Brasil 2014

Estamos solos... pero no nos descarten

Javier Mascherano jugó el partido de su vida, ponerle diez sería hereje

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

02:33 / 10 de julio de 2014

Antes de comenzar las semifinales, honestamente, veíamos mejor a Alemania que a Brasil y a Holanda que Argentina. Y después de la brutal paliza germana temimos lo peor. “Por Dios, que no nos hagan cinco…”, rezaban familiares y amigos. Pero ahí apareció el temple, la sagacidad, el corazón, la fibra del futbolista argentino.

Argentina finalista del mundo…! Esta modesta y laboriosa celeste y blanca llega por quinta vez en su historia centenaria a definir una Copa. Parece increíble, salió de Buenos Aires en medio de la incredulidad general, pero no quedan dudas: esa camiseta rezuma tradición y el domingo estará en el Maracaná. Jugar esta final será en sí mismo un homenaje a un fútbol que desde 1910 es el principal productor de jugadores del mundo. Que tiene siempre alrededor de 1.000 futbolistas y 60 técnicos en otras latitudes. Cualquier otra liga, si le llevan 1.000 protagonistas tiene que bajar la persiana, no puede seguir funcionando. Pese a todo, Argentina sigue peleando en los torneos juveniles, la Copa Libertadores, la Copa América, los mundiales… Con más fe que espectáculo, aunque luchando con ilusión en todos los frentes, creyendo siempre, en ello consiste su mérito.

Antes de comenzar las semifinales, honestamente, veíamos mejor a Alemania que Brasil y a Holanda que Argentina. Y después de la brutal paliza germana temimos lo peor. “Por Dios, que no nos hagan cinco…”, rezaban familiares y amigos. Pero ahí apareció el temple, la sagacidad, el corazón, la fibra del futbolista argentino. Y también su extraordinaria capacidad táctica. Siempre decimos que el jugador rioplatense, cuando llega a una instancia grande, crece hasta límites insospechados, juega más de lo que puede, traba con los dientes, se transforma en lobo. No quiere perder. Esto mostró ayer Argentina frente a un equipo magnífico como el holandés.

Javier Mascherano, de quien no somos devotos, jugó el partido de su vida, ponerle diez sería hereje. ¿Se puede veinte…? Los merece. Él comandó la estrategia, la actuación global del equipo, fue el capitán templado, el mariscal clarividente, la bandera del orden, de la entrega, del riguroso planteamiento cuya consigna era no dejar espacios bajo ningún concepto porque equivalía a perder, estar súper concentrados los minutos que se jugaran, dar el 110%, meter la pierna con todo sin ningún exceso que los dejara con diez, porque también equivalía a perder. Otro mensaje era que nadie podía perder en el uno contra uno. Y si perdía, tenía que haber inmediatamente un compañero detrás para auxiliarlo. La idea se plasmó con extraordinaria rigurosidad.

Salió un partido de altísima tensión, en el que ambos se estudiaron, se midieron, se temieron, se buscaron para herirse mortalmente, pero ninguno ofreció un milímetro de terreno, no se dieron la más mínima ventaja. Holanda cercó a Messi y Argentina maniató a Robben. Los dos sabían que si les daban un metro se volvían a casa. Se dio una paridad notable, aunque en el segundo suplementario Argentina estuvo más cerca de ganarlo: un cabezazo de Palacio que le salió sin fuerza y le dio la chance a Cilessen de taparlo sin dificultades, y una bella jugada de Messi por derecha, con desborde y centro, que no pudo empalmar de lleno Maxi Rodríguez.

Pero fue una mínima luz de ventaja, apenas. Ninguno quería arriesgar de más por temor a que un error los dejara fuera de la final. Y así se dirimió. Tal vez no hubo un festival de bola, sin embargo, fue una delicia para analizarlo tácticamente y por la aplicación que pusieron todos los atletas en el campo. Valga decir que fue un encuentro limpísimo, ejemplar casi: apenas 15 faltas Holanda y 10 Argentina, todo en un marco de extrema corrección. Un par de choques de cabezas, pero totalmente fortuitos, nada más. ¡Qué bonito cuando se juega con esta educación deportiva!

No sería justo exaltar apenas a Mascherano. Todos sus compañeros cumplieron de manera intachable, sin flojeras, con personalidad, energía y ambición. Messi jugó muy bien las pocas bolas que le llegaron y que le dejaron tocar. Puso el máximo empeño en ganar, no en lucir. Así se sale campeón. Desde luego, siempre estarán los contras que lo quieren desmerecer. Allá ellos.

Argentina ganando por penales, ¡parece mentira…! No son buenos los argentinos desde los doce pasos. Pero esta vez no dieron posibilidad ninguna al excelente arquero Cilessen, y a su vez Romero se vistió de héroe parando dos disparos en gran estilo.

Ahora viene lo mejor, el reto de la gloria, y también lo peor: Alemania. De solo pensar en Neuer, Müller, Kroos, Lahm, Schurrle, Hummels, Ozil, Klose… uno se sobrecoge. Pararlos será una tarea titánica, una hazaña. Aquí caben justas las palabras de Alejandro Sabella, que de cara al domingo fue sincero: “Vamos a ver qué podemos hacer. Lo nuestro va a ser lo mismo que expusimos hasta acá: humildad, trabajo y tratar de dar el 100 por ciento”. No cabe más.

Es tarde en San Pablo, terminó todo. Aparece en el Centro de Prensa una señorita rubia, aspecto gringo, con la camiseta de Argentina puesta. Cambia unas palabras con alguien, habla inglés. Le preguntan el clásico where are you from; Canadá, dice. Y en el acto motiva el comentario jocoso: “¿Y a ésta qué bicho le picó…?”. Claro, por vestir la camiseta argentina, una canadiense. Tal vez tuvo un novio argentino, o simpatiza con Messi, o… No hay muchos más motivos. Es que, salvo algún caso aislado como ése, en los mundiales, en el mundo, los únicos que hinchan por la Argentina son los argentinos.

Los europeos alientan a los suyos, como es natural, o se encolumnarán detrás de Alemania. O aquellos que le tengan tirria a los de Beckenbauer elegirán la neutralidad. En América, uruguayos y brasileños pagarían por un triunfo de los teutones sobre Argentina. En general, en toda América Latina. Una inmensa mayoría de chilenos, peruanos, bolivianos, ecuatorianos, colombianos, venezolanos, harán barra sabe Dios por quién, pero por Messi y compañía, seguro que no. Los argentinos tienen el destino del mestizo: los indios lo desprecian, los blancos no lo pueden ver. Para peor, esta selección no juega bonito. Pero está en la final del mundo.

Estamos solos, pero no nos descarten…

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