Brasil 2014

‘El que no salta es brasileño’

Brasil no es un cementerio a la mañana siguiente, y cuando parto de la Bahía de Guanabara hacia Río de Janeiro al mediodía, veo nada más que indiferencia, serena resignación.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:31 / 10 de julio de 2014

Con cinco partidos ganados con lo justo, y este empate, cuatro goles de Messi, uno de Rojo, otro de Ángel di María y un autogol, Argentina jugará la quinta final de toda su historia con un equipo que recién encontró un patrón de juego en el triunfo sobre los belgas.

El recuento de los daños informa que hubo saqueos, vandalismo y dos muertos en todo el país. Los brasileños están conmovidos pero el Mineiraço no será un simil del ‘maracanazo’, porque transcurrieron 64 años, la sociedad se complejizó, se hizo más diversa y práctica, la modernidad exige no distraerse de obligaciones cotidianas como las de asistir al trabajo, pagar las cuentas de los servicios,  llevar y recoger a los chicos del colegio, y porque el partido frente a Alemania no era una final.

Brasil no es un cementerio a la mañana siguiente, y cuando parto de la Bahía de Guanabara hacia Río de Janeiro al mediodía, veo nada más que indiferencia, serena resignación y lo más notable: ni una sola camiseta verde amarilla en todo el trayecto, desde la estación Carioca del metro hasta la llegada al Fan Fest de la FIFA en la playa de Copacabana.

Ni una camiseta, pero ni una. Eso sí, unas tres o cuatro del Flamengo que con su sola presencia parecían estar puestas con ingenuidad para  gastarles una broma inocente a los transeúntes, porque con un diseño así, camiseta con franjas roja y negra horizontales, ya se sabe hasta en Júpiter que los alemanes les propinaron el martes en Belo Horizonte ese 7-1 que incendió los diarios, las radios, las televisiones, haciendo flecos la soberbia de Felipao, que en algún momento se dio aires para decir “esta es mi propuesta de juego, al que le guste bien, y al que no, que se vaya al infierno”,   afirmación cobrada por el diario Extra que devolvió gentilezas: “Felipao, el que debe irse al infierno eres tú”.

Arribando a la estación Siqueira Campos, situada a 300 metros de la gran playa, en las calles aledañas a la avenida Atlántica, los habitantes de esta ciudad van y vienen como si nada muy significativo hubiera sucedido. Ya no se escucha el “América Latina menos Argentina” del día en que los rioplantenses enfrentaban a Bélgica, y lo que sí resuena son cánticos con tono porteño y se ve por todas partes la celeste y blanca, más camisetas de Boca, River, incluso una de Colón de Santa Fe y unas cuantas naranjas de los pocos holandeses que hacen fila para entrar al recinto habilitado por la organización para espectar un show musical y luego la segunda semifinal a escenificarse en el Arena Corinthians, transmitida en pantalla más que gigante.

En el arenoso predio de la FIFA, flanqueados por las marcas de los sponsors del torneo, miles de argentinas y argentinos entonan hasta el hartazgo: “Brasil decime qué se siente tener en casa a tu papá” y “Maradona es más grande que Pelé”. Los gritos se van aplacando conforme transcurre un partido en el que prima el tanteo y el cuidado de uno y otro equipo porque argentinos y holandeses no están dispuestos a perder la concentración, primera herramienta extraviada el día anterior por David Luiz y sus compañeros frente a los germanos.

El partido es lento, pesado, con los de Sabella en la primera etapa mejor predispuestos en ofensiva con Lavezzi por derecha e Higuaín, por adentro, buscando romper la última línea defensiva de esta Naranja, demasiado mecánica por lo calculadora en su manera de plantarse muy replegada para salir disparada siempre y cuando queden los metros necesarios para que el mayor simulador de este mundial, Arjen Robben, pueda hacer de las suyas como efectivamente sucede en los últimos minutos del partido, ingresando a buscar el mano a mano con Sergio Romero, pero que el Mariscal Javier Mascherano desvía con la parte exterior del pie izquierdo para mandarla por la línea de fondo. Otra vez Holanda, igual que en el 78, pierde la posibilidad de anotar a un metro de la portería argentina, y toda la nación del Río de la Plata, seguramente pensando que ese desvío podrá valer, minutos más tarde, vía penales, el pasaje al empequeñecido Maracaná para jugar la final contra los alemanes.

Se trata de un partido áspero con preeminencia del trabajo de contención de ambos, con impresionante despliegue físico para jugar a que el otro no juegue, a que Lionel Messi prácticamente no aporte nada durante los 120 minutos, y que no hayan espacios para que Wesley Sneijder pueda meter pelotas entre líneas que permitan aniquilar a Sergio Romero, que terminará como héroe nacional, lo mismo que le sucediera a su tocayo Goycochea en Italia 90 en la tanda definitoria, a la que no pudo ingresar por límite de cambios, su especialista, Tim Krul, encargado de atajarles dos a Costa Rica en cuartos de final.

Con cinco partidos ganados con lo justo, y este empate, cuatro goles de Messi, uno de Rojo, otro de Ángel di María, otro de Higuaín y un autogol, Argentina jugará la quinta final de toda su historia con un equipo que recién encontró un patrón de juego en el triunfo sobre los belgas, sojuzgado por la intermitencia y con la sorprendente evaluación de que su defensa fue mejor que su trabajo creativo en ataque, tal como demostró ayer a la cabeza de Mascherano y con un rendimiento muy destacado de su línea de fondo conformada por Martín Demichelis, Ezequiel Garay, Marcos Rojo y Pablo Zabaleta.

Ataja Romero dos veces, anotan Messi, Ezequiel Garay,  Sergio Agüero y Maxi Rodríguez, y Copacabana se hace más ensordecedora de gritos, cantos y saltos argentinos. Unos cuantos brasileños con pinta de forasteros y en actitud pasiva en una fiesta que no es de ellos, sonríen condescendientes y hasta complacidos porque queda nuevamente abierta la posibilidad de evitar que una selección europea gane una Copa del Mundo en nuestra América.

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