
Águila arpía, que con las alas extendidas alcanza los dos metros de envergadura.
Harpía o arpía puede traducirse como “las que arrebatan”. Para la mitología griega eran seres femeninos que devoraban todo lo que encontraban a su paso y su chillido era espantoso.
En la naturaleza sudamericana, estos seres de pesadilla reviven en el cuerpo de uno de los pájaros depredadores más grandes del continente; se trata de las águilas arpías, aves cuyas alas pueden alcanzar una envergadura de dos metros.
Estas águilas poseen garras tan grandes como las manos de un adulto y pueden levantar con éstas monos u otros animales medianos. El pecho está cubierto con plumas blancas y el torso con plumas negras. En la naturaleza, su grito provoca el mismo espanto que, antiguamente, causaban los seres mitológicos.
Los investigadores de la Colección Boliviana de Fauna, dependiente del Museo Nacional de Historia Nacional, conservan uno de estos individuos. El cuerpo del animal supera los 50 centímetros de largo y su pico disecado estremece al más valiente.
La directora de la Colección, Isabel Gómez, recuerda que este espécimen fue encontrado en el norte paceño, en el sector donde las sabanas comparten el suelo con predios rebosantes de árboles.
“Los lugareños creen que el águila arpía podría raptar a un niño pequeño”, comenta el biólogo Jaime Sarmiento.
Este depredador ocupa la punta de la cadena alimenticia de los plumíferos paceños. En el otro extremo figura un diminuto picaflor de 200 gramos de peso y unos cinco centímetros de largo; este pajarito se alimenta del néctar de las flores, frutas e insectos; ha sido visto en los jardines de la sede de gobierno y en otros valles secos montañosos.
Entre estos dos cabos, la Sociedad para la Conservación de Vida Silvestre (WCS, por sus siglas en inglés), cuantifica que, sólo en el parque Madidi, existen 1.100 especies de aves. De ese total 917 están registradas, se espera registrar a otras 137 y existe la posibilidad de encontrar otras 50. Según Gómez, Bolivia alberga a 1.400 especies de aves y 950 viven en La Paz.
Los expertos comparten con La Razón, algunos nombres de aves de los ecosistemas paceños.
En las tierras bajas, en el Norte, hay gallitos de las rocas o pavitas de monte. En los bosques de las laderas de las montañas, los biólogos citan a los patitos de las torrenteras, que pueden nadar en los tumultuosos ríos que descienden por los terrenos más escarpados, por ejemplo, Charazani.
Los asentamientos urbanos como La Paz acogen aves introducidas de otras regiones del planeta; entre éstas, dos especies de paloma y un gorrión, los tres europeos. Este último posee un plumaje con tonalidades cafés y tiene el mismo tamaño que las pichitancas o estronguistas, aves nativas aurinegras.
Los escarabajos peloteros limpian el suelo de los Yungas
Los escarabajos peloteros viven en casi todos los rincones del planeta. En los bosques yungueños del norte paceño, éstos se desarrollan con varios tamaños y colores.
En la región es posible encontrar animales de más de diez centímetros de largo y otros de un centímetro. Algunos tienen caparazones azules, en otros resalta el verde y no faltan los de tonalidad negra.
La característica común de estos animales es que son coprófagos, es decir, se alimentan de excrementos de otros seres vivos. Los escarabajos acumulan las heces fecales y les dan forma de una bolita, que luego la arrastran por los suelos, de ahí el denominativo común de peloteros.
En Bolivia existen 250 especies de estos coleópteros. La presencia de estos animales denota la buena calidad del hábitat terrestre.
Otro insecto emblemático de los Yungas es la mariposa, generalmente de la familia morphos. Estos insectos voladores, calificados entre los más hermosos de la naturaleza, son portadores de buenas noticias, pues su presencia también evidencia la calidad ambiental de los bosques. Las alas de las mariposas yungueñas suelen ser azul tornasoladas bordeadas por una suerte de halo negro.
Las dos especies mencionadas en los anteriores párrafos corresponden a una muestra reducida de los invertebrados que existen en el departamento paceño.
Estos pequeños animales son cruciales en el desarrollo de las cadenas alimenticias, ya que nutren a gran cantidad de animales terrestres o acuáticos. Quizás, por ello, se explica el hecho de que los científicos estimen que, en la Tierra, existen 200 millones de insectos por cada ser humano.
Paradójicamente, en Bolivia trabajan muy pocos entomólogos (estudiosos de los insectos), lamenta el especialista de la Colección Boliviana de Fauna, Raúl Limachi, uno de los pocos científicos dedicados a conocer estas formas de vida. “En Bolivia hay muchos insectos que no han sido investigados”.