Ciudades

La Plaza Murillo se encuentra desolada

Las protestas y el temor a los saqueos paralizaron la zona y sus inmediaciones. Por la calle Colón entre la Ballivián y la Indaburo, la violencia ejercida por algunos grupos de marchistas dejó los vidrios de algunos negocios quebrados.

Comercio. Por las barricadas, los negocios de esta calle abren a medias o simplemente no operan.

Comercio. Por las barricadas, los negocios de esta calle abren a medias o simplemente no operan. Foto: José Lavayén

La Razón (Edición Impresa) / Micaela Villa / La Paz

11:24 / 21 de noviembre de 2019

Mediodía en la plaza Murillo y sus alrededores y el Geisha Coffe House, entre las calles Bolívar e Ingavi, luce sus mesas vacías, pese a que en la puerta de ingreso, un letrero hace una ingeniosa invitación: “En este caos, un café no cae mal”. Quién diría que se trata de la zona donde funcionan dos de los poderes del Estado boliviano: el Legislativo y el Ejecutivo.

En la juguetería Chicoco, sobre la calle Comercio y que atiende con la puerta semiabierta, solo están los empleados, ni un cliente asoma; un vendedor se lamenta porque “sus ventas son del 0%”.

El panorama en el resto de los negocios no es alentador, los administradores de librerías, restaurantes, peluquerías, institutos, tiendas de ropa y hasta quioscos callejeros ven que sus negocios están “enormemente” perjudicados por el estallido de la crisis político-social. Las barricadas armadas en perímetros de hasta dos cuadras por temor a las protestas y los saqueos, los tienen aislados.

Los negocios dedicados a la venta de alimentos sufren por la reducción de clientes, y por la falta de gas y algunos alimentos hasta modificaron su menú. Elevar en 20% sus precios es la única salida que hallaron para pagar alquileres y hubo algunos que despidieron a personal que no podrán pagar; cuando una marcha se avecina se ven forzados a cerrar.

“Esta situación nos ha llevado a un estado de desastre. Nos ha afectado casi en un 80%, ya no tenemos clientes, necesitamos gas, los distribuidores de agua ya no vienen, no podemos traer café desde Caranavi, hemos tenido que despedir casi a la mitad del personal porque no le podemos pagar, y lastimosamente subimos nuestros precios. Estamos pensando cerrar”, lamentó Claudia Flores, administradora de Geisha.

Por la falta de insumos, acá ya no ofrece lomitos ni sándwiches de pollo ni pizzas con albahaca, los favoritos de los turistas.

  • Ventas. Todos los negocios están cerrados en el kilómetro cero. Foto: José Lavayén

Y es que solo personas “con credencial” —por ejemplo equipos de prensa— y que viven o trabajan por la plaza pueden ingresar. El control policial y militar es tan estricto que existen hasta dos barricadas en una misma cuadra; el ingreso solo es permitido hasta las 18.00, lo que condiciona y asfixia aún más los negocios.

La plaza luce vacía, las palomas arremeten por centenares cuando a una persona se le ocurre darles algo de comer. “Están hambrientas”, asegura Jhoselín, una joven que vende gelatinas con chantilly y que tras dos semanas obligadas de receso se “animó a salir otra vez”, pues es su principal ingreso. Hoy comercia solo cinco latas (10 vasos por lata), cuando antes vendía hasta 10 latas al día.

“Estamos seriamente afectados. Al no tener la gente acceso (a la plaza) hubo una baja increíble de (las ventas), entre 80% y 90%”, señala Jimena Salmón, jefa comercial nacional de la Librería Papelería Olimpia. Para precautelar su seguridad trabajan en “horarios flexibles”, y a fin de evitar más pérdidas se comunican de forma interna con sus clientes. Mantienen sus precios y todos los viernes hacen Black Friday para recuperar un poco sus ventas.

En un restaurante ubicado en la Ingavi, entre Yanacocha y Socabaya y en medio de dos barricadas, Diego Loayza, el hijo del propietario cuenta que tuvieron que subir sus almuerzos a Bs 15, cuando era Bs 13. Al no haber ingreso de vehículos, “transportar los alimentos y refrescos pesa, vendemos los almuerzos, pero ya no tenemos contratos”.

Por la calle Colón entre la Ballivián y la Indaburo, la violencia ejercida por algunos grupos de marchistas dejó los vidrios de algunos negocios quebrados.

Marcelo Aguirre, quien mantiene un negocio de tucumanas, cafés y gelatina de pata hace 32 años dice que viven con “mucha tensión”. “Una tarde explotaron dinamitas y se rompieron los vidrios”. El negocio bajó su producción en 50% por falta de insumos.

“Cero clientes. Los marchistas vienen y cerramos, una vez nos tiraron piedras”, cuenta la empleada de una vidriera. “Cuando hay marchas, los estudiantes salen de a dos, por su seguridad, a veces nos encerramos con ellos”, menciona el empleado de un instituto técnico ubicado en ese sector.

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