales estadios, carísimos. Y demasiados. FIFA había sugerido ocho sedes, Brasil pidió 12. Ello elevó los costos y además trae aparejado otro problema: ¿qué hacer con algunos de ellos? O Globo, fantástico ‘jornal’ de Rio, publicó una amplia nota titulada “Destino incierto”. Y dice: “Superdimensionados, tres estadios corren el riesgo de convertirse en elefantes blancos tras el Mundial”. Se refiere a los de Manaos, Brasilia y Cuiabá, que ni siquiera tienen equipos de fútbol de primer orden. El primero costó alrededor de 297 millones de dólares, el segundo 700 y el tercero 285. A Brasilia aún le queda el partido del tercer puesto. Los otros ya son dos fantasmas gigantes. Manaos tiene un equipo de Primera “D”, Princesa de Solimoes. Jugará en ese pomposo escenario. En Brasilia, la media de público de los clubes locales es de 1.036 torcedores por juego. Y el Cuiabá Esporte Clube, campeón estadual de Mato Grosso, promedia 393 pagantes por partido. Las preguntas que se formula O Globo son ¿quién mantendrá a estos colosos?, ¿para qué se hicieron…?

LA COPA NO LA DAN, SE PIDE. Afortunadamente, durante el torneo no hubo incidentes graves, salvo el derrumbe de un puente que se debía hacer para el Mundial en Belo Horizonte y que quedó inconcluso. Al caerse, mató a dos personas e hirió a otras 30. Una desgracia. Pero las temidas y violentas manifestaciones sociales fueron sofocadas antes de empezar a rodar la pelota con arreglos económicos de urgencia, como el del Movimiento de los Sin Techo, que ahora lo tendrán gracias a un acuerdo de apenas unos días antes del partido inaugural.

Sí hubo muchos inconvenientes con los campos de juego, que se levantan y quedan en estado lamentable durante los partidos. O con los servicios en los estadios. O estadios sin terminar. Marca, de Madrid, anunció el último partido de España, ante Australia, con esta leyenda: “España acaba su Mundial en un estadio sin acabar”. Hablaba del de Curitiba, que estuvo a punto de ser retirado de la Copa en una de las últimas inspecciones de la FIFA. “Resulta hasta duro asegurarlo cuando ya se han jugado dos partidos del Mundial en él, pero el Arena da Baixada de Curitiba, en el que mañana cerrará su participación España, es un estadio sin acabar”, escribió el diario español. “La FIFA se ha preocupado porque luzca bonita la parte que aparece en las transmisiones televisivas, la grada y el terreno de juego, pero el interior del edificio es un caos de obras que no han concluido... e incluso de decisiones arquitectónicas difíciles de comprender”.

La prensa local le endilgó la culpa de casi todo a la FIFA, pero la ecuación es esta: la FIFA es la dueña del Mundial, Brasil el que lo que organiza. Brasil pidió hacer el Mundial, la FIFA no se lo impuso. Y se juega con los parámetros que exige la matriz del fútbol. Hemos escuchado varias veces a Romario decir: “La FIFA aquí no manda”. No, la FIFA presenta un protocolo de exigencias y, si el país sede lo acepta, monta el Mundial. Luego debe atenerse a él. Así funciona.

Brasil tuvo siete años para preparar su fiesta. La sensación es que dejó demasiado para lo último. Luego, el juego tapó todo, fue una bendición de Dios. O de los jugadores.

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